Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 21: El Dolor de la Pérdida
El silencio que cayó sobre la galería del Castillo de Ceniza era tan denso que casi podía cortarse con una daga. Las palabras de Valerius todavía resonaban en las paredes de piedra gótica, vibrando con una promesa de muerte tan real que los pocos guardias que se atrevían a mirar contuvieron el aliento. El Rey Hereje no amenazaba en vano; cada milímetro de su imponente cuerpo de dos metros desbordaba un aura oscura, un torbellino de sombras líquidas que arañaban el suelo, listas para destrozar al invasor.
Frente a él, el Alfa Logan se sentía acorralado. La humillación le quemaba la garganta como ácido. Él, el líder de los Colmillos de Plata, el hombre que dictaba la vida y la muerte en su territorio, estaba reducido a nada en la corte de un bastardo. Ver a Astra —su antigua Omega, la mujer que había desterrado al bosque para que muriera en la indigencia— radiante, envuelta en sedas oscuras que acentuaban sus curvas divinas y con una mirada de plata que destilaba un desprecio absoluto, terminó por romper los últimos rastros de su cordura.
Su mirada se desvió un segundo hacia Irina, que yacía en el suelo semiinconsciente, humillada y sangrando tras el castigo que Astra le había propinado. El contraste era doloroso: Irina parecía una piltrafa rota, mientras que Astra brillaba con el aura majestuosa de una verdadera deidad.
El ego herido de Logan y la desesperación por su propia debilidad física estallaron en una última y peligrosa locura.
—Tú eres mía —siseó Logan, con los dientes apretados y las venas del cuello infladas por el esfuerzo— ¡Fui yo quien te marcó! ¡Fui yo quien te dio un lugar! ¡No te permitiré que te revuelques con este monstruo!
Ignorando el peligro mortal que representaba Valerius, Logan reunió los últimos remanentes de su energía Alpha. Su pecho se infló y, de lo más profundo de sus pulmones corruptos, liberó la Voz de Alpha Suprema. Era una frecuencia mística, una onda de choque psicológica diseñada para someter a cualquier subordinado, para doblegar voluntades y aplastar la rebelión.
—¡Póstrate y regresa con tu dueño! —rugió Logan.
La orden mental golpeó el aire como un látigo invisible, expandiéndose por la galería. Los guardias licántropos de la periferia cayeron de rodillas de inmediato, tapándose los oídos por la brutal presión de mando. El ataque iba dirigido directamente al centro del pecho de Astra, buscando reactivar la antigua sumisión que ella le debía cuando era una simple Omega indefensa.
Por un microsegundo, el mundo pareció detenerse.
Valerius dio un paso al frente, con las garras extendidas y un rugido de furia salvaje brotando de su pecho, listo para decapitar al Alfa por osar usar su voz contra su mujer. Pero antes de que el híbrido pudiera tocarlo, Astra levantó una mano, deteniéndolo.
Ella no necesitaba ser salvada. Ya no.
La orden mística de Logan impactó contra la mente de Astra, pero en lugar de encontrar una mente sumisa y rota, chocó contra una muralla de fuego plateado. En su interior, la loba del eclipse despertó, irguiéndose sobre sus patas traseras. No sintió miedo; sintió un asco tan puro y viscoso que la hizo sonreír con frialdad.
Astra dio un paso firme hacia adelante. El suelo bajo sus botas pareció emitir un destello de luz lunar.
—¿Tu dueño? —preguntó Astra, con una voz que no era humana, sino una vibración celestial que hizo temblar las lámparas de cristal del techo.
Liberando su aura plateada por completo, Astra localizó el canal psíquico residual que Logan había intentado forzar. Era un hilo podrido, un vínculo agonizante que el Alfa aún pretendía usar para encadenarla. Con los ojos transformados en dos espejos de plata sólida, Astra extendió su mente y atrapó ese hilo espiritual.
Con un movimiento mental implacable, frío y desprovisto de cualquier pizca de piedad, lo aplastó como si fuera un insecto.
¡CRACK!
El sonido no fue físico, sino un eco espiritual que resonó en las almas de todos los presentes. La desconexión del último lazo psicológico fue tan violenta, tan absoluta, que el efecto de retroceso golpeó a Logan con la fuerza de un rayo cataclísmico.
El Alfa interrumpió su rugido de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, inyectados en sangre, mientras sus manos viajaban a su propio pecho como si intentaran detener un desgarro interno. Cayó de rodillas violentamente, fracturando las baldosas de mármol bajo su peso.
—¡¡¡AAAAAHHHH!!! —un alarido de agonía pura, un aullido que no pertenecía a un hombre, sino a una bestia siendo desollada viva, escapó de su garganta.
Logan se dobló hacia adelante y vomitó una gran bocanada de sangre negra, espesa y corrupta, que manchó el suelo gótico. Su loba interna, atrapada en su pecho, aullaba de dolor insoportable. Al romper el vínculo de esa manera, habiendo sido tocada por la energía de la Luna Primordial, la biología de Logan comenzó a colapsar. El karma místico del rechazo finalmente le había cobrado la factura definitiva: su estatus de Alpha se estaba desmoronando, y su propia magia comenzaba a pudrirse desde adentro.
Deshonrado, temblando de pies a cabeza y con la respiración entrecortada, Logan comprendió que si se quedaba un segundo más, moriría allí mismo. Con los ojos llenos de un terror salvaje que jamás pensó sentir hacia Astra, se arrastró por el suelo, tomó a una Irina medio muerta por los cabellos y, usando sus últimas fuerzas, huyó por las escaleras de la galería como un perro apaleado, dejando un rastro de sangre negra a su paso.
Las pesadas puertas de roble y hierro de la galería se cerraron de golpe, sellando el área.
En ese mismo instante, la adrenalina que había mantenido firme a Astra comenzó a evaporarse. El esfuerzo místico de aplastar la Voz de un Alpha Suprema y purgar el lazo residual le pasó factura a su cuerpo físico. Su visión se nubló ligeramente y sus piernas, de repente, se sintieron como gelatina.
Astra se tambaleó, perdiendo el equilibrio.
Antes de que sus rodillas tocaran el suelo, un par de brazos colosales, firmes como el acero y cálidos como el fuego, la atraparon en el aire. Valerius la rodeó, pegando el cuerpo de la joven contra su ancho y sólido pecho. Su olor a tormenta, ceniza y menta la envolvió por completo, devolviéndole el aire a sus pulmones.
Astra levantó la mirada, parpadeando para enfocar el rostro de su protector. Lo que vio la hizo estremecer, pero no de miedo, sino de una anticipación que le encendió la piel.
Los ojos dorados de Valerius se habían oscurecido por completo. Las pupilas estaban tan dilatadas que casi borraban el iris, transformadas en dos pozos de un deseo posesivo e incontrolable. La mandíbula del Hereje estaba tensa, y sus colmillos rozaban sutilmente su labio inferior. La visión de Astra reclamando su poder y destruyendo a su pasado lo había vuelto loco de lujuria y orgullo territorial.
Sin decir una palabra, Valerius la cargó estilo nupcial, acomodándola contra su pecho con una facilidad pasmosa. Sus sombras familiares emergieron del suelo, envolviéndolos como una capa protectora mientras él comenzaba a caminar con pasos largos y depredadores hacia sus aposentos reales.
Se inclinó ligeramente, rozando con sus labios la oreja de Astra, provocándole un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, mientras siseaba con una voz ronca, cargada de una devoción peligrosa:
—Es hora de estabilizar tu poder en mi cama.