Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo XX: Visita inesperada
Punto de vista de Andrés
El chofer cerró la puerta de la camioneta blindada en cuanto Amanda y yo nos acomodamos en el asiento trasero.
A través de los cristales ahumados, alcancé a distinguir la silueta de Elisa Maldonado a unos metros de la entrada principal de mi corporativo. Tenía los brazos cruzados y una expresión de absoluta frustración mientras veía nuestro vehículo ponerse en marcha.
Aflojé un poco el nudo de mi corbata y desvié la mirada hacia Amanda. Llevaba una elegante blusa de seda y su carpeta del hospital sobre las piernas, pero su postura rígida delataba que también había alcanzado a verla.
—¿Qué hacía Elisa en tu empresa, Andrés? —preguntó, con una nota de justificada preocupación en su voz.
—Fue a la recepción a exigir una cita conmigo. Quería «abrirme los ojos» sobre la clase de mujer con la que me casé, según sus propias palabras —respondí con una sonrisa gélida—. Obviamente, ordené que la corrieran. No tengo tiempo para perderlo con los peones de Miguel.
Amanda soltó un suspiro pesado, mirando hacia el frente. El perfil de su rostro se veía hermoso, pero la sombra del miedo que intentaba ocultar me causó una punzada en el pecho. Recordé sus palabras de la noche anterior, su temor a ser usada como un peón en mi juego de poder, y maldije internamente el muro que la prudencia nos obligaba a mantener.
—Están desesperados —susurró ella, apretando los dedos alrededor de su carpeta—. Miguel en la gala parecía fuera de sí, y ahora Elisa viene a buscarte. Esto no va a detenerse en una simple escena en la recepción, Andrés. Conozco de lo que son capaces cuando ven su estatus amenazado.
—Lo sé. Por eso no voy a dejar nada al azar —tomé mi teléfono celular y marqué el número de Felipe—. Felipe, activa el protocolo de seguridad de nivel uno en la mansión ahora mismo. Duplica la guardia perimetral y cambia las rutas de transporte de Mía. Nadie entra ni sale de esa casa sin que tú lo autorices personalmente.
—Entendido, jefe. Me encargo de inmediato —respondió Felipe antes de colgar.
Guardé el teléfono y me giré por completo hacia Amanda. Quise tomar su mano, pero me detuve a tiempo, respetando el espacio que me había pedido. Sin embargo, no pude evitar que mi voz sonara con toda la intensidad que sentía por dentro.
—Escúchame bien, Amanda. Sé que dudas de mis intenciones y que temes lo que pasará cuando esta guerra termine. Tienes derecho a tomarte tu tiempo conmigo. Pero en lo que respecta a los Maldonado, no voy a permitir que te debilites por el pánico. Ellos ya jugaron su mano hace cinco años y perdieron la oportunidad de destruirte. Ahora el tablero es mío, y mi prioridad absoluta es que ni tú ni Mía sufran un solo rasguño.
Amanda me miró, y por un instante, la fría armadura de la doctora Victoria Arismendi se agrietó, dejando ver a la mujer vulnerable que se refugiaba en mis brazos pocas horas atrás.
—Don Francisco, el padre de Miguel, todavía no ha aparecido —advirtió ella en voz baja, con un brillo de pura advertencia en los ojos—. Miguel es impulsivo y soberbio, pero su padre... ese hombre es el verdadero monstruo de esa familia. Si Elisa acudió a él, la junta del hospital será el menor de nuestros problemas.
—Que venga —sentencié, clavando mi mirada en la carretera—. He pasado cinco años construyendo un imperio capaz de soportar cualquier ataque. Si el viejo Maldonado quiere salir de su madriguera para defender el apellido que su hijo está arrastrando por el suelo, que lo haga. Solo le estaré facilitando el trabajo de cavar su propia tumba.
Punto de vista de Amanda
Al llegar al Hospital Central Metropolitano, el personal de seguridad me abrió paso con tanta precisión, a lo cual aún no me acostumbro. Caminé por los pasillos con el sonido firme de mis tacones resonando en el mármol, escoltada por dos de los guardaespaldas que Andrés había asignado para mí. Él había tenido que quedarse en el auto atendiendo una llamada internacional de urgencia, pero me prometió alcanzarme en mi despacho en diez minutos.
—Doctora Arismendi, buenos días —saludó mi secretaria, visiblemente nerviosa, en cuanto entré a la recepción de la dirección general—. Hay... hay alguien esperándola en su oficina. No quiso retirarse y dijo que tenía una cita urgente con usted sobre la auditoría.
—¿Quién es? —pregunté, aunque en el fondo de mi estómago ya conocía la respuesta.
—El señor Miguel Maldonado.
Inhalé aire profundamente, acomodando las solapas de mi saco. Sentí una punzada de nervios, pero la reprimí de inmediato con una dosis pura de desprecio.
—Está bien, gracias. Retírate y no nos interrumpas —le ordené antes de tomar el pomo de la puerta de madera.
Al entrar, lo vi. Miguel estaba de pie junto al gran ventanal de mi oficina, sosteniendo una taza de café. Al escucharme entrar, se giró lentamente, recorriéndome con la mirada. Pero esta vez no había rabia en sus ojos; había una calma fingida, una sonrisa nostálgica que me dio náuseas. Estaba usando su faceta de manipulador, esa que tantas veces usó en el pasado para hacerme dudar de mí misma.
—Tienes una oficina hermosa, Victoria... o debería decir, Amanda —soltó con una voz suave, casi íntima, dando unos pasos hacia mí.
—Señor Maldonado —respondí, cerrando la puerta a mis espaldas y caminando con paso firme hacia mi escritorio, ignorando su tono—. Le dejé muy claro anoche que no toleraría sus delirios. Si vino a mi oficina a entorpecer los preparativos de la auditoría forense, le sugiero que se retire o haré que la seguridad lo saque del edificio.
Miguel soltó una risa amarga, dejando la taza sobre la mesa y acortando la distancia entre nosotros. Se detuvo justo al otro lado de mi escritorio, apoyando las manos en la madera y mirándome fijamente a los ojos.
—Puedes engañar a toda la Cámara de Comercio con ese apellido extranjero, pero a mí no —susurró, con una intensidad que pretendía ser conmovedora—. Te conozco, Amanda. Conozco el brillo de tus ojos, tu mirada, la forma en que respiras cuando estás bajo presión. Sé lo que pasó hace cinco años... sé que sufriste. Cometí errores, fui un estúpido al dejarme llevar por los celos y las intrigas de los demás. Pero estás viva. Estás aquí. No tienes que seguir escondiéndote detrás de Andrés Ferrer ni de este nombre falso. Podemos arreglar las cosas.
Lo escuché en silencio, sintiendo una profunda lástima por el patético hombre que tenía enfrente. Pensar que en mi vida pasada derramé tantas lágrimas por él. El recordar que este mismo hombre me despojó de todo, que me dejó en la miseria creyendo que mi hija había muerto, congeló cualquier rastro de duda en mí.
Me incliné levemente hacia adelante, sosteniéndole la mirada con una frialdad que pareció congelar el ambiente.
—Su capacidad para crear telenovelas en su cabeza es fascinante, señor Maldonado, pero lamentablemente para usted, la contabilidad de este hospital es una realidad muy cruda —sentencié, con una sonrisa gélida—. Su pequeña táctica de manipulación emocional da pena ajena. No soy Amanda.
Soy la mujer que posee el cuarenta por ciento de sus acciones y la que va a revisar cada centavo que su familia desvió de este complejo. Así que guarde sus discursos de arrepentimiento para el juez, porque cuando mi equipo legal termine con los libros contables, el apellido Maldonado no va a servir ni para pagar la fianza.
El rostro de Miguel cambió de inmediato. La máscara de arrepentimiento se agrietó, dejando ver al hombre soberbio y violento que realmente era. La mandíbula se le tensó y sus ojos se inyectaron de furia al verse completamente rechazado y humillado de nuevo.
—¿Qué pasa aquí? —la voz profunda y autoritaria de Andrés resonó desde la entrada de la oficina.
Andrés entró al despacho con paso firme, cerrando la puerta detrás de él y colocándose de inmediato a mi lado, clavando una mirada letal en Miguel. El juego psicológico de Maldonado había terminado, y la verdadera guerra estaba por comenzar.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda