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La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance paranormal / Completas
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: Afrodite 18

Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.

Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.

Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.

Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.

Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.

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capítulo 22

Después de una noche agotadora pero divertida, Máximo cargó a Kim en brazos hasta la habitación que había preparado para ella en el castillo: amplia, iluminada por una luz suave, con una cama demasiado pequeña para un castillo demasiado grande, pero perfecta para una niña que llevaba mundos enteros dentro de sí.

El recién descubierto padre le dio un beso a la niña. Kim murmuró algo incomprensible, se giró de costado y abrazó la almohada como si fuera un cachorro de lobo. Máximo acomodó la cobija con cuidado y sonrió. En silencio, se quedó observando a su hija, mientras Andreia recorría el castillo.

El castillo de noche era otro mundo. Sin voces, sin pasos apresurados, sin el peso de las decisiones del día. Los corredores parecían más amplios, más antiguos. Las antorchas sujetas a los muros proyectaban sombras lentas sobre los vitrales, y cada arco de piedra despertaba recuerdos que Andreia creía haber enterrado hacía mucho tiempo.

Caminó sin rumbo, pasando por salones donde había jugado de niña, por escaleras donde había llorado en silencio, por ventanas desde las que observaba a Máximo entrenar cuando aún eran demasiado jóvenes para entender lo que sentían y, aun así, lo sabían.

Se detuvo frente a la galería de los antiguos alfas. Retratos enmarcados en oro la observaban con ojos serios: ancestros que habían liderado clanes, librado guerras, sellado alianzas. Hombres inalcanzables, detenidos únicamente por la muerte.

ALISTER— Ellos nunca cambian, ¿verdad?

ANDREIA— Padre.

Alister estaba de pie en la entrada de la galería, las manos cruzadas detrás del cuerpo, los ojos cansados pero atentos. Su cabello canoso reflejaba la luz de las antorchas.

ALISTER— Recorres el castillo como quien huye —comentó—. Despacio, pero atenta.

ANDREIA— Los recuerdos suelen atormentar.

El silencio entre ellos pesaba, cargado de años sin decir.

ALISTER— ¿Kim está bien?

ANDREIA— Sí. Dormida en la habitación que Máximo mandó preparar para ella.

ALISTER— Ella es… diferente.

ANDREIA— Extraordinaria —corrigió, con una leve sonrisa—. Incluso cuando no se lo propone.

Caminaron juntos por la galería, los pasos resonando suaves sobre el mármol.

ALISTER— Nunca imaginé volver a encontrarte aquí —dijo—. Después de tantos años…

ANDREIA— La Luna escribe nuestro camino. Solo hay que seguirla.

ALISTER— Es así.

Andreia se detuvo frente a un retrato antiguo: un alfa de ojos claros y expresión severa.

ALISTER— Él era tu abuelo.

ANDREIA— Todos parecen iguales.

ALISTER— No como tú —respondió.

ANDREIA— ¿Eso es elogio o crítica?

ALISTER— Arrepentimiento —confesó, con honestidad.

La palabra la golpeó más de lo esperado.

ANDREIA— Usted nunca me habló así.

ALISTER— Porque nunca fui bueno para admitir errores —reconoció—. Creí que protegerte significaba mantenerte lejos de todo esto. Del poder. Del peso. De la verdad.

ANDREIA— La protección no debería doler tanto. Usted no sabe cuánto esos poderes me consumieron, sobre todo en la adolescencia. Casi sucumbí. Tenía que liberar esa energía.

ALISTER— Me di cuenta cuando ya era tarde. Sentí cómo ardías aquella noche. Fui yo quien te encontró inconsciente. Deseé tanto haber sido un mejor padre en ese momento.

ANDREIA— No lo odio —dijo—. Pero tampoco confío como antes. En nadie.

ALISTER— Cuando te fuiste, creí que pronto volverías. Pero en el fondo siempre supe que, si un día te ibas, sería para no regresar.

ANDREIA— Me cansé de luchar por un mundo que nunca me quiso. Pensé en mí, por primera vez —dijo, y Alister no respondió—. A Kim le agradas, aunque apenas te conoce.

ALISTER— Ella le agrada a todo el mundo —respondió—. Pero me gusta tenerla cerca. Siento que es una segunda oportunidad. La oportunidad que no tuve contigo.

ANDREIA— Tal vez ella ve tu salvación. Tu cambio.

ALISTER— Lo percibo —respondió—. Desde que ella entró en este castillo, algo cambió. El aire. El bosque. Hasta los lobos están inquietos. Eso no ocurre por casualidad.

ANDREIA— No ocurre. Y es solo el comienzo.

ALISTER— Tú no eres solamente hija de la Luna —afirmó—. Eres algo más. Algo que no ha existido en generaciones. Conoces los planes de tu madre.

ANDREIA— Los conozco.

El silencio que siguió fue profundo.

ALISTER— Entonces es cierto —murmuró.

ANDREIA— Sí —confirmó—. Y usted siempre lo supo. Solo que nunca tuvo el valor de decirlo en voz alta.

Alister cerró los ojos un instante.

ALISTER— Eres la heredera de un linaje que no debería haber terminado —dijo—. La última Alfa verdadera.

Andreia giró el rostro hacia los retratos.

ANDREIA— Y por eso ninguno de mis hermanos ocupará su lugar —habló con calma—. Porque no les corresponde. Nunca les correspondió.

Alister sintió el peso de aquellas palabras.

ALISTER— Lo sospechaba —confesó—. Pero oírlo de ti lo vuelve demasiado real.

ANDREIA— No es un peso que desee —dijo—. Pero es algo que existe. Igual que Kim. Y por la Luna, lo cumpliré.

ALISTER— Entonces ella…

ANDREIA— Es más que cualquiera de nosotros —respondió—. Y aun así, es solo una niña a la que le gustan los lobitos de peluche y los cuentos antes de dormir.

ALISTER— Como tú eras —murmuró.

ANDREIA— No vine a pelear —dijo—. Ni a ajustar cuentas. Mi madre ya escribió el futuro. Necesitaba que usted lo supiera. Y tal vez necesitaba oírlo admitirlo.

ALISTER— ¿Que me equivoqué?

ANDREIA— Que me perdió.

ALISTER— Te perdí —reconoció—. Pero aún espero no haberte perdido para siempre.

Ella lo miró fijamente un largo instante.

ANDREIA— Quizá no. Deje que la Luna decida. Usted también tiene un papel importante en esta nueva era.

ALISTER— ¿Qué hago?

ANDREIA— Sea abuelo. Ella merece algo mejor que secretos. Que ausencias. Que miedos antiguos.

ALISTER— Sí. Lo haremos diferente. La futura reina de los alfas debe permanecer feliz y segura.

ANDREIA— Eso no me preocupa.

ALISTER— ¿Vas a contarle… sobre Máximo?

ANDREIA— Pronto —respondió—. Pero no hoy. Hoy ella solo necesita ser una niña durmiendo en paz.

ALISTER— Justo.

ANDREIA— Y usted necesita ser solo el abuelo —completó—. No el alfa.

ALISTER— Puedo intentarlo.

El silencio volvió a envolverlos, pero ahora era distinto: más ligero, casi esperanzador. Andreia percibió entonces algo extraño en el aire.

Una presencia. No vio a nadie, pero tuvo la sensación clara de que no estaban solos en aquella galería silenciosa.

ANDREIA— Vámonos —dijo—. Es tarde.

Él asintió, y mientras se alejaban de la galería, algo permanecía suspendido en el aire: la certeza inquietante de que ciertas verdades, una vez dichas en voz alta, rara vez quedan sin testigos.

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