Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 8
...AITANA...
El rugido sordo del motor de la camioneta blindada de los Montenegro vibraba bajo mis pies mientras entrábamos a mi vecindario.
Era exactamente lo que especificaba la cláusula de seguridad de mi contrato: traslado privado de puerta a puerta. El Presidente no se iba a arriesgar a que la mentora de su futura heredera tomara el transporte público después de salir de su mansión.
El chofer, un hombre impecable de traje oscuro y audífono en la oreja, redujo la velocidad al acercarse a mi cuadra. Los frenos de aire de la imponente camioneta negra soltaron un silbido justo frente a la puerta de mi casa. Me froté las sienes, sabiendo perfectamente lo que venía.
En un barrio como el mío, un vehículo así era el equivalente a que aterrizara una nave espacial.
A través del vidrio oscuro, vi cómo las cortinas de la casa de doña Marta, mi vecina de enfrente, se movían bruscamente. Don Carlos, que estaba lavando su auto en la acera, se quedó estático, con la manguera en la mano y la boca abierta, barriendo la camioneta con una mirada chismosa.
Dos chicos que jugaban con un balón en la esquina se detuvieron a mirar, murmurando entre ellos.
—Hemos llegado, señorita Vega —dijo el chofer con cortesía, bajándose rápidamente para abrirme la puerta.
—Gracias —susurré, sintiendo la oleada de calor de la noche en cuanto pisé el asfalto.
Caminé hacia mi puerta con la espalda recta, ignorando las miradas descaradas de los vecinos que ya salían al porche a espiar. El chofer esperó en posición de firmes hasta que saqué mis llaves y entré a la casa, cerrando el portón de hierro detrás de mí con un golpe seco.
Solté un largo suspiro, dejando caer la pesada mochila de cuero sobre el sofá de la sala. El olor a comida casera me recibió de inmediato, limpiándome un poco el estrés del día.
—¿Te uniste a la mafia o te conseguiste un sugar daddy billonario? Porque doña Marta va a sufrir un infarto del chisme antes de las diez —dijo una voz divertida desde el pasillo.
Paola, mi hermana menor, apareció secándose las manos con un trapo de cocina. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, unos jeans y una playera de su universidad. Ella todavía estaba estudiando y nuestra dinámica era lo único que me mantenía con los pies en la tierra.
—Es el transporte que incluye el nuevo trabajo, Pao —respondí, dejándome caer en el sillón y quitándome los zapatos con un quejido de alivio—. Te dije que la familia para la que trabajo tiene mucho dinero.
—¿Solo mucho dinero? Aitana. Eso de afuera parecía el transporte del presidente de la república —Paola se sentó en el brazo del sofá, mirándome—. ¿Cómo te fue? ¿La niña es tan insoportable como decías?
Me froté la cara con las manos, recordando la mirada desafiante de Mía, la carpeta con los datos de Julián, y luego en el pasillo... Henrry reaccionando con esa desesperación salvaje, rogándome que no le entregara la foto a su padre.
—Es inteligente. Demasiado inteligente —dije, midiendo mis palabras. No podía contarle a Paola los detalles, por el contrato, y por seguridad—.Trató de ponerme una trampa en los primeros diez minutos, pero logré darle la vuelta. Su hermano... el Director, es un caso aparte. Todo en esa casa es una red de mentiras y control.
Paola dejó de sonreír y me miró con fijeza. Ella conocía perfectamente mis expresiones.
—Aitana, ten cuidado. Ya pasamos por suficiente el año pasado con lo de Julián —su voz bajó de tono, volviéndose seria—. Pasamos meses limpiando tu nombre, yendo a declarar, aguantando que la policía revisara nuestras cuentas solo porque tu ex resultó ser un estafador. Esa gente rica... si te metes en sus problemas, te aplastan como a una hormiga para protegerse.
—Lo sé —le aseguré, tomando su mano con suavidad—. Créeme que lo sé. No me voy a involucrar más de lo necesario. Solo voy, hago mi trabajo, cobro ese sueldo que nos va a pagar muchas cosas en esta casa y regreso.
—Más te vale —Paola suspiró, volviendo a su tono ligero y dándome un empujón cariñoso en el hombro—. Anda, ve a lavarte las manos. Hice la cena. Y prepárate, porque mañana seguro doña Marta va a venir a pedirnos azúcar solo para averiguar quién era el guardaespaldas que te abrió la puerta.
Me reí, poniéndome de pie. Mientras caminaba hacia el baño. Yo le había dicho a Paola que no me iba a involucrar, pero la realidad era otra. En mi primer día, ya estaba encubriendo una falta grave de la heredera y guardándole un secreto al mismísimo Henrry Montenegro. Estaba metida hasta el cuello, y lo peor era que no había vuelta atrás.
—¿Y mi mamá? —pregunté, mirando de reojo hacia la cocina vacía—. ¿Todavía sigue trabajando? Le dije mil veces que no se quedara vendiendo hasta tan tarde. Ya no tiene necesidad de matarse así.
Paola soltó un bufido y rodó los ojos, cruzándose de brazos.
—Ay, Aitana, tu mamá es un caso perdido. Entre más vieja, más terca se pone —dijo con resignación, soltando una risa amarga—. Le escondí las llaves del carrito de las empanadas y fue capaz de mandar a hacer una copia con el cerrajero. Dice que si se queda aquí sentada viendo la televisión se va a morir de aburrimiento. Ya la conoces, no sabe quedarse quieta.
Negué con la cabeza. Mi madre llevaba toda la vida sacándonos adelante a punta de trabajo duro en su puesto callejero, y ahora que por fin yo tenía un sueldo de ejecutiva que podía cubrir todos los gastos y más, ella se negaba a soltarlo.
—No, yo no me voy a quedar aquí cenando tranquila sabiendo que está en esa esquina sola a estas horas —dije, volviéndome a poner los zapatos de un tirón y tomando las llaves de la casa.
—Te guardo la cena entonces —me gritó Paola desde la sala mientras yo ya abría la puerta—. ¡Y no te enojes con ella!
Salí de nuevo a la calle. El ambiente en la cuadra ya era el típico de un viernes por la noche: música saliendo de algunas casas, vecinos sentados en las banquetas tomando una cerveza fría y el calor de la noche envolviéndolo todo. Apreté el paso y caminé las tres cuadras hacia la avenida principal.
Al llegar a la esquina, vi que el puesto de mi mamá estaba a reventar. Había clientes esperando de pie, taxistas parqueados y el olor a masa frita e inundando el aire. Pero lo que más me llamó la atención fue ver a María, mi vecina y amiga de absoluta confianza, parada junto al carrito.
María estaba espectacular, bien arreglada, con un vestido ajustado que resaltaba sus curvas, el cabello impecable y un maquillaje que gritaba que su noche apenas comenzaba. Parecía que iba para una alfombra roja en medio de nuestra avenida. Estaba conversando animadamente con mi mamá mientras se tomaba una bebida.
—¡Mamá! —le reclamé, abriéndome paso entre los clientes y cruzándome de brazos.— ¿Qué estás haciendo aquí, si quedamos en algo?
Mi madre se giró, limpiándose las manos con un trapo, y me regaló esa sonrisa que borraba cualquier rastro de mi mal humor.
—¡Ay, mi cachetona! ¿Qué haces acá afuera? Paola me dijo que tal vez llegarías tarde del trabajo con los millonarios esos —dijo, ignorando mi regaño mientras me pasaba una servilleta con una empanada recién sacada del aceite—. Mira, come un poco, que estás muy estresada.
—Mamá, hablo en serio —le dije, recibiendo la empanada por puro instinto, pero mirándola con fijeza—. Quedamos en que ya no ibas a trasnocharte aquí. Te puedes enfermar, o te puede pasar algo. Ya no tenemos esa urgencia económica.
Mi madre suspiró, recostándose contra el carrito y mirando las luces de los autos pasar por la avenida. Su mirada se volvió un poco más seria.
—Yo sé que ya tienes trabajo, mi amor, y estoy muy orgullosa de ti. Pero estas empanadas les pagaron a ti y a Paola la universidad. Este carrito me dio el sustento cuando tu papá nos dejó sin nada —me dijo, dándole un suave golpecito al metal—. Yo no trabajo por la plata ya, Aitana. Trabajo porque este puesto es mío y me gusta ganarme mis monedas. Además, mira cómo está esto de lleno, no puedo dejar a mis clientes con hambre el viernes.
Antes de que pudiera replicar, María se dio la vuelta y sus ojos se iluminaron al verme. Se acercó y me plantó dos besos sonoros en las mejillas, inundándome con su perfume dulce.
—¡Aitana, mi amor! ¡Qué alegría verte! —exclamó María, mirándome de arriba abajo con entusiasmo—. Tu mamá me estaba contando que estabas trabajando con los riquitos esos. ¡Te lo mereces, mi reina, después de todo lo que pasaste el año pasado!
—Gracias, Mari. Ahí voy, lidiando con gente complicada —sonreí, relajando los hombros gracias a su buena energía.
—Bueno, pues perfecto, porque cayó del cielo que estés aquí —María me tomó de las manos, con los ojos brillándole de la emoción—. Es viernes, Aitana, el cuerpo lo sabe y tú necesitas desestresarte. Vamos a salir a bailar. Te me vas ya mismo a cambiar, te pones algo divino y nos fuimos.
—Ay, Mari, de verdad te lo agradezco, pero vengo cansadísima del primer día... —empecé a gesticular, tratando de zafar mis manos—. Y además, mañana sábado también tengo que ir a la mansión temprano. El contrato con los Montenegro incluye los fines de semana por la mañana. No puedo llegar con ojeras ni oliendo a fiesta a rendirle cuentas al Presidente.
—¡Ay, por favor, Aitana! Es solo una entradita, no te vas a quedar hasta el amanecer —María hizo un gesto dramático con la mano, restándole importancia—. Solo vamos a bailar un par de tandas, sudas el estrés de hoy y a la medianoche ya estás en tu camita.
—Hágale caso a María, cachetona —terció mi mamá desde el carrito, pasándole un pedido a un cliente—. Vaya y se despeja un rato. Usted es joven, una salidita corta no le va a quitar el conocimiento para darle clases a esa niña mañana. Vaya y quítese esa cara de seria que me trae desde la tarde. Aquí yo termino con calma.
Me quedé mirando a las dos, sintiendo cómo la rigidez y el estrés que Henrry y Mía me habían provocado empezaban a ceder ante la insistencia y la calidez de mi gente. Tenían razón; si me quedaba encerrada pensando en los secretos de esa familia, me iba a volver loca antes de terminar la primera semana. Necesitaba un respiro, aunque fuera corto.
—Está bien —cedí, con una sonrisa resignada pero divertida—. Me convencieron. Pero bajo una condición, María: a la medianoche me pides un taxi de regreso porque a las ocho de la mañana me recoge la camioneta blindada.
—¡Hecho! Palabrita de hermana —María me guiñó un ojo con picardía, acomodándose el vestido—.Ahora vuela a la casa a cambiarte rápido, que mi pretendiente pasa por nosotras en veinte minutos. Y relájate, el tipo tiene dinero, así que por la cuenta ni te preocupes, que esta noche todo corre por su cuenta. Nos va a llevar a una discoteca buenísima. Anda, ve a ponerte linda, que la vida es corta y los Montenegro no se van a enterar de que andas moviendo el esqueleto.
Mi mamá soltó una carcajada desde el carrito, atendiendo a un taxista.
—Ya voy —cedí, con una sonrisa amplia—¡Pero no te me demores en cerrar, mamá!
Apreté el paso de regreso a casa, sintiendo que el peso del día se aligeraba.