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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 16: El día de la prueba

El sol entraba con fuerza por los ventanales cuando Yoselin acomodó todo sobre la mesa de pruebas: el vestido que había cosido puntada a puntada, las joyas pulidas hasta el más mínimo detalle, y aquellos zapatos que había buscado con tanta dedicación hasta encontrar el tono y la textura perfectos. Revisó por última vez que nada estuviera arrugado, que ninguna piedra estuviera floja, igual que había hecho durante los cinco días de preparación: no podía permitirse descuidar nada ahora que todo estaba a punto de revelarse.

Poco después llegaron la señora Elizondo y, para sorpresa de Yoselin, Alejandro Varela caminaba unos pasos detrás de ella. No llevaba carpetas ni documentos; venía simplemente a observar, con esa expresión impasible que ya conocía bien, pero con la mirada más atenta de lo habitual. Se detuvo en un rincón, sin interrumpir, como si quisiera ver cómo reaccionaba la clienta sin que su presencia influyera en nada.

—Adelante —dijo Yoselin con voz tranquila, señalando el vestidor—. Cuando se lo ponga, veremos cómo cae y qué ajustes necesitamos.

Minutos después la señora Elizondo salió. El vestido se adaptaba a su cuerpo como si hubiera nacido con él: el escote asimétrico realzaba su postura sin marcar nada de más, la tela caía suavemente hasta el tobillo y al dar un paso, los pliegues se movían con ella, ligera y elegante. Al ponerse el collar y los aretes, las piedras captaron la luz y revelaron esos matices azul grisáceo que solo aparecían al moverse, discretos pero inconfundibles. Y al ver los zapatos, sonrió: combinaban tan bien que parecían formar parte del mismo diseño.

—Es... increíble —dijo la mujer, girándose despacio frente al espejo—. Me siento yo misma, pero más segura, más fuerte. Es exactamente lo que pedí: nada que se parezca a lo de los demás, solo mío.

Pero Yoselin no se conformó con el elogio. Se acercó al espejo y señaló con cuidado un pequeño detalle:

—La falda queda perfecta, pero si le acortamos un centímetro del lado izquierdo, se verá mejor al subir escaleras —explicó—. Y la pulsera la moveré un poco más arriba, para que no choque con el borde de la manga cuando escriba o salude. Son cambios muy pequeños, pero harán que te sientas mucho más cómoda.

La clienta asintió encantada, y mientras Yoselin tomaba las medidas para los ajustes, notó que Alejandro se había acercado. No miraba los bocetos ni las notas: miraba cómo ella explicaba cada modificación, cómo conocía al dedillo cada centímetro de lo que había creado, y cómo buscaba mejorar incluso cuando ya todo parecía perfecto.

—No sueles aceptar que nada quede bien del todo hasta que encaja al cien por ciento —dijo él de repente, en voz baja para que solo ella lo oyera—. Es la misma exigencia que yo pido, aunque la llames diferente.

Era lo más cercano a un reconocimiento que había salido de su boca. Yoselin alzó la vista y encontró sus ojos oscuros fijos en ella, sin frialdad ni duda, solo con una curiosidad que ya no intentaba ocultar.

—Si no cuidamos los detalles pequeños —respondió ella suavemente—, nunca se logra lo grande.

Alejandro asintió levemente y se apartó, pero ya no se quedó en el rincón como un observador lejano. Esa prueba no solo había dado el visto bueno de la clienta: también había demostrado que todo el trabajo minucioso de los días anteriores no era capricho, sino excelencia. Y por primera vez, Yoselin sintió que ya no tenía que demostrarle nada más: él ya lo había visto.

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