Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 11
El huerto experimental de Serena progresaba a pasos agigantados, impulsado por una combinación de composta intensiva, agua meticulosamente filtrada y lo que ella llamaba "terapia de conversación botánica". Los brotes de judías silvestres ya se enroscaban con entusiasmo en los tutores de bambú, y las hojas de las falsas espinacas lucían un verde tan brillante que casi parecía que brillaban en la penumbra del bosque.
Esa mañana, Serena se encontraba en plena faena agrícola. Llevaba el cabello negro recogido en un moño alto improvisado con una ramita y vestía su cómodo top de lino y la falda pantalón. Estaba arrodillada en la tierra blanda, armada con una pequeña lasca de piedra afilada, eliminando una variedad de maleza de hojas moradas que insistía en competir por el nitrógeno de sus queridos rábanos.
—A ver, pequeña planta parásita, tú y yo tenemos un conflicto de intereses biológicos —murmuraba Serena mientras arrancaba un broto con decisión—. Tu nicho ecológico no está en mi área de alta producción. Así que, ¡evicción inmediata por orden de la gerencia!
De repente, un crujido seco y mal calculado resonó en las alturas, rompiendo la sinfonía de cantos de insectos del bosque.
¡CRAK!
Serena no se movió. Su chip de supervivencia le indicó que congelara sus movimientos, pero sus ojos verdes se desviaron inmediatamente de reojo hacia la copa de un colosal roble que se alzaba a unos quince metros de su huerto. El árbol era inmenso, con un tronco tan ancho que harían falta cinco personas para rodearlo, pero lo que llamó su atención no fue la majestuosidad de la flora.
Escondida de manera sumamente deficiente detrás de un manojo de hojas delgadas y claramente insuficientes, sobresalía una sección gigantesca de plumas marrones y destellos dorados. Era un ala. Un ala que Serena reconocería en cualquier parte, considerando la cantidad de horas que había pasado limpiándole la sangre seca con espinas de cactus.
El "pollo enorme" había regresado. O, mejor dicho, nunca se había ido del todo.
Lo divertido de la situación era el concepto que el majestuoso animal parecía tener sobre el arte del camuflaje. El ave era del tamaño de un armario de doble puerta, pero actuaba como si, al taparse la cabeza con tres hojitas de roble, todo su cuerpo se volviera invisible mediante un escudo de invisibilidad cuántica.
Serena contuvo una carcajada, manteniendo la cabeza baja y fingiendo que seguía sumamente concentrada en el deshierbe.
—Vaya, vaya —pensó, con una sonrisa burlona floreciendo en sus labios—. Para ser un depredador legendario de la cadena alimenticia de este mundo, eres absolutamente malísimo jugando a las escondidas. Un espía de la Guerra Fría habría tenido mejores técnicas de infiltración.
En ese preciso momento, el enorme animal intentó acomodarse mejor en la rama. El movimiento provocó que el roble entero se sacudiera levemente, desprendiendo una lluvia de hojas secas y, para colmo de males de su dignidad de cazador sigiloso, una pluma.
Pero no era una pluma cualquiera. Era una pluma dorada y castaña de casi un metro de largo, una pieza majestuosa que cayó flotando con un vaivén perezoso y rítmico a través del aire, directo hacia el suelo.
Serena observó la trayectoria de la pluma desde abajo. Con una sincronización cómica perfecta, la pluma aterrizó con un suave plop directamente sobre su cabeza, quedando en equilibrio perfecto sobre su moño de cabello como si fuera el adorno de un sombrero de la alta sociedad parisina.
Hubo un silencio sepulcral en el bosque.
Serena se quedó completamente inmóvil, con la pluma balanceándose sobre su cabeza. Desde la copa del árbol, el ala gigante se retrajo con una rapidez pasmosa, y Serena juró que pudo escuchar el equivalente animal de un trago de saliva nervioso. El gran y temible habitante del cielo acababa de ser delatado por las leyes de la gravedad y la muda de plumaje.
Con mucha parsimonia, Serena levantó una mano, tomó la gigantesca pluma por el raquis y la retiró de su cabeza. La examinó con una ceja alzada.
—Vaya, el cielo está un poco raro hoy —dijo en voz alta, asegurándose de que su voz proyectara bien hacia las alturas del roble—. Pronóstico del tiempo: despejado con una alarmante probabilidad de lluvia de plumas gigantes de calidad prémium. Espero que el seguro de la cueva cubra daños por caída de avifauna a gran escala.
En las alturas, las hojas del roble permanecieron sospechosamente quietas. Ni un siseo, ni un graznido. El ave jugaba a la estatua con una determinación admirable.
Serena sonrió para sus adentros y decidió que no iba a romperle la ilusión a su cliente alado. Si el bicho enorme quería mantener su reputación de observador sombrío y misterioso del bosque, ella cooperaría con el espectáculo. Actuando como si nada extraordinario hubiera pasado, se guardó la pluma gigante en su cinturón de lino, recogió su azada y se dirigió a la cueva.
—Muy bien, es hora de pasar de la fase agrícola a la fase culinaria —anunció al aire, estirando los brazos—. Hoy el menú del día incluye un estofado de verduras silvestres con la mitad del conejo gordo que me trajo el servicio de paquetería express ayer. Lástima que cociné tanto, me va a sobrar una porción gigante y no tengo refrigerador. Supongo que tendré que tirarla o dejársela a las hormigas.
Mientras entraba a la cueva, Serena pudo jurar que escuchó un leve y agudo chasquido de pico proveniente del roble. El anzuelo proteico había sido lanzado.
Una hora más tarde, Serena salió de la cueva cargando una losa de piedra plana que había limpiado meticulosamente a modo de plato de presentación. Sobre ella, acomodó una porción generosa de carne de conejo desmenuzada, perfectamente dorada y bañada en una reducción de jugos con raíces silvestres y hierbas aromáticas que olía tan bien que hasta a ella le daba pena compartirlo.
Caminó con paso tranquilo hacia una roca grande, plana y limpia que se encontraba a unos pocos metros de la base del roble del "espía emplumado". Depositó la losa de piedra con cuidado, asegurándose de que quedara bien visible desde las alturas.
—Bueno, dejaré esto por aquí —dijo Serena, dándole la espalda al árbol con total desparpajo—. Si algún espíritu del bosque, o un pájaro gigante con problemas de camuflaje y debilidad por la buena cocina, quiere hacer control de calidad alimentaria, es libre de servirse. La casa invita. Eso sí, se agradece que dejen propina en forma de más conejos limpios. ¡Nada de traer las tripas, por favor!
Sin mirar atrás, Serena regresó a su huerto, tomó su cuenco con su propia porción de estofado y se sentó en la entrada de su cueva a comer, disfrutando del sol.
Pasaron unos diez minutos de tensa expectación. Serena comía con total tranquilidad, pero mantenía su atención periférica al máximo.
Finalmente, la paciencia del estómago del ave gigante superó a su orgullo militar. Con un aleteo pesado pero sorprendentemente silencioso para su tamaño, la enorme criatura descendió de la copa del árbol, aterrizando con un golpe sordo directamente sobre la roca plana.
Serena lo miró de reojo. El águila real colosal lucía imponente bajo la luz directa del sol; sus plumas marrones y doradas brillaban con una salud envidiable, y la postura de su cabeza denotaba una nobleza innata. Sin embargo, en ese momento, toda esa majestuosidad se vio ligeramente empañada por la forma en que el animal estiraba el cuello hacia la losa de piedra, olfateando el estofado con una mezcla de sospecha y absoluta salivación animal.
El ave lanzó una mirada rápida hacia Serena. Ella simplemente levantó su cuchara de madera a modo de saludo y continuó masticando su ñame.
Al ver que la serpiente no pretendía atacarlo ni burlarse de su obvia sumisión ante la comida, el águila bajó el pico y, de tres bocados limpios y sumamente veloces, hizo desaparecer hasta la última gota del estofado de conejo, limpiando la losa de piedra con una eficiencia que daría envidia a cualquier lavavajillas moderno.
Una vez terminado el banquete, el animal emitió un graznido corto, bajo y extrañamente satisfecho, similar a un "gracias por la comida". Luego, con un salto potente y un despliegue majestuoso de sus alas doradas, se elevó de nuevo hacia los cielos, perdiéndose entre las copas de los árboles en dirección al norte.
Serena observó la losa de piedra completamente limpia y soltó una carcajada.
—Bueno, parece que el restaurante "La Cueva de la Serpiente" ya tiene su primer cliente VIP —dijo, yendo a recoger la losa de piedra—. No habla mucho, tiene modales de etiqueta para comer rápido y paga con plumas de un metro de largo. Definitivamente, este exilio está rompiendo todos los récords de originalidad.