**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.
Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.
Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.
Y también a él.
Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.
Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.
Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.
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Capítulo 10: El primer movimiento
La llamada duró ocho minutos.
El investigador no hizo preguntas innecesarias, que era exactamente el motivo por el que cobraba lo que cobraba. Manuela le dio nombres, fechas, el nombre del médico que había firmado el certificado de defunción, y la dirección de la farmacia del pueblo donde alguien había comprado algo en dosis pequeñas durante seis meses consecutivos.
—Discreción total —dijo Manuela.
—Para eso me paga —dijo él.
—No. Me paga para que encuentre lo que necesito. La discreción es condición de existencia, no servicio adicional.
—En dos semanas tengo un primer reporte.
—Tiene diez días —dijo Manuela, y colgó.
El rancho amaneció mal.
Fue el capataz el que tocó a la puerta del estudio a las siete de la mañana con el sombrero en la mano.
—Señorita Manuela. Hay un problema en el potrero norte.
—¿Qué clase de problema?
—Las vacas. Tres están caídas. Dos más andan mal. El veterinario dice que parece envenenamiento.
Cinco vacas. De las dieciocho que quedaban después de tres años de administración Ernesto.
—Llame al veterinario de Damián Cortés —dijo Manuela—. No al del pueblo. Al de Cortés. Y que los análisis queden documentados con fecha, hora y firma. Todo.
Valentina había dado la orden la noche anterior.
—Las vacas —había dicho.
Ernesto la miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Cuántas?
—Las suficientes para que entienda que este rancho se le va a caer encima haga lo que haga. Que pierda la esperanza antes de que se le ocurra tenerla. Es más fácil sacar a alguien que ya se rindió.
—¿Y si el veterinario detecta el compuesto?
—Entonces fue un accidente. Para eso eres el administrador.
Ernesto asintió. Valentina terminó su té y se fue a dormir.
El veterinario era parco y no hacía promesas que no pudiera cumplir.
—¿Podría ser accidental? —preguntó Manuela.
La miró con la expresión de alguien que lleva treinta años en esto.
—Podría. Los animales a veces ingieren plantas tóxicas. Pero estas vacas llevan años en ese potrero y el pasto no cambió.
—Quiero el reporte por escrito.
De regreso en su cuarto, cerró la puerta con llave y marcó.
Ana contestó al primer timbre.
—¿Cómo están? —fue lo primero que dijo Manuela.
—Dormidos todavía. Lucas tosió un poco anoche pero ya está bien. Lucía preguntó cuándo vuelves.
—Dile que pronto. —Pausa—. Ana, necesito que actives el protocolo que hablamos.
—¿Cuánto?
—Lo que el rancho necesita para operar seis meses. Que salga como inversión de un fondo externo. Sin nombre, sin rastro que llegue a mí. Si alguien investiga, que encuentre tres capas de intermediarios antes de tocar algo que me identifique.
—Dame diez días.
—Tienes ocho. —Pausa—. Y Ana. Nadie sabe que soy madre. Nadie. Ni el pueblo, ni la gente del rancho, ni el hombre que me tiene hipotecado el manantial, ni el ex novio que ronda el lugar con cara de perro perdido. Los niños no existen para nadie que esté en mi vida aquí. ¿Entendido?
—Entendido.
—Si Diego Vargas te contacta por cualquier medio, no contestas. Si pregunta por mí, no sabes nada. Si pregunta por ellos, no sabes nada y me llamas inmediatamente.
—¿Está preguntando?
—Todavía no. Pero va a preguntar.
—¿Algo más?
—Sí. Abraza a los niños cuando se despierten. Y no les digas que llamé porque Lucía va a querer hablar dos horas y tengo un rancho que salvar.
—Ya los abrazo yo —dijo Ana—. ¿Cómo estás tú?
—Estoy bien.
—Eso no te lo pregunté.
—Estoy funcional. Que en este momento es suficiente.
Colgó.
Afuera el veterinario seguía en el potrero norte. Dos vacas no iban a recuperarse. Ernesto había movido rápido, había que reconocérselo.
Manuela abrió su libreta y tachó el primer punto de la lista.
Era su turno.