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3
Los ecos del despertar
El Palacio Imperial de Arkanor nunca dormía.
Incluso cuando el resto del continente descansaba bajo el manto de la noche, sus interminables pasillos continuaban iluminados por lámparas de cristal encantado cuyo brillo jamás se extinguía. Guardias vestidos con armaduras de plata recorrían las murallas, sirvientes cruzaban los corredores con la cabeza inclinada y los consejeros discutían asuntos de Estado hasta altas horas de la madrugada.
Aquella mañana, sin embargo, el ambiente era distinto.
Una tensión silenciosa recorría cada rincón del palacio.
Los miembros del Consejo Imperial permanecían reunidos alrededor de una enorme mesa de roble mientras nadie se atrevía a romper el silencio.
Fue un capitán de la Guardia quien finalmente habló.
—Majestad... la información ha sido confirmada.
El emperador levantó lentamente la vista.
A sus sesenta años seguía imponiendo respeto. Su cabello gris estaba cuidadosamente peinado hacia atrás y sus ojos conservaban el mismo brillo firme del guerrero que décadas atrás había unificado los reinos del continente.
—Habla.
El capitán tragó saliva.
—El Gran Archimago abandonó la Torre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Uno de los consejeros dejó caer la copa que sostenía entre las manos.
Otro hizo la señal protectora de los antiguos dioses.
El emperador no reaccionó de inmediato.
Simplemente apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Cuánto tiempo llevaba sin salir?
El anciano consejero respondió con voz apenas audible.
—Veinte años, Majestad.
El emperador cerró los ojos.
Veinte años...
Ni guerras.
Ni epidemias.
Ni rebeliones.
Nada había conseguido sacar a Asterion Valerius de su retiro.
Si había abandonado la Torre...
era porque el mundo acababa de cambiar.
—¿Dónde apareció?
—En una pequeña aldea al norte. Un trol atacó el lugar.
—¿Y el monstruo?
—Fue eliminado con un solo hechizo.
El emperador suspiró.
Eso no era lo preocupante.
Lo verdaderamente alarmante era que Asterion jamás intervenía por compasión.
Si había viajado hasta una aldea insignificante...
no era para salvar campesinos.
Buscaba algo.
Y cuando el Gran Archimago buscaba algo...
el Imperio entero debía preocuparse.
A cientos de kilómetros del Palacio Imperial, una lluvia fina caía sobre la inmensa Torre de los Magos.
Asterion permanecía inmóvil frente al enorme ventanal de su despacho.
Las montañas se extendían hasta perderse entre las nubes.
Sin embargo, sus pensamientos estaban muy lejos de aquel paisaje.
Sentía la magia.
Todavía.
Era un rastro casi imperceptible.
Como el perfume de una flor llevado por el viento.
Había desaparecido demasiado rápido.
Demasiado...
Perfectamente.
Aquello era imposible.
No existía ningún hechizo capaz de ocultar un poder semejante.
A menos...
Que el propio poder quisiera permanecer oculto.
Sus ojos azules se entrecerraron.
Entonces lo sintió.
Una vibración.
Lejana.
Oscura.
Antigua.
No provenía de la muchacha.
Provenía del oeste.
Del lugar que todos evitaban nombrar.
El Bosque Oscuro.
Asterion giró lentamente la cabeza hacia aquella dirección.
Las runas grabadas sobre el suelo comenzaron a brillar.
No.
No había sido el único en percibir el despertar.
Algo más...
También había despertado.
Y estaba buscando exactamente lo mismo que él.
—Así que ustedes también lo sintieron...
Su voz apenas fue un murmullo.
Pero por primera vez en muchos años...
el Gran Archimago frunció el ceño.