Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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capítulo 8
El Proyecto Umbral
La fotografía tembló entre los dedos de Gabriel.
La fecha impresa en la esquina inferior derecha era inconfundible.
3 de octubre de 1947.
No podía ser un error.
Ni una falsificación.
El papel estaba amarillento por el paso de las décadas, y los bordes desgastados hablaban de un documento que había sobrevivido al tiempo.
Aun así, lo imposible seguía allí.
El hombre del centro tenía su mismo rostro.
La misma cicatriz sobre la ceja izquierda.
La misma forma de sostener los hombros.
Incluso llevaba colgado del cuello el mismo llavero de plata que Gabriel había heredado de Hayato Mori.
Sintió un vacío en el estómago.
—¿Quién eres...? —susurró.
Pasó la página.
Solo encontró una frase escrita a máquina.
PROYECTO UMBRAL
Acceso restringido.
Si usted no es un Guardián, destruya este documento sin leerlo.
Gabriel dejó escapar una risa breve.
—Un poco tarde para eso...
Continuó leyendo.
Las primeras hojas describían una investigación iniciada al terminar la Segunda Guerra Mundial.
Varios templos de Japón habían reportado el mismo fenómeno.
Personas devastadas por la pérdida de sus familias comenzaban a desaparecer sin dejar rastro.
Los pocos sobrevivientes hablaban de sombras que susurraban sus nombres.
De puertas que aparecían donde antes solo había paredes.
Y de una frase repetida una y otra vez.
"El Quebranto está cerca."
Gabriel siguió avanzando.
Cada página aumentaba su desconcierto.
El Proyecto Umbral no había sido dirigido por sacerdotes.
Ni por monjes.
Había sido financiado en secreto por un grupo formado por historiadores, médicos, lingüistas y antiguos Guardianes.
Su objetivo era simple.
Descubrir qué eran realmente las entidades.
Y, si era posible...
Encontrar el lugar del que provenían.
De repente, un sobre cayó desde el interior de la carpeta.
Estaba sellado con cera negra.
Sobre él había una advertencia escrita a mano.
"No lo abras si aún escuchas tu nombre."
Gabriel permaneció inmóvil.
Recordó la voz en el santuario.
"Gabriel..."
Sintió el impulso de guardar el sobre.
De esperar.
Pero algo más fuerte que la prudencia lo empujó a romper el sello.
Dentro había una única hoja.
No era un informe.
Era una carta.
Escrita por Hayato Mori.
La tinta estaba descolorida, pero la letra seguía siendo inconfundible.
"Si estás leyendo esto, significa que fracasé."
Gabriel tragó saliva.
"Perdóname por haberte ocultado la verdad. No lo hice para proteger el santuario. Lo hice para protegerte a ti."
Las manos comenzaron a temblarle.
"El día que nos conocimos no fue un accidente. Yo llevaba quince años buscándote."
Gabriel sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Continuó leyendo con desesperación.
"Cuando encontré al niño llamado Gabriel Salazar, comprendí que la profecía era real."
El corazón le golpeaba con fuerza el pecho.
"Nunca te elegí como mi sucesor."
"Tú naciste para serlo."
Un golpe estremeció el despacho.
La ventana vibró.
Luego otro.
Y otro más.
Como si alguien caminara sobre el techo del edificio.
Gabriel dejó la carta sobre el escritorio y desenfundó la vieja linterna ultravioleta.
Subió lentamente las escaleras que llevaban a la azotea.
Abrió la puerta metálica.
El viento era helado.
Tokio brillaba bajo un mar de luces.
No había nadie.
Solo el sonido distante del tráfico.
Gabriel dio un paso.
Entonces lo vio.
Al otro lado de la calle, sobre la azotea de un edificio de oficinas, permanecía inmóvil el hombre del paraguas negro.
La distancia era enorme.
Aun así, Gabriel sintió que aquella figura lo observaba directamente.
El hombre levantó lentamente una mano.
No para saludar.
Señaló hacia el cielo.
Gabriel alzó la vista por instinto.
Las nubes comenzaron a abrirse.
Durante apenas un segundo apareció una inmensa grieta oscura atravesando el firmamento.
No era un relámpago.
No era una nube.
Parecía una herida abierta sobre el cielo.
Y desde aquella oscuridad descendió un murmullo tan profundo que hizo vibrar los cristales de todos los edificios cercanos.
Cuando Gabriel volvió a mirar al hombre del paraguas...
Había desaparecido.
Pero sobre el borde de la azotea donde había estado permanecía un único objeto.
Un cuervo.
Completamente inmóvil.
Con los ojos fijos en Gabriel.
Y antes de alzar el vuelo, pronunció con una voz que no pertenecía a ningún animal:
—Ya es demasiado tarde, Guardián.