Desperté años en el pasado con una misión: eliminar al futuro Rey Demonio.
Sin embargo, cuando lo encontré, era solo un bebé.
Un bebé demasiado inteligente.
Un bebé que conocía mi nombre.
Un bebé que me miró con tristeza y susurró:
—Te encontré otra vez, mamá
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Mi hijo adoptó un pato
A la mañana siguiente, Lyra despertó con una sensación extraña.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Abrió los ojos lentamente.
Miró a la derecha.
Nada.
Miró a la izquierda
Nada.
Frunció el ceño.
Entonces escuchó una voz.
—Buenos días, mamá.
Lyra bajó la vista.
Y casi sufrió un infarto.
Lucien estaba sentado sobre su pecho.
Observándola.
Muy de cerca.
Demasiado de cerca.
—¡¿Qué estás haciendo?!
—Esperando.
—¿Esperando qué?
—A que despertaras.
—¿Por qué?
—Quería asegurarme de que seguías respirando.
—Eso es aterrador.
—Gracias.
—Deja de agradecer cuando te insultan.
—Todavía estoy aprendiendo.
---
El pato graznó.
Lyra giró la cabeza.
El pato seguía allí.
Por desgracia.
No había sido una pesadilla.
—Lucien.
—¿Sí?
—¿Por qué sigue aquí?
—Porque es parte de la familia.
—No es parte de la familia.
—Mamá está negándolo otra vez.
—¡No somos una familia!
El pato volvió a graznar.
Como si estuviera apoyando a Lucien.
Traidor.
---
Una hora después continuaron el viaje.
Lyra caminaba delante.
Lucien caminaba detrás.
Y el pato caminaba detrás de Lucien.
Formando una fila perfectamente organizada.
—¿Por qué me sigue?
—Porque te quiere.
—Lo conocí ayer.
—El amor no conoce límites.
—Eso tampoco tiene sentido.
—Lo sé.
---
Al mediodía llegaron a una ciudad mucho más grande.
Altas murallas.
Mercados abarrotados.
Carruajes.
Mercaderes.
Caballeros.
Era una de las ciudades comerciales más importantes de la región.
Y Lyra conocía perfectamente aquel lugar.
En su vida anterior había estado allí.
Justamente antes del comienzo de la guerra.
Eso hizo que se pusiera tensa.
Muy tensa.
Demasiados recuerdos.
Demasiada sangre.
Demasiadas cosas que prefería olvidar.
—Mamá.
—¿Qué?
—Estás pensando demasiado.
—¿Cómo sabes eso?
—Tienes cara de limón.
—¿Cara de limón?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—Entonces deja de inventar cosas.
—Nunca.
---
Entraron al mercado principal.
Y entonces ocurrió.
—¡Mira!
Lucien salió corriendo.
—¡Lucien!
Demasiado tarde.
El pequeño demonio ya había desaparecido entre la multitud.
Lyra sintió cómo comenzaba un dolor de cabeza.
—Lo voy a vender.
El pato graznó.
—A él también.
---
Lo encontró diez minutos después.
Frente a un puesto.
Un puesto muy particular.
Vendían artefactos mágicos.
Cristales.
Amuletos.
Pergaminos.
Y extraños objetos encantados.
Lucien observaba todo fascinado.
—¿Qué haces aquí?
—Mirando.
—Casi me das un infarto.
—Pero no te lo di.
—Ese no es el punto.
—Entonces no entiendo el problema.
Claro que no.
---
El anciano dueño del puesto observó a Lucien.
Luego a Lyra.
Luego a Lucien otra vez.
Su expresión cambió.
Por completo.
—Interesante.
Lyra se tensó.
—¿Qué sucede?
El hombre siguió observando al niño.
—Nunca había visto un alma tan antigua.
El corazón de Lyra se detuvo.
Lucien también dejó de sonreír.
Durante apenas un segundo.
Un segundo tan breve que casi pasó desapercibido.
—¿Qué quiere decir?
El anciano sonrió.
—Nada.
Y aquello fue peor.
Mucho peor.
Porque claramente significaba algo.
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Después de abandonar el puesto, Lyra caminó varios minutos en silencio.
Hasta que finalmente explotó.
—¿Qué fue eso?
—¿Qué fue qué?
—No te hagas el inocente.
—Soy adorable.
—Eso tampoco responde mi pregunta.
—Lo sé.
—Lucien.
—Sí.
—¿Qué eres exactamente?
Por primera vez el niño no respondió de inmediato.
Bajó la mirada.
Parecía estar pensando.
Buscando las palabras correctas.
Y cuando finalmente habló...
Su voz fue extrañamente suave.
—No lo sé.
Lyra se quedó inmóvil.
Porque sonaba sincero.
Completamente sincero.
—¿Cómo que no lo sabes?
—He sido muchas cosas.
Aquella respuesta hizo que se le erizara la piel.
—¿Muchas cosas?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
Lucien levantó la vista.
Y sonrió.
Una sonrisa triste.
Pequeña.
Casi invisible.
—Significa que estoy cansado.
El corazón de Lyra dio un vuelco.
Porque durante un instante...
No vio a un niño.
Vio a alguien que había vivido demasiado.
---
Esa misma tarde encontraron alojamiento.
Una pequeña posada.
Tranquila.
Agradable.
Perfecta para descansar.
O eso creían.
Hasta que escucharon un grito.
Luego otro.
Y otro más.
Todo el salón se volvió un caos.
—¡Hay un monstruo!
—¡En el sótano!
—¡Alguien haga algo!
Los clientes comenzaron a correr en todas direcciones.
Lyra se puso de pie inmediatamente.
Instinto.
Costumbre.
Experiencia.
Mientras tanto...
Lucien estaba terminando su pastel.
—¿No piensas ayudar?
—Estoy comiendo.
—Hay un monstruo.
—Hay pastel.
—Lucien.
—Está bien.
—Gracias.
—Pero el monstruo está interrumpiendo mi cena.
—...
—Eso es imperdonable.
---
Minutos después descendieron al sótano.
La oscuridad era casi total.
Solo una lámpara iluminaba el lugar.
El aire olía a humedad.
Y algo más.
Algo extraño.
Un ruido resonó entre las sombras.
CLONK.
CLONK.
CLONK.
—¿Escuchaste eso?
—Sí.
Otro golpe.
CLONK.
CLONK.
CLONK.
Lyra desenvainó lentamente su espada.
El sonido provenía del fondo del sótano.
Algo se movía.
Algo grande.
Algo oscuro.
Algo...
La criatura emergió de entre las sombras.
Y Lyra se quedó mirando.
—...
—...
—¿Ese es el monstruo?
Lucien asintió.
—Creo que sí.
Frente a ellos había una cabra.
Una cabra muy gorda.
Con una olla atrapada en la cabeza.
La cabra chocó contra una pared.
CLONK.
Luego contra otra.
CLONK.
Y finalmente contra una caja.
CLONK.
—
—
—Es una cabra.
—Sí.
—Con una olla.
—Sí.
—En la cabeza.
—Sí.
—¿Y esto aterrorizó a toda la posada?
—Parece que sí.
La cabra volvió a chocar contra algo.
CLONK.
Lucien suspiró.
—Los adultos son extraños.
—Por una vez estoy de acuerdo contigo.
---
Cuando regresaron al comedor, los clientes los recibieron como héroes.
Y aunque Lyra explicó varias veces que el monstruo era una cabra...
Nadie pareció escucharla.
Lucien recibió dulces.
Otra vez.
El pato recibió pan.
También otra vez.
Y Lyra recibió un dolor de cabeza.
Como siempre.
Aquella noche, mientras todos dormían, una figura observó la posada desde la oscuridad.
Alta.
Inmóvil.
Sin rostro.
La misma presencia que habían visto en el bosque.
Permaneció allí varios segundos.
Observando una ventana en particular.
La habitación de Lyra.
Y luego...
Desapareció.
Como si jamás hubiera existido.
Muy lejos de allí, Lucien abrió los ojos.
De golpe.
Sus ojos rojos brillaron en la oscuridad.
Y por primera vez desde que comenzó el viaje...
No parecía un niño.
Parecía un rey.
Un rey antiguo.
Peligroso.
Y profundamente furioso.
—Te encontré.
Susurró.
Como si hablara con alguien que no estaba allí.
Como si reconociera aquella presencia.
Como si la hubiera visto antes.
Muchas veces.
Demasiadas.
FIN DEL CAPÍTULO 5