Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 19. UN REENCUENTRO DE NEGOCIOS
Las pesadas puertas de madera noble de la sala de juntas se cerraron, aislando el murmullo del piso ejecutivo. Dentro, la temperatura parecía haber descendido varios grados debido a la arrolladora y gélida presencia de Ethan Vance. Los asesores internacionales se sentaron a un lado de la gran mesa de cristal, abriendo carpetas y conectando dispositivos, mientras Daniel ocupaba la cabecera opuesta con la calma que requería la situación familiar.
Sasha entró en la sala empujando un sutil carrito de servicio de madera lacada. Su tarea oficial era servir el café y asistir a su hermano con los documentos impresos de la licitación de microchips, pero su verdadero propósito era respirar el mismo aire que ese hombre, analizar sus movimientos y buscar una rendija en su armadura de hielo.
Sus manos, aunque firmes por fuera, temblaban levemente al sostener la jarra de porcelana blanca. Se acercó despacio a la posición de Ethan, sirviendo el líquido oscuro en su taza con una delicadeza extrema. Al estar a escasos centímetros de él, el aroma a cítricos oscuros, tabaco rubio y ámbar magnético la envolvió por completo, provocándole un vuelco en el estómago. Las uñas de Ethan, limpias y cuidadas, tamborileaban suavemente sobre la mesa mientras leía un informe.
—Gracias —dijo Ethan, sin levantar la vista del documento. Su voz profunda y barítona resonó en el pecho de Sasha como un eco de la madrugada del Grand Palace.
—De nada, señor Vance —respondió Sasha en un hilo de voz que intentó mantener puramente profesional, alejándose de inmediato para situarse de pie a un lado de la pantalla de proyecciones, al lado de Daniel.
Daniel comenzó la exposición, desglosando la propuesta comercial de Vanguard Atelier con una destreza impecable. Hablaba de costes de distribución, integración de sistemas de navegación y optimización de logística internacional. Era una estrategia brillante, diseñada para capturar la atención de cualquier director ejecutivo del planeta.
Sin embargo, a los pocos minutos de comenzar la sesión, algo cambió en la dinámica de la sala.
Ethan Vance, que mantenía los ojos fijos en las gráficas financieras de la pantalla, desvió sutilmente la mirada hacia la izquierda, donde Sasha permanecía inmóvil, con la espalda recta y los brazos cruzados al frente. Sus ojos oscuros, habitualmente indiferentes y distantes, se clavaron de lleno en las facciones almendradas de la joven asistente.
Ethan intentó concentrarse en las palabras de Daniel, pero una extraña e inexplicable sensación de familiaridad comenzó a arañarle el subconsciente. Había algo en la mirada desafiante de esa chica, una chispa esmeralda de fiereza contenida que no le bajaba la vista ante nadie, que le resultaba inquietantemente conocida. Un rastro difuso, un destello borroso de una noche de calor abrasador, niebla y satén que creía haber olvidado por completo debido al estrés del viaje de hace cinco años, pareció agitarse en el rincón más oscuro de su mente.
Frunció el ceño de forma casi imperceptible, apoyando los dedos de su mano derecha sobre su barbilla firme esculpida en piedra, sin apartar la vista de ella. Sasha sintió el peso de esa mirada oscura quemándole la piel, pero no flaqueó. Le sostuvo la mirada con una dignidad y una fuerza absolutas; la leona protectora que llevaba dentro se negaba a mostrar debilidad ante el hombre que guardaba la clave biológica para salvar la vida de su pequeño Oliver.
—Señor Castro —la voz de Ethan interrumpió a Daniel en mitad de un balance de costes, haciendo que todos los asesores se tensaran en sus asientos. El director extranjero enderezó la espalda, clavando de nuevo sus ojos en Sasha antes de dirigirse a su hermano—. Vuestra propuesta técnica es impecable, pero noto que vuestra asistente operativa parece conocer estos datos de inventario con una precisión inusual. ¿Ha participado ella en el diseño de la logística?
Daniel disimuló la sorpresa con una sonrisa ejecutiva impecable, dando un paso al lado para cederle el espacio a su hermana.
—Así es, señor Vance. Mi asistente, Sasha, se ha encargado personalmente de la auditoría de optimización de los componentes electrónicos de la planta. Conoce las tripas de este contrato mejor que nadie en la firma.
Sasha dio un paso al frente, colocándose al lado de la mesa. El miedo atroz que la había atenazado en el vestíbulo se transformó en una madurez fría y corporativa.
—Si examina la página catorce del dossier que tiene delante, señor Vance —comenzó Sasha, con una voz clara, nítida y segura que llenó la sala de juntas—, verá que hemos reducido el tiempo de entrega de las unidades de microchips en un 12% gracias a la reestructuración de los almacenes del norte. Vanguard Atelier no solo ofrece un acuerdo comercial; ofrece una sociedad indestructible.
Ethan la escuchó en absoluto silencio, analizando la seguridad de sus palabras y la firmeza de sus gestos. Un chispazo de genuina admiración real, mezclado con una atracción física innegable y confusa, destelló en el fondo de sus pupilas oscuras. Esa asistente anónima no se comportaba como el resto de los ejecutivos que intentaban agradarle o le temían; le hablaba de tú a tú, con una fiereza que lo intrigaba y lo desarmaba por completo.
—Una sociedad indestructible... —repitió Ethan en un murmullo, cerrando la carpeta de cuero con un golpe suave mientras sostenía la mirada esmeralda de Sasha—. Me gusta vuestra determinación, señorita Castro. Su hermano tiene una gran asistente a su lado. Continuemos con la mesa de negociación por la tarde. Quiero revisar estos números con más detalle.
La reunión hizo una pausa y los asesores comenzaron a recoger sus pertenencias para el almuerzo ejecutivo. Sasha dio un paso atrás, saliendo de la sala de juntas antes de que el aire asfixiante de la cercanía de Ethan terminara por hacerla colapsar. Al quedarse sola en el pasillo de cristal, se apoyó contra la pared, respirando profundamente mientras se presionaba el pecho con la mano. Había logrado llamar la atención del director extranjero, el juego de las miradas había comenzado y la atracción en el subconsciente de Ethan ya se había encendido, pero el tiempo seguía corriendo en su contra: setenta y cuatro días. Tenía que encontrar la forma de romper el hielo de ese hombre y conseguir su sangre antes de que la salud de Oliver se desmoronara por completo.