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LA JAULA DE ESMERALDA

LA JAULA DE ESMERALDA

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro
Popularitas:923
Nilai: 5
nombre de autor: NATALIA ORTEGA

El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?


.Confirmo que soy la autora, la autora de esta obra y poseo todos los derechos de autor,

.Estoy de acuerdo con los terminos de MangaToon.

NovelToon tiene autorización de NATALIA ORTEGA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

14. CELOS DE VITRINA.

Pasaron tres días.

Tres días en los que Emiliano no me habló. Tres días en los que dormí en la habitación de huéspedes y él en la suya. Tres días de comidas en silencio, de miradas que se cruzaban y quemaban, de una tensión que podía cortarse con cuchillo.

Yo no firmé el trato del heredero. Y él no volvió a tocarme.

Pero me miraba. Dios, cómo me miraba. Como si yo fuera un país que había perdido en una guerra y no sabía cómo reconquistar.

Al cuarto día, dejó un vestido sobre mi cama. Negro. Largo. De espalda descubierta. Y una nota con su letra filosa:

“Gala benéfica de la Fundación de la Rosa. 8 PM. Estarás lista. Es una orden, no una invitación.”

Una orden. Claro. El rey no pide. Exige.

Llegué a la gala con él. Del brazo, como el trofeo que su madre dijo que yo no era. Y en cuanto pisé la alfombra roja, entendí el juego.

Era una exhibición. Yo era la exhibición. La esposa joven, la deuda pagada, la prueba viviente de que Emiliano de la Rosa hacía lo que quería, con quien quería.

La prensa, los flashes, los susurros. “Es ella”, “la que cazó al CEO”, “pobre Valeria”.

Valeria.

Su nombre fue un balde de agua fría. Y como si el universo tuviera un sentido del humor cruel, apareció en ese instante.

Alta, rubia, vestida de blanco como una novia fantasma. Clase, linaje, todo lo que su madre dijo que yo no tenía. Y en sus ojos, cuando me vieron, no hubo odio. Hubo lástima.

Peor que el odio.

“Emiliano”, su voz era miel y veneno. Lo saludó a él primero, ignorándome por completo. Le dio dos besos en la mejilla, demasiado cerca, demasiado tiempo. “Qué sorpresa. No sabía que traías… compañía.”

La mano de Emiliano en mi cintura se volvió de acero. Posesivo. Un aviso.

“Valeria”, su voz fue neutra. Fría. “Ella es mi esposa. Esmeralda.”

Esposa. Lo dijo alto. Para que todos escucharan. Para que quedara en los periódicos de mañana.

Valeria por fin me miró. De arriba a abajo. Su sonrisa no le llegó a los ojos. Los mismos ojos que una vez lloraron por Emiliano, según los chismes.

“Esmeralda”, repitió mi nombre como si le supiera amargo. “Mucho gusto. Emiliano me habló tanto de ti.” Mentira. “Me alegra que encontrara a alguien… que lo haga feliz.”

Cada palabra era una daga disfrazada de cumplido. Y yo, con mi vestido prestado y mi apellido comprado, no tenía escudo.

Hasta que lo sentí.

La mano de Emiliano dejó mi cintura y entrelazó sus dedos con los míos. Fuerte. Delante de todos. Delante de Valeria. Delante de las cámaras.

“No me hizo feliz, Valeria”, dijo Emiliano. Su voz, un trueno bajo. Me miró. Solo a mí. Y en sus ojos grises no había hielo. Había algo que me dejó sin aire. “Me hizo real.”

El silencio. Los flashes. El rostro de Valeria descomponiéndose por un segundo antes de recomponer su máscara perfecta.

“Qué… conmovedor”, logró decir. “Bueno, los dejo. Que disfruten la noche.”

Se fue. Derrotada. Pero yo sabía que las guerras no se ganan en una batalla.

Emiliano no me soltó la mano en toda la noche. Me presentó como su esposa a cada empresario, a cada político, a cada enemigo. Y yo, por primera vez, no me sentí como una mercancía.

Me sentí… vista.

Hasta que lo arruinó.

Fue en la barra. Un hombre, joven, guapo, heredero de una cadena hotelera, se me acercó cuando Emiliano fue a hablar con el alcalde.

“Esmeralda de la Rosa”, dijo, leyéndolo en mi tarjeta de mesa que yo llevaba en la mano. Sonrió. Dientes perfectos. “El misterio de la ciudad. Bailas?”

Antes de que pudiera responder, una sombra cayó sobre nosotros.

Emiliano.

No dijo nada. Solo le puso una mano en el hombro al chico. El chico, que medía 1.85, se encogió como si le hubieran puesto hielo en la nuca.

“Ella no baila”, la voz de Emiliano era calmada. Demasiado calmada. El tipo de calma que precede a un huracán. “Con nadie. Que no sea yo.”

El heredero tragó saliva. “Claro, señor de la Rosa. No era mi intención…”

“Tu intención me da igual”, lo cortó Emiliano. Sin alzar la voz. Peor. “Lárgate de mi vista antes de que tu padre tenga que venir a pedirme perdón por tu falta de educación.”

El chico desapareció. Literalmente. Se esfumó entre la gente.

Y entonces se giró hacia mí. Furioso. Celoso. Desquiciado. Los celos de un hombre que nunca había tenido que compartir nada.

“¿Te diviertes?”, escupió, bajito, para que solo yo lo oyera. “¿Te gusta que te miren? ¿Que te deseen?”

El monstruo había vuelto. Y era mi culpa.

“Emiliano, yo no…”

“No”, me tomó del brazo. No fuerte, pero sin espacio para negarme. “Bailas conmigo. Ahora.”

Me arrastró a la pista. La orquesta tocaba un vals. Y ahí, en medio de toda la élite de la ciudad, con cien pares de ojos y cien cámaras encima, Emiliano de la Rosa me pegó a su cuerpo.

Una mano en mi espalda baja, quemándome a través de la tela. La otra sosteniendo mi mano como si fuera a romperse.

“No vuelvas a dejar que otro te hable”, me gruñó al oído mientras girábamos. Su aliento en mi cuello. “No vuelvas a sonreírle a otro. No vuelvas a respirar si no es para mí. ¿Quedó claro?”

No era una pregunta. Era una ley.

Lo miré. A este hombre roto, celoso, obsesionado. Al hombre que me defendió de su madre, que me rogó que lo detuviera, que ahora le declaraba la guerra al mundo por una sonrisa que no era para él.

Y en lugar de miedo, sentí algo peor.

Poder.

“Quedó claro”, susurré. Y me pegué más a él, solo para verlo perder el aire por un segundo. “Esposo.”

Él se tensó. Sus ojos se oscurecieron. Y entendió.

El juego había cambiado. Y por primera vez, yo llevaba las cartas.

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