Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo III La fuga
Daniela entró en la habitación de Leonardo a regañadientes. Solo deseaba que aquella pesadilla terminara; en apenas un día, ese hombre había logrado agotar todas sus fuerzas.
—Es hora de administrarle el analgésico para reducir el umbral de dolor —explicó ella, recuperando su tono profesional.
—Gracias por venir. La verdad es que las heridas duelen bastante —admitió Leonardo con la voz baja.
—Con esto se sentirá mejor y podrá dormir un poco.
—Sé que esta situación es difícil para usted, pero entienda que, en mi posición, es casi imposible confiar en las personas. Solo espero que, en cuanto reciba el alta, acepte mi invitación a salir.
Daniela estaba a punto de replicar cuando Andrés irrumpió en la habitación hecho un manojo de nervios.
—¡Jefe, nos han encontrado! Tenemos que salir de aquí ahora mismo.
Daniela se quedó paralizada. Leonardo intentó incorporarse, pero sus heridas estaban demasiado recientes; a pesar del analgésico, el dolor le arrancó una mueca de agonía.
—Están locos. El señor Sterling no puede moverse, las suturas podrían abrirse y provocar una hemorragia —advirtió ella alarmada.
—Lo siento, doctora, pero si nos quedamos aquí, todos corremos peligro —intervino Andrés, ayudando a su jefe a ponerse en pie.
—Llamaré a seguridad. No dejarán pasar a nadie sin mi autorización —propuso Daniela, buscando una solución lógica.
—Las cosas no funcionan así. Gracias por su ayuda, doctora... espero volver a verla —dijo Leonardo, apoyándose con pesadez en el hombro de su escolta.
Daniela observó cómo su paciente cruzaba la puerta. Su sentido del deber la golpeó con fuerza: si esas heridas se abrían y no recibía atención inmediata, la vida de Leonardo llegaría a su fin.
Sin pensarlo dos veces, salió tras ellos y los alcanzó a mitad del pasillo.
—¿Qué está haciendo? Esto es muy peligroso, doctora. Vuelva a su puesto —inquirió Leonardo, mostrando una genuina preocupación por ella.
—Usted está en peligro. Los ayudaré a salir del hospital sin ser vistos y, al mismo tiempo, monitorearé sus heridas por si surge alguna complicación.
—¡Jefe, no podemos quedarnos aquí parados! ¡Debemos irnos ya! —urgió Andrés.
Los tres avanzaron por el corredor mientras el resto de la seguridad de Leonardo intentaba despistar a los hombres que habían ido a terminar el trabajo iniciado esa mañana.
—Este pasillo lleva a una salida de emergencia que da directamente a la calle —explicó Daniela, guiándolos con paso firme.
—¿Está segura de que no hay peligro por aquí? —preguntó Andrés, desconfiado por instinto.
—Estoy muy segura de lo que hago. Además, le envié un mensaje a una amiga para que nos espere en su auto; nadie sospechará de un par de mujeres. Ahora caminen más rápido, se nos agota el tiempo.
Daniela continuó liderando el escape. Al final del sendero, cerca de la salida secreta, Laura ya los esperaba. Aquella vía de escape era un secreto compartido solo por ellas y los directivos del hospital; el refugio perfecto que solían usar cuando necesitaban escapar del ruido y el caos de las guardias.
Laura encendió el motor en cuanto vio aparecer a su amiga. Daniela y los dos hombres caminaron a paso apresurado hasta alcanzar el vehículo.
—¿Qué está pasando, Daniela? Hay hombres armados por todos lados —preguntó Laura, con la voz entrecortada por el susto.
—No lo sé, amiga. Solo sé que debemos salir de aquí de inmediato.
Laura observó a los dos acompañantes con profunda desconfianza; sin embargo, prefirió no hacer más preguntas y aceleró para alejarse de los alrededores del hospital.
—¿A dónde vamos? —preguntó Laura, aferrada al volante.
Daniela buscó la mirada de Leonardo a través del espejo retrovisor antes de responder.
—Llévanos a mi casa, allí nadie nos encontrará. Después, regresa a tu apartamento y olvida todo lo que acaba de pasar.
—No me pidas que simplemente lo olvide, Daniela. Esto es muy peligroso y seguramente te van a relacionar con estos sujetos. No entiendo por qué te has metido en este problema —recriminó Laura.
—Soy doctora, y como tal, no puedo permitir que mi paciente corra peligro.
—No me vengas con eso —intervino Laura furiosa. —Sabes perfectamente que no debemos involucrarnos de manera personal con los pacientes.
Leonardo se mantuvo en silencio, escuchando la discusión entre ambas. Sabía que, al haber involucrado a Daniela en su caótico mundo, ahora era su responsabilidad brindarle protección, y estaba decidido a hacerlo.
—Su amiga tiene razón, esto es muy peligroso —intervino Leonardo con voz pausada—. Por eso, lo mejor sería dejar a la señorita en un lugar seguro y que Andrés se encargue de conducir.
—Ni crean que dejaré a mi amiga sola con ustedes —saltó Laura de inmediato—. No los conocemos y mucho menos sabemos de qué son capaces.
—Tiene razón, no nos conocen —concedió Leonardo, intentando calmar la situación—. Pero les doy mi palabra de que no les pasará nada. En este momento, lo más importante es ponernos a salvo.
Laura condujo en silencio durante el resto del trayecto, siguiendo las indicaciones de Daniela hacia un edificio moderno en una zona tranquila de la ciudad. Daniela había elegido ese apartamento precisamente para alejarse del ala protectora de su familia; quería demostrarse a sí misma que podía ser independiente, sin imaginar que su primer acto de autonomía sería convertir su hogar en un refugio para fugitivos.
Al llegar al estacionamiento subterráneo, los cuatro bajaron del auto con cautela. Leonardo apenas podía mantenerse en pie, apoyándose pesadamente en los hombros de Andrés y Daniela.
—Gracias, Laura. Por favor, vete a casa y no le digas a nadie dónde estás ni con quién estuve —susurró Daniela antes de cerrar la puerta del ascensor.
—Esto no ha terminado, Daniela. Mañana vendré a buscarte y espero que para entonces estos hombres ya no estén aquí —respondió Laura antes de que las puertas se cerraran por completo.
Una vez dentro del apartamento, el silencio de la soledad que Daniela tanto amaba se vio interrumpido por el sonido de las armas de Andrés al ser revisadas y los quejidos ahogados de Leonardo. El lugar era minimalista y elegante, un reflejo de su personalidad, pero ahora se sentía extrañamente pequeño con la presencia de Sterling.
—Recuéstelo en el sofá grande —ordenó Daniela a Andrés—. Necesito traer mi maletín médico y revisar que no haya sangrado interno por el esfuerzo de la caminata.
Leonardo se dejó caer en los cojines, observando el entorno con curiosidad a pesar del dolor.
—Un lugar encantador, doctora. Muy... propio de usted —logró decir Leonardo con una sonrisa débil—. Aunque sospecho que su familia no estaría muy feliz de saber que tiene a un hombre como yo descansando en su sala.
Daniela no respondió. Se limitó a encender las luces y a cerrar las cortinas reforzadas, consciente de que, a partir de ese momento, su vida independiente acababa de complicarse de una manera irreversible.