Angélica Almira Gallardo lo tenía todo: juventud, belleza, una empresa que construyó desde cero y un matrimonio que creía perfecto. Pero una noche, un rastro de besos ajenos en el cuerpo de su esposo le reveló una verdad devastadora: Diego no solo la engañaba con otra mujer, sino que toda su familia política conspiraba para arrebatarle su fortuna, su empresa y su hogar.
Embarazada de cinco meses y con el corazón destrozado, Angie decide no quebrarse. En lugar de lágrimas, elige venganza. Congela cuentas bancarias, retoma el control de su compañía y empieza a desmontar, pieza por pieza, la red de mentiras que la rodea. Pero la vida le reserva un giro que jamás imaginó: descubrir que el hombre que lleva diez años amándola en silencio duerme bajo el mismo techo... y es el esposo de su cuñada.
Entre traiciones que cortan como cuchillos, secretos familiares que reescriben el pasado y un amor que desafía toda lógica, Angie deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para recuperar lo que le pertenece... y para abrirle la puerta a quien siempre debió estar a su lado.
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—¿Entonces tienen unos dos años? —preguntó Fabián, no muy convencido de que fuera viable.
—No. El auto que usa doña Ámbar es uno antiguo de mi familia. El que usa Diego era mi auto de la universidad. El que yo manejo es el que compré antes de casarme, o sea, hace apenas un año. A Gavin también le compré una moto deportiva para ir a la escuela —explicó Angie.
—Eres demasiado generosa, Angie. Y ellos solo se aprovechan de tu bondad —dijo Renata, a punto de echarse a llorar también.
—Amor, no llores. Yo jamás sería como Diego. Soy un hombre fiel a una sola mujer. Y mi familia nunca te usaría así —dijo Fabián, abrazando a su prometida.
—Más te vale. Si me engañas, te corto lo que más te importa —amenazó Renata.
Esa tarde, a pesar de tener el corazón destrozado, Angie regresó a casa con una sonrisa. Una sonrisa de amargura, pero firme.
—¿De dónde vienes, Angie? ¿Por qué no hay comida para el almuerzo? —reclamó Gina.
—Del hospital. Después pasé al salón de belleza —respondió Angie.
—O sea que andas de paseo mientras nosotras nos morimos de hambre.
—¿Morirse? ¿Cuándo se murieron? Si las estoy viendo paradas frente a mí, señora. Si tienen hambre, el refrigerador siempre está lleno de ingredientes. Pueden cocinar ustedes mismas, no dependan siempre de mí —replicó Angie, y se marchó dejando boquiabiertas a las dos aprovechadas.
—¿Qué le pasó, mamá? Está respondona, no es su estilo.
—Qué voy a saber. Ya, ven, Gina, cocina algo rico. Estoy muerta de hambre después de las compras de hoy. Compraste un montón, ¿no? Qué alegría: desde que Diego se casó con Angie, nuestra vida cambió. Antes ni soñábamos con ir de compras; todos los días comíamos arroz con frijoles y nada más. Menos mal que Angie es tan tonta que se deja despojar.
—Ya no más, señora. Porque mañana a primera hora voy a bloquear todas las tarjetas de crédito y débito —murmuró Angie desde detrás de la pared.
Angie caminó despacio hacia su habitación. Apenas eran las dos de la tarde, así que no había forma de que Diego llegara. Decidió que lo mejor era empezar a poner en orden todos los documentos importantes.
Después de bañarse y cambiarse de ropa, se puso a organizar y verificar uno por uno los certificados de propiedad de sus bienes: las escrituras de los autos, la moto, la casa, las acciones, los terrenos y la empresa.
No dejó nada sin revisar. Comprobó la autenticidad de cada documento con minuciosa atención.
Gracias a Dios, todo está intacto. Nada ha cambiado de nombre. Tengo que dárselo a Renata para que Fabián lo guarde a salvo en su despacho. Mejor la llamo ahora para que venga esta tarde a recoger los papeles, pensó.
Marcó el número de Renata.
—Renata, ven a mi casa a las tres de la tarde. Si te abre la puerta alguien que no sea yo, di que vienes a buscar tu celular que se nos confundió. Trae una bolsa grande, porque te voy a dar todos mis documentos importantes. Se los entregas a Fabián para que verifique la autenticidad y la validez legal. Quiero que esto se resuelva lo antes posible.
A las tres en punto, Renata llegó. Con su estilo glamuroso y elegante, tocó la puerta con porte.
—¿A quién buscas? —preguntó Gina, examinando a Renata de arriba abajo.
—¿Está Angie? Soy su amiga —dijo Renata con un tono deliberadamente altivo que hizo que Gina la mirara con recelo.
—Búscala en su cuarto —dijo Gina, y se fue.
Renata sonrió de medio lado y subió las escaleras en busca de la habitación de su amiga.
Toc, toc, toc.
—Angie, ya llegué. Ábreme rápido —susurró Renata.
El cerrojo sonó al abrirse.
—Entra. Ya tengo todo listo. No te quedes mucho tiempo para no levantar sospechas —dijo Angie.
—De acuerdo, mete todo en mi bolsa.
—No olvides decirle a Fabián que se apure. Antes de que se den cuenta —pidió Angie, mirándola con ojos suplicantes.
—Tranquila, todo va a estar bien. Lo importante es que cuides tu salud mental, tu cuerpo y a tu bebé. Recuerda: pase lo que pase, tu hijo no tiene la culpa de nada. No dudes en pedirnos ayuda a Fabián y a mí. No estás sola.
—Gracias. Ahora vete rápido. Inventa algo creíble si te preguntan por qué sales tan pronto.
—Déjamelo a mí, soy experta en eso.
Tal como esperaba, frente a la puerta de la habitación de Angie ya estaban plantadas dos figuras que daban más miedo que una aparición.
—¿Y ustedes qué hacen paradas frente al cuarto de Angie? ¿Iban a tocarle? —preguntó Renata haciéndose la inocente.
—No, solo pasábamos por aquí. ¿Ya te vas? Qué rápido —dijo doña Ámbar, muerta de curiosidad.
—Sí, señora, solo vine por mi celular que se nos confundió. Tengo que irme porque mi prometido viene a visitarme. Discúlpenme, las dejo —se excusó Renata.
Bajó las escaleras casi corriendo. La verdad es que estar frente a esas dos era como enfrentarse a un par de zombis.
¡Dios mío! Son terroríficas. ¿Cómo hace Angie para vivir con ellas? Tengo que ver a Fabián ya. Renata arrancó el auto a toda velocidad, dejando atrás aquella casa que más parecía una guarida de monstruos.
—¿Y ustedes qué hacen aquí?
Angie salió de su cuarto con ropa ligera y provocativa, aprovechando que Diego no estaba.
—¿A dónde vas vestida como una cualquiera? —escupió Gina, mirándola con desdén.
—Ah, solo voy a cocinar. ¿Tiene algo de malo mi ropa? Me parece perfectamente apropiada para estar en mi casa.
—¿Y qué es lo que quieres enseñar con esa facha? Angie, creo que deberías cambiarte. Además, Diego y Gavin están por llegar.
—No veo el problema de que me vean así. Al fin y al cabo, somos familia. Oye, Gina, ¿todavía se me ve atractiva?
—Aunque esté embarazada, yo cuido mi figura con ejercicio. Estoy segura de que Diego siempre va a estar loco por mí; es imposible que busque a otra mujer —dijo Angie con un tono que iba directo a Gina, que tenía un cuerpo de señora sin haber estado embarazada jamás. Gina no sabía cuidarse: aquella mujer de treinta años gastaba el dinero de Angie en bolsas, ropa, zapatos y joyas, pero se olvidaba de pisar un salón de belleza. Y, por alguna razón, Angie nunca había percibido armonía en el matrimonio de su cuñada. Adrián y Gina siempre parecían mantener distancia el uno del otro.
La noche dio paso a la mañana. Angie despertó con una sonrisa amarga al ver que el lado de la cama junto a ella seguía frío. Diego no había vuelto a dormir. Ese día, Angie no tenía intención de cocinar para los parásitos. Se preparó comida solo para ella: un arroz frito con mariscos especial.
—¿Cómo que solo arroz frito? ¿Y solo un plato? —preguntó doña Ámbar, acercándose.
—Sí, señora, perdone, estoy sin fuerzas y solo pude cocinar para mí —dijo Angie sin dejar de comer.
—Aparte, Diego no vino a dormir anoche. Se me fueron las ganas de cocinar. Si usted y los demás tienen hambre, el refrigerador está lleno; pueden hacerse algo ustedes mismos.
—¿Usted sabe a dónde fue Diego? Es que no me contesta el celular y no me avisó que no vendría —dijo Angie, y la pregunta puso nerviosa a doña Ámbar. Diego le había dicho que pasaría la noche con Sami, que estaba muy demandante por su embarazo. Doña Ámbar, por supuesto, lo aprobó: Sami era una inversión valiosa.
—Ah, señora, necesito las llaves del auto. Lo voy a vender porque ya está viejo —dijo Angie con total naturalidad.
Doña Ámbar pegó un grito de indignación.
—¡Ni se te ocurra vender ese auto! ¿Y en qué voy a ir a mis reuniones sociales?
—Tranquilícese, no se enoje antes de tiempo. Se lo voy a reponer.
—Es un procedimiento normal del dueño de una empresa: renovar los vehículos. Se venden los viejos y se compran nuevos. Le voy a conseguir uno mejor, así que quédese tranquila.
—Ah, ¿es eso? Qué susto me diste. Espérame, voy por las llaves —dijo doña Ámbar con una enorme sonrisa.
—Señora, ¡traiga también los documentos del vehículo! —gritó Angie.
Esa misma mañana, un enviado de la concesionaria llegó a recoger los dos autos que Angie pondría a la venta. Sí, su adorado deportivo también tuvo que irse. De todas formas, estando embarazada le daba miedo manejar sola.
Angie siguió al enviado de Fabián, pero no fueron a la concesionaria: pidió que la dejaran en un banco para realizar los bloqueos de las tarjetas.
no no vi el amor de pareja Xime quiero un esclavo por Dios