Ella no debía cruzarse en su camino.
Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.
Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.
Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.
Desde esa noche, se convirtió en otra persona.
El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.
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34
*LEON NARRANDO*
No la solté.
Ni cuando Marco llegó con los hombres a limpiar la finca. Ni cuando Dievo entró a la habitación y vio lo que había quedado de Giovanni Marinho en el piso y salió sin decir una palabra. Ni cuando el médico que llamé entró y dijo que el sedante era potente pero temporal, que el cuerpo de ella volvería gradualmente, que estaba bien físicamente.
Físicamente.
Me quedé con ella en brazos toda la noche sentado en la orilla de esa cama de finca con la sábana enrollada en ella porque yo me había quitado el saco y se lo había puesto encima del cuerpo antes de que cualquier otro hombre entrara a esa habitación y ella estaba consciente y yo no iba a dejar que nadie la viera así.
Nadie.
Ella lo veía todo. Eso lo sabía —sus ojos se movían, me seguían cuando yo me movía, parpadeaban cuando le hablaba. Estaba entera ahí dentro, atrapada en un cuerpo que todavía no respondía, y eso era el tipo de cosa que no podía dejar que se asentara del todo dentro de mí porque si lo dejaba iba a necesitar salir y destruir algo más y ella necesitaba que yo me quedara.
Entonces me quedé.
Le hablé porque el silencio se sentía incorrecto en ese momento.
—Rastreé el anillo. —Dije en voz baja, mirando al frente, con ella recargada en mi pecho. —Le puse un rastreador al metal cuando lo mandé hacer. No te avisé. Debí haberte avisado. —Pausa. —Debí haber hecho muchas cosas diferente.
Ella parpadeó.
—Enzo está bien. Lo encontramos en la cabaña —Giovanni lo dejó encadenado, pero está bien. Encabronado como la chingada pero bien.
Otro parpadeo.
—Antonio Marinho va a tener que responder por su hijo. —Dije más para mí que para ella. —La familia entera va a tener que responder. Pero eso es mañana. Hoy no hay famiglia, no hay mafia, no hay nada.
Bajé la mirada hacia ella.
—Solo tú.
Sus ojos estaban abiertos y húmedos y me miraban de una manera que no iba a poder describir si lo intentara —no era miedo, no era rabia, era esa cosa que yo había aprendido a reconocer en las últimas semanas aunque intentara no reconocerla.
Puse la mano en su rostro con el cuidado que no le reservaba a nada en la vida y que había aprendido en los últimos meses que ella merecía más que cualquier cosa que yo hubiera protegido hasta entonces.
—Llegué tarde. —Dije. —Y voy a cargar con eso.
Ella parpadeó una sola vez.
Lento.
Como quien dice no hace falta.
Me quedé mirándola un momento y después la jalé más cerca y me quedé así —con ella en brazos, su respiración en mi cuello, la habitación en silencio con mis hombres trabajando afuera borrando los rastros de esa noche.
Fueron horas.
No las medí.
Fue cuando el sol ya empezaba a clarear por la ventana pequeña que lo sentí.
Sus dedos.
Primero un movimiento mínimo —esa contracción de quien está probando si el cuerpo regresó. Después otro. Después la mano entera que fue cerrándose despacio, con esfuerzo visible, hasta agarrar el frente de mi camisa con una fuerza que no era mucha pero que era todo lo que ella tenía en ese momento.
Apretó.
No soltó.
Miré hacia abajo.
Ella me estaba mirando de vuelta con esos ojos que no necesitaban palabras para decir lo que estaban diciendo.
Cubrí su mano con la mía.
—Aquí estoy. —Dije.
Y me quedé.
....