Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
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CAPITULO 9. EL REY DEL INVIERNO
El viento del norte soplaba con una violencia salvaje, arrastrando ráfagas de aguanieve que golpeaban las desgastadas empalizadas de madera de la manada central del norte. El asentamiento, que meses atrás bajo el mando de Roderick había sido un hervidero de soldados arrogantes, hoy lucía como un páramo desolado, cubierto por el fango congelado y el peso aplastante de la derrota. Los almacenes vacíos y los puestos de control abandonados daban testimonio de un territorio que había sido despojado de su orgullo. En mitad de ese paisaje hostil, Jared caminaba hacia el centro de la plaza de armas. Vestía un abrigo de piel oscura, con la mandíbula tensa y las manos metidas en los bolsillos, asimilando la agónica realidad que el destino le había impuesto.
A sus veinte años, Jared poseía la robusta musculatura y la prestancia innata de un joven Alfa, pero su espíritu pertenecía por completo a la pacífica rutina del mundo humano que se había visto obligado a abandonar de golpe.
Apenas estaba empezando a construir su propia vida civil, lejos de las brutales disputas de los clanes, cuando la muerte de su hermano destruyó todos sus planes. Al detenerse frente al estrado de piedra, más de doscientos soldados de la manada se alinearon en filas silenciosas, con las cabezas gachas y los uniformes raídos. La desolación de su pueblo era total; necesitaban un líder de su misma sangre que evitara que su territorio fuera absorbido por el imperio del sur. El Beta de la manada se colocó a su derecha, sosteniendo el báculo de mando rúnico que Jared se negó a tomar con las manos directas, prefiriendo clavar su mirada fija y severa en la multitud que esperaba una certeza en mitad de la penumbra.
—Soldados del norte —la voz ronca de Jared retumbó en la plaza, modulada con una autoridad profunda que hizo que los lobos de la guardia se tensaran al unísono—. Yo no pedí este trono, ni busqué heredar una guerra que consideraba ajena a mi destino civil. Apenas tengo veinte años y mi lugar estaba lejos de estas fronteras, pero la sangre de Roderick corre por mis venas y no voy a permitir que la manada que mi hermano construyó se desmorone por la codicia de los traidores del sur. A partir de este preciso segundo, asumo el liderazgo absoluto de nuestro territorio.
Un murmullo de hondo alivio recorrió las filas, y las patrullas se cuadraron en señal de sumisión suprema ante su nuevo Alfa legítimo. Jared se giró lentamente hacia el Beta, y esa ráfaga de cólera ciega y destructiva que le quemaba las venas desde la mañana anterior volvió a oscurecer sus pupilas.
—La mentira y la humillación que la estirpe real le propinó a mi hermano no quedarán impunes —le habló Jared al Beta en un susurro gélido, con un tono bajo que denotaba la inmensa agitación de su compañero interior, el enorme lobo gris que se despabilaba en su pecho—. Me has asegurado que Roderick fue emboscado a sangre fría en un duelo injusto por Leo, solo para encubrir el capricho cruel de Lara al rechazar su lazo legítimo. Roderick murió defendiendo el honor de nuestra sangre, y el Imperio Unificado va a pagar por cada lágrima de mi familia.
El Beta asintió con una severidad peligrosa, inyectando más veneno en el corazón herido del joven Alfa para camuflar su propia cobardía.
—Así fue, Jared —mintió el Beta sin pestañear, cruzándose de brazos—. Lara lo despreció frente a todos y usó a su hermano como un carcelero para triturar los derechos de Roderick. Ella es la verdadera causante de la desgracia de nuestra estirpe. Ahora se rumorea que ha huido hacia el palacio real para buscar el amparo del soberano absoluto, intentando esconderse de nuestra justicia.
Jared apretó los puños dentro de los bolsillos con tal fuerza que sus garras rasgaron la tela, sintiendo que el dolor por la pérdida de su único hermano se transformaba en una sed de venganza implacable que le nubló la razón por completo. Obligado a dirigir un ejército que detestaba a una edad en la que solo debería pensar en su libertad, su mente se concentró en un único objetivo directo: la cabeza de la mujer que había desatado la tormenta.
—No me importan los tratados del soberano, ni las leyes de la corona —sentenció Jared con una frialdad que helaba la sangre, barriendo a sus capitanes con una fijeza letal—. Reúne a las patrullas de vanguardia y pon a los soldados en alerta máxima en la frontera secundaria. Vamos a trazar una línea de infiltración encubierta hacia el sur. Enviaremos espías a los pueblos cercanos al palacio para lanzar un rastreo sobre la posición exacta de Lara. Ella creía que el exilio en los brazos del Rey la blindaría de sus pecados, pero yo mismo me encargaré de romper sus escudos y de cazarla en su propia penumbra. Su captura será el trofeo que limpie el honor de mi familia y cierre para siempre la deuda de sangre del norte.