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La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance paranormal / Completas
Popularitas:71
Nilai: 5
nombre de autor: Afrodite 18

Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.

Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.

Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.

Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.

Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.

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capítulo 18

La mañana siguiente amaneció clara y serena, como si el castillo entero hubiera decidido respirar. La luz del sol atravesaba los vitrales de la sala de comidas y esparcía tonos dorados sobre la larga mesa de madera oscura donde Máximo, Montana y Verónica estaban reunidos.

Máximo apenas tocaba la comida. Su semblante no era de inquietud; era algo nuevo, casi ligero: una nostalgia momentánea.

VERÓNICA— Es encantadora —comentó, llevándose la taza a los labios—. Tiene una presencia diferente; es suave.

MONTANA— Coincido. El aura de la niña no intimida: acoge —declaró pensativo—. Cuando estuvo en el salón, hasta los guardias se relajaron sin darse cuenta.

Máximo sonrió, una sonrisa genuina, de esas que no le surgían hacía años.

MÁXIMO— Kim tiene eso —respondió—. Aun sin saber quién es, ilumina el lugar. Ayer, mientras dibujábamos, me preguntó si el castillo era "una casa de gigantes buenos".

VERÓNICA— ¿Y qué le respondiste?

MÁXIMO— Que los gigantes también necesitan aprender a ser buenos —contestó—. Le gustó la respuesta.

VERÓNICA— Me gustó verla aquí.

MÁXIMO— A mí también. Dijo que cuando ella quisiera, volvería.

MONTANA— Cambiaste —afirmó—. No solo como rey… como hombre.

MÁXIMO— Porque ahora sé lo que perdí —respondió con franqueza—. Y lo que puedo volver a perder si actúo mal.

VERÓNICA— Que Kim viniera más seguido le haría bien a este lugar —opinó—. El castillo anda frío.

MONTANA— Estoy de acuerdo —apoyó, reclinándose en la silla—. Los pasillos necesitan vida, no solo deber.

Fue entonces cuando algo brilló en los ojos del viejo rey. Un recuerdo que casi se le había pasado por alto.

MONTANA— La Fiesta de la Luna.

VERÓNICA— ¿Nuestra celebración anual?

MONTANA— Sí. El festival más antiguo del reino. Cuando lobos y humanos celebran juntos bajo la luna llena. Danzas, fogatas, música… magia.

MÁXIMO— La fiesta es dentro de dos semanas —señaló—. ¿Qué tiene que ver?

MONTANA— Kim podría estar allí —propuso—. Creo que le encantaría.

MÁXIMO— ¿Invitarla… oficialmente? —preguntó.

MONTANA— Sí. No como princesa; como una niña, para que se divierta.

Verónica esbozó una leve sonrisa.

VERÓNICA— La Fiesta de la Luna siempre ha sido un momento de revelaciones —comentó—. Quizá sea hora de permitir que el destino se mueva sin forzarlo.

Máximo se recostó en la silla, absorbiendo la idea. Las imágenes acudieron a su mente: Kim corriendo entre faroles, riendo al son de los tambores, contemplando la luna como si conversara con ella.

MÁXIMO— Le encantaría —aseguró, convencido—. A mí también.

Montana observó a su hijo con un orgullo silencioso.

VERÓNICA— Hazle la invitación. Tú sabes dónde vive.

MÁXIMO— En una aldea pequeña. Abrió una confitería. Iré hoy; quiero que Kim vuelva pronto —dijo—. No como heredera, no como profecía. Solo como mi hija, aunque todavía no lo sepa.

Verónica extendió la mano y le tocó la suya.

VERÓNICA— Un paso a la vez —le aconsejó—. Algunas lunas necesitan ser contempladas antes de ser tocadas.

Máximo sonrió por primera vez de esa manera; el futuro ya no le parecía una amenaza, sino una posibilidad.

Y afuera, en el cielo todavía azul de la mañana, la luna pálida permanecía visible, como si lo escuchara todo y lo aprobara.

CON ANDREIA Y KIM

La confitería todavía estaba tranquila aquella tarde, bañada por la luz suave que entraba por las ventanas amplias. El aroma de azúcar y canela se mezclaba con el sonido leve de la campana de la puerta, que se balanceaba con la brisa.

Kim estaba sentada en un banquito alto, dibujando lunas chuecos en una hoja manchada de chocolate del pastel que se había comido, hasta que recordó algo.

KIM— Mami, ¿cuándo es el cumpleaños de la abuela Luna?

ANDREIA— Ya se acerca. Todos los años, cuando la luna llega a un punto del cielo, el pueblo hace celebraciones en su honor.

KIM— ¿Celebación es como una fiesta?

ANDREIA— Sí. Es la fiesta más antigua. Cuando yo era chiquita, me encantaba —contó, apoyando los codos en el mostrador—. Había fogatas, faroles, danzas… y yo creía que la Luna brillaba más fuerte solo para mí. Sentía una fuerza diferente.

KIM— ¿Y ahora brilla para mí?

ANDREIA— Para todos, pero para nosotras dos es distinto —respondió, mirando los ojitos de su hija—. Estuve pensando en hacer algo diferente este año.

KIM— ¿Diferente cómo?

Andreia se acercó y habló en tono casi secreto:

ANDREIA— Quiero llevarte a conocer a la abuela Selena.

Los ojos de Kim se abrieron enormes.

KIM— ¿Conocerla en pedsona?

ANDREIA— Sí —asintió—. Yo la vi por primera vez en una cabaña. Ella puede estar en cualquier lugar, pero en las Cascadas Sagradas es donde aparece con más facilidad. Ahí es donde personas como nosotras refuerzan sus fuerzas.

Kim guardó silencio unos segundos, procesando.

KIM— ¿Ella es igual que tú? —preguntó—. ¿Brilla cuando se enoja?

Andreia se rio, sorprendida.

ANDREIA— No exactamente, pero tiene un brillo muy bonito. Su presencia es hermosa.

KIM— Entonces le voy a llevar mi lobito de peluche —decidió—. Para que sepa que la quiero.

Andreia sintió que el pecho se le llenaba de calor.

ANDREIA— Te va a adorar.

En ese momento, la campana de la puerta tintineó. Andreia levantó la vista. Máximo estaba parado en la entrada de la confitería, con las manos en los bolsillos, contemplando la escena con una sonrisa contenida.

No parecía un rey allí; solo alguien que se sentía lo bastante cómodo como para entrar, y lo bastante cauteloso como para esperar.

KIM— ¡Hola, Máximo! —exclamó, corriendo hacia él—. ¡Estoy dibujando a la abuela Luna!

Máximo soltó una risa baja.

MÁXIMO— Entonces ese es un dibujo muy importante —respondió, abrazando a la niña entre sus brazos.

ANDREIA— ¿Qué haces aquí, alteza?

MÁXIMO— Vengo en son de paz. No sé si recuerdas, pero la Fiesta de la Luna se acerca. Nos reuniremos en el palacio; el pueblo entero estará allí y me gustaría que Kim fuera. A los dos nos encantaba cuando éramos chicos.

KIM— ¡Yo quiero ir, mami! ¡Vamos! Es pala la abuela Selena.

Kim sonrió sin entender del todo el peso de aquellas palabras, pero sintiendo que algo hermoso estaba a punto de suceder. Andreia no podría negarle a su hija la herencia que le correspondía.

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