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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 2 PROMESAS QUE NO SE ROMPEN CON LA DISTA

Los años pasaron envueltos en el zumbido constante de su máquina de oxígeno, en el olor a desinfectante y a flores que le llevábamos al cuarto, y en la certeza absoluta de que no había nada en este mundo que nos pudiera separar del todo. Cuando entré a la adolescencia, la diferencia de edad se sentía más en las cosas que hacíamos, pero nunca en el cariño: yo empezaba a salir, a conocer gente nueva, y ella se quedaba en casa, viendo caer las hojas del árbol del jardín desde su ventana, pero nunca me dejó sentir que la estaba dejando atrás.

Cada vez que volvía de una fiesta o de una reunión con amigos, entraba sigilosamente a su cuarto, para no despertarla si ya se había dormido, y casi siempre la encontraba con los ojos abiertos, esperándome, con una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Se sentaba un poco más arriba en la cama, acomodando las almohadas a su espalda, y hacía sitio para que me sentara al borde, y entonces le contaba todo, con los ojos brillantes y las manos moviéndose de la emoción: cómo la música sonaba tan fuerte que vibraba el suelo, cómo alguien se había tropezado con la mesa de dulces, cómo un chico me había invitado a bailar y yo me había puesto tan nerviosa que se me cayó el vaso de refresco.

Rosa me escuchaba con toda la atención del mundo, haciendo esas muecas que solo ella sabía hacer: abría mucho los ojos como si lo que le contaba fuera la historia más increíble que hubiera escuchado, o se tapaba la boca con la mano para ahogar una risa cuando le decía alguna tontería, y a veces, cuando callaba un momento, veía que se le humedecían los ojos. Pero nunca me decía que dejara de hablar, nunca me pedía que no contara cosas que ella no podía vivir. Al contrario: me tomaba la mano entre las suyas, que cada vez se sentían más delgadas y frías, y me decía con una voz suave pero firme:

—Qué suerte tienes, hermanita. Disfrútalo mucho, ¿sí? Porque lo que tú vives, es como si lo viviéramos las dos juntas. Cada baile, cada risa, cada cosa bonita que te pase, es mía también.

Una vez, le pregunté si no le daba tristeza, si no le molestaba verme hacer cosas que las quimioterapias y sus pulmones no le permitían. Ella negó con la cabeza muy despacio, y me acarició la mejilla con la yema de los dedos:

—¿Tristeza? Me da más alegría que nada. Yo no puedo correr, ni bailar mucho tiempo, ni ir a las fiestas hasta que salga el sol, pero tú sí. Y mientras tú lo hagas, mi corazón va a saltar de felicidad igual que el tuyo. No te sientas mal por mí, Camila. Solo prométeme que nunca dejarás de brillar, aunque yo no pueda estar ahí a tu lado.

Y así pasamos toda la secundaria y los primeros años de preparatoria: aunque estuviéramos en lugares distintos, nunca estábamos desconectadas. Cuando tenía clases hasta tarde, le mandaba audios de todo lo que había aprendido, de los chismes del salón, de lo rico que había sido el almuerzo en la cafetería. Cuando ella tenía que pasar días enteros en el hospital para sus tratamientos, me llamaba entre descansos, y me contaba cómo eran las enfermeras nuevas, qué dibujos le habían puesto en las vendas, qué canción se le había quedado pegada en la cabeza. Si yo tenía un examen importante, ella me mandaba mensajes cada hora para decirme que podía con todo. Si ella se sentía débil y no podía hablar, me mandaba un solo corazón en el chat, y yo sabía que estaba bien, que me estaba esperando. Éramos dos mitades de un mismo corazón: si una respiraba, la otra también; si una sonreía, la otra sentía esa sonrisa en los labios.

El día que salí de la preparatoria, con el diploma en la mano y la toga puesta, lo primero que hice fue correr a su cuarto. Ella me esperaba con un ramo de sus flores favoritas —clavelinas blancas— puesto en la mesa de noche, y los ojos tan brillantes que parecían dos estrellas. Me abrazó con todas sus fuerzas, aunque le costó trabajo respirar después, y me dijo:

—Sabía que lo harías. Siempre lo supe.

Pero lo que cambió todo llegó tres meses después, en un sobre de papel grueso, con el sello dorado de la Universidad Superior de Gastronomía y Repostería de Berlín.

Había visto la convocatoria por casualidad, mientras buscaba cursos de cocina en internet: una beca completa para estudiar en la mejor escuela de Alemania, para los diez mejores estudiantes de todo el mundo. Todo pagado: el viaje, la estancia, los estudios, los materiales. Y al terminar los dos años de formación, los elegidos tendrían la oportunidad de hacer prácticas con el chef más importante del país, un hombre conocido por ser exigente hasta el extremo, por crear platos que nadie más se atrevía a imaginar, y por nunca aceptar a nadie que no pusiera el alma en lo que hacía. Dicen que es un cocinero raro, que trabaja en silencio, que no sonríe casi nunca, que busca sabores que sanen cosas que no se pueden ver. Pero para entrar, había que pasar un examen imposible: preparar tres platos en menos de cuatro horas, sin recetas a la mano, con ingredientes que te daban al momento, y demostrar que no solo sabías cocinar, sino que sabías contar una historia con cada bocado.

No pensé que me aceptarían. Solo lo hice porque Rosa me dijo que lo intentara. Pero cuando abrí el sobre y leí que mi nombre estaba entre los diez elegidos, sentí que las piernas me temblaban.

Esa noche, mis papás y yo nos sentamos en la sala, con la carta sobre la mesa, bajo la luz cálida de la lámpara que estaba siempre encendida. Mi papá se pasó una mano por el pelo canoso, mirando el papel como si no pudiera creerlo, y su voz se quebró un poco cuando habló:

—Es una oportunidad única, hija. No hay nadie en el estado, en todo el país quizás, que tenga una oferta así. Tienes que irte.

Mi mamá tenía los ojos llenos de lágrimas, pero asintió, apretando la mano de mi papá:

—Dos años pasan volando. Y aquí estaremos nosotras, cuidando de todo. No te preocupes por nada.

Pero yo negué con la cabeza, y sentí que se me cerraba la garganta solo de pensar en irme:

—No puedo. ¿Cómo voy a irme tan lejos? ¿Quién va a estar con ella cuando tenga malos días? ¿Quién le va a contar las cosas tal como pasan? No puedo dejarla sola. No ahora.

No sabíamos que Rosa estaba parada detrás de la puerta entreabierta del pasillo, escuchando todo. Se había quitado la mascarilla de oxígeno un momento, porque le molestaba para hablar, y se había apoyado en el marco, agarrándose fuerte con una mano, porque el esfuerzo de caminar hasta ahí ya le pesaba mucho. Cuando alzó la voz, suave pero clara, todos nos giramos de golpe:

—Camila, no digas eso.

Me puse de pie de un salto. Ella estaba pálida, más pálida que nunca, y tenía lágrimas rodando por sus mejillas, pero su mirada no dudaba. Corrí hacia ella y la abracé con mucho cuidado, sintiendo lo frágil que era entre mis brazos:

—Hermana… ¿por qué lloras? No quiero dejarte. No puedo irme si no estás bien.

Ella se separó un poquito, y me tomó la cara entre sus manos, para que la mirara a los ojos. Eran esos ojos oscuros que me habían visto crecer, que habían soportado el dolor más fuerte y seguían brillando con más fuerza que nada:

—Lloro de felicidad, tonta. Es el sueño que siempre soñamos juntas, ¿te acuerdas? El día que hicimos los waffles y nos llenamos de harina? Te dije que tenías que ser la mejor chef del mundo. Y ahora tienes la puerta abierta para lograrlo. No te quedes aquí por mí. Por favor.

—Pero estaré tan lejos… —se me rompió la voz, y las lágrimas me salieron sin poder detenerlas—. ¿Y si te pasa algo? ¿Si me necesitas y no llego a tiempo?

—Nada me va a pasar —me dijo, con esa seguridad que solo ella tenía—. Yo estaré aquí, cuidándome mucho, esperándote. Y no estaremos lejos del todo, ¿recuerdas? Tenemos el teléfono, las videollamadas, los audios. Te voy a mandar cada mañana un mensaje para que sepas que me desperté bien. Tú me vas a contar cómo son las calles de Berlín, qué ingredientes raros encuentras, qué platos aprendes a hacer. Estaremos juntas las veinticuatro horas del día, aunque estemos a miles de kilómetros. ¿Me prometes que lo harás? ¿Que te irás, y estudiarás, y serás feliz por las dos?

Miré a mis papás: mamá lloraba en silencio, asintiendo con la cabeza, y papá se secó una lágrima con la manga de la camisa, intentando disimular. Miré luego a Rosa, y vi que no me iba a dejar decir que no. Vi en sus ojos todo lo que ella no podía vivir, y todo lo que quería que yo sí viviera.

Así que asentí, y la abracé tan fuerte como me atreví, temiendo hacerle daño, queriendo meterla en mi maleta para llevármela conmigo:

—Lo haré. Me iré. Y cocinaré cosas maravillosas, y te las describiré hasta que sepas exactamente a qué saben. Y cuando vuelva, te prepararé el mejor plato que hayas probado en tu vida. Te lo prometo.

Ella me devolvió el abrazo, y escuché su respiración suave al oído, antes de decirme muy bajito:

—Te amo, Camila. Más de lo que las palabras pueden decir.

—Te amo, Rosa —respondí, y sentí que el corazón se me partía en dos, y al mismo tiempo se llenaba de una fuerza que no sabía que tenía—. Siempre seremos nosotras contra el mundo.

Esa noche no dormimos. Nos quedamos acostadas juntas en su cama, muy apretadas, escuchando el zumbido de su máquina, planeando los dos años que vendrían: qué lugares visitaría, qué postres le traería de regreso, cómo decoraríamos la cocina cuando abriéramos nuestro propio lugar. Y aunque la distancia nos esperaba, y el miedo me apretaba el pecho, sabía que ninguna frontera, ningún kilómetro, nada en absoluto podría separarnos. Porque Rosa no estaba solo en esa casa, en esa cama, en esa ciudad. Estaba en cada receta que aprendiera, en cada sabor que descubriera, en cada paso que diera. Estaba conmigo, siempre.

 

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