En su primera vida, ella muere de una enfermedad. Pero renace en un mundo nuevo, con posibilidades mágicas de cambiar su destino.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Magia 2
Después de aquellos cuatro años de intensa preparación, los maestros del templo llegaron a la misma conclusión.
Lila estaba lista.
Aún le quedaba mucho por aprender.
Pero ya poseía el conocimiento, el control del maná y, sobre todo, la madurez necesaria para acompañar a los magos de sanación en misiones fuera del templo.
La primera vez que Mohys le entregó una pequeña credencial de aprendiz avanzada, Lila la sostuvo con ambas manos.
—¿De verdad puedo salir?
Preguntó con una mezcla de ilusión y nervios.
Mohys sonrió.
—No irás sola. Siempre estarás acompañada por un mago con experiencia. Pero ya es momento de que conozcas el mundo fuera de estas paredes.
Lila inclinó la cabeza.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Los meses siguientes estuvieron llenos de pequeños viajes.
No eran grandes aventuras.
Ni peligrosas expediciones.
Eran labores sencillas.
Pero profundamente importantes.
Algunas mañanas acompañaba a una anciana sanadora hasta un pequeño orfanato situado a las afueras de una ciudad.
Los niños corrían apenas los veían llegar.
—¡Llegaron los magos!
—¡La hermana Lila vino!
Ella siempre llevaba algo escondido entre los bolsillos de su túnica.
A veces pequeños caramelos de miel.
Otras veces cintas de colores para las niñas.
O pequeños juguetes de madera comprados durante sus viajes.
Mientras el mago principal revisaba a los niños enfermos, Lila se sentaba junto a ellos.
Les limpiaba pequeñas heridas.
Les cambiaba vendajes.
Y les hablaba con una voz tan tranquila que incluso los más asustados terminaban sonriendo.
—¿Duele?
Preguntaba un niño con lágrimas en los ojos.
Lila sonreía con dulzura.
—Un poquito. Pero prometo hacerlo con mucho cuidado.
Siempre cumplía su palabra.
En otra ocasión fueron llamados a una pequeña aldea.
Una mujer estaba dando a luz.
La partera había hecho todo lo posible.
Pero el parto se había complicado.
Lila permaneció junto a la madre durante horas.
Le sostenía la mano.
Le secaba el sudor de la frente.
Le hablaba con calma cada vez que el miedo aparecía en sus ojos.
—Lo estás haciendo muy bien.
Respira conmigo.
Una vez más.
Eso es.
Muy bien.
Mientras el mago mayor utilizaba hechizos de apoyo, Lila no dejó sola a la mujer ni un instante.
Cuando finalmente se escuchó el llanto del bebé, las lágrimas llenaron los ojos de la madre.
Lila también sonrió emocionada.
Cada nacimiento seguía pareciéndole un pequeño milagro.
Quizá porque en su vida anterior había pasado demasiado tiempo viendo personas despedirse de este mundo.
Ahora podía presenciar el comienzo de una nueva vida.
Y aquello llenaba su corazón.
En otra oportunidad fueron invitados a la residencia de un noble anciano.
El hombre sufría fuertes dolores en las articulaciones.
No existía una cura definitiva.
Pero los tratamientos mágicos aliviaban considerablemente sus molestias.
Mientras el mago principal realizaba el procedimiento, Lila conversaba con el anciano.
No hablaban de enfermedades.
Ni de magia.
Hablaban de flores.
De libros.
Del jardín que el hombre ya no podía cuidar por sí mismo.
—Antes plantaba rosas todas las primaveras.
Comentó él con nostalgia.
Lila escuchó atentamente.
Al terminar el tratamiento, antes de marcharse, salió unos minutos al jardín.
Con mucho cuidado podó algunas ramas secas.
Regó las plantas.
Y acomodó varias macetas que el viento había derribado.
No era parte de su trabajo.
Simplemente quiso hacerlo.
Cuando el anciano la vio desde la ventana, sonrió con emoción.
—Gracias, pequeña.
Ella respondió con la misma dulzura de siempre.
—Espero que la próxima primavera pueda verlas florecer.
Viaje tras viaje...
Pueblo tras pueblo...
Lila fue descubriendo que sanar no siempre significaba utilizar magia.
A veces era escuchar.
Otras era acompañar.
En ocasiones bastaba con sostener una mano.
O permanecer en silencio junto a alguien que tenía miedo.
Eso la convirtió en una sanadora diferente.
Nunca trataba únicamente la enfermedad.
También intentaba aliviar la soledad.
El miedo.
La incertidumbre.
Los demás magos comenzaron a notarlo.
Una tarde, mientras regresaban al templo en un carruaje, uno de los sanadores mayores sonrió.
—Es curioso.
Lila levantó la vista del libro que estaba leyendo.
—¿Qué ocurre?
—Cuando llegamos a un lugar, los pacientes primero buscan al mago encargado.
Hizo una breve pausa.
—Pero cuando nos marchamos...
Siempre terminan despidiéndose primero de ti.
Lila abrió un poco los ojos.
—¿De mí?
El hombre asintió.
—Porque los haces sentir escuchados.
Ella permaneció unos segundos en silencio.
Nunca había pensado en ello.
Simplemente hacía lo que le parecía natural.
[Quizá...]
[Sea porque alguna vez yo también fui paciente.]
[Recuerdo lo mucho que significaba que alguien me hablara con cariño.]
Sin darse cuenta, aquellas experiencias comenzaron a hacerse conocidas.
En algunos pueblos ya la esperaban.
Los niños corrían apenas distinguían la túnica celeste del templo.
Los ancianos preguntaban por "Lila, la de los ojos violetas".
Las madres sonreían al verla entrar en sus hogares.
No era la maga más poderosa.
Ni la más famosa.
Pero su nombre empezaba a asociarse con algo muy valioso.
Esperanza.
Y cada vez que alguien le agradecía con lágrimas en los ojos, Lila respondía exactamente igual.
Con una sonrisa cálida.
Como si ayudar a los demás no fuera un sacrificio, sino el mayor privilegio que aquella segunda vida podía ofrecerle.
Al parecer es ella su única medicina y creo que no la. dejara ir tan fácilmente