Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
Pero un veneno en su cuerpo, la hace perder completamente la vida y reencarnar en el cuerpo de una sirvienta de su propio palacio.
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Capítulo 15
La risa de Malakor resonó en las paredes de piedra, un sonido profundo y magnético que llenó el comedor con una energía abrumadora. Lejos de enojarse o intimidarse por la audacia de su respuesta, el rey de Asgardia la observaba como un depredador que acaba de descubrir que su supuesta presa tiene garras capaces de desgarrarlo.
—Por los dioses... —murmuró el rey, negando con la cabeza mientras una sonrisa salvaje e indomable se dibujaba en su rostro—. Empiezo a creer que el invierno de Valaria te crió con más veneno del que aparentas, princesa.
Isabela no se relajó ni un solo milímetro. Mantuvo la postura recta, el rostro inexpresivo y la mirada fija en él, demostrando que cada una de sus palabras iba en serio.
—No subestimes lo que una mujer abandonada a su suerte es capaz de hacer para sobrevivir, Malakor —respondió ella con voz cortante, tomando la copa de vino que tenía frente a ella y bebiendo un sorbo pequeño, evaluando el sabor amargo y especiado—. Si tu trono cree que puede devorarme, tendrá indigestión.
Malakor se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, con la mirada ámbar brillando con una intensidad febril. El aire entre ambos volvía a cargarse de esa electricidad densa, un tira y afloja constante donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el control.
—Me gusta cómo suena eso —susurró el rey con un tono ronco y deliberadamente provocador—. Una reina que muerde cuando intentan doblegarla. Eso es exactamente lo que Asgardia necesita... y exactamente lo que me va a entretener durante el resto de mis días.
Antes de que Isabela pudiera responder a su provocación con algún comentario mordaz, Malakor se puso de pie con un movimiento fluido y pesado. Su imponente figura ensombreció la mesa, y con una seña rápida de su mano, dio por concluida la tregua de la cena.
—El banquete terminó, fiera del norte —anunció el rey con autoridad, dando la vuelta para caminar hacia la entrada que conectaba con los aposentos privados—. Tenemos asuntos que atender, y la noche apenas comienza a calentar.
Isabela se puso de pie con la misma rapidez, sin estar dispuesta a permitir que él marcara el paso todo el tiempo.
—No te muevas tan rápido, rey dragón —espetó ella, alcanzándolo antes de que cruzara el umbral del comedor—. Si vas a arrastrarme a tus "asuntos", al menos ten la decencia de decirme a dónde demonios vamos. No soy una de tus mascotas para que me lleves a remolque.
Malakor se detuvo en seco y giró el rostro hacia ella. Una chispa de diversión cruzó por sus ojos ámbar al verla plantada frente a él, con los brazos cruzados y el ceño fruncido en un gesto de absoluta desconfianza.
En lugar de enojarse por su tono desafiante, una sonrisa torcida curvó los labios del rey.
—No te llevaría a rastras ni aunque me lo suplicaras, princesa —respondió Malakor con voz ronca, extendiendo una mano firme para tomar la suya y obligarla a dar un paso al frente—. Y ya que tienes tanta curiosidad por saber de qué está hecho este imperio, ven conmigo. Es hora de que veas el verdadero corazón de Asgardia.
Sin darle oportunidad de replicar, Malakor la guió a través de un pasadizo estrecho y descendente que no conducía a los salones del trono ni a las habitaciones reales, sino hacia las profundidades de la montaña volcánica.
A medida que avanzaban, el aire se volvía notablemente más cálido, impregnado de un olor denso a azufre, ceniza y piedra caliente. Las antorchas de los muros dieron paso al resplandor natural de las paredes de obsidiana, donde vetas de lava fluían aletargadas como venas incandescentes. El sonido sordo y rítmico de un latido gigantesco comenzó a resonar en las paredes, haciendo vibrar el suelo bajo las botas de Isabela.
Tras cruzar un arco monumental custodiado por dos enormes estatuas de piedra con forma de dragón, llegaron a una inmensa caverna natural suspendida sobre un abismo de fuego vivo.
Isabela contuvo el aliento y se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par ante el espectáculo que se desplegó frente a ella.
En el centro exacto de la cámara, sobre un lecho de rocas volcánicas humeantes que irradiaban un calor sofocante, descansaba una nidada de enormes huevos de dragón. Eran gigantescos, de una textura áspera similar a la piedra tallada, pero surcados por líneas de color carmesí y dorado que pulsaban rítmicamente, como si respiraran al unísono. Alrededor de ellos, el aire temblaba por la intensidad de la temperatura.
—El nido real —murmuró Malakor, deteniéndose junto a ella y soltando su mano para observar la nidada con una mezcla de orgullo y profunda reverencia—. Están a punto de nacer.
Isabela sintió que el calor de la caverna la envolvía por completo, pero esta vez no era solo la temperatura del volcán lo que la hacía estremecerse, sino la abrumadora sensación de estar parada frente al origen mismo del poder de Asgardia.
—¿Por qué me traes aquí? —preguntó ella en un susurro involuntario, sin poder apartar la vista de los huevos que latían con fuerza en la oscuridad de la cueva—. Esto es sagrado para tu horda.
Malakor se giró hacia ella, y a la luz de las brasas, su mirada brillaba con una intensidad casi salvaje.
—Porque un rey no es nada sin su legado, Isabela —respondió el monarca con voz solemne, acercándose un poco más a su cuerpo—. Y una reina de Asgardia no solo sobrevive al fuego... aprende a proteger lo que nace de él. Acércate. Quiero ver si las bestias reconocen el pulso de la mujer que se atrevió a desafiarme.