Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.
NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 10: La Guerra del Termostato.
El otoño no llegó al apartamento 4B de forma gradual, con hojas secas cayendo poéticamente en el balcón o un viento suave anunciando el cambio de estación. Llegó un viernes a las dos de la mañana en forma de un frente frío traicionero que bajó la temperatura interior a doce grados centígrados.
Para Valeria, cuya circulación sanguínea parecía operar con la potencia de un motor de bajo consumo, doce grados equivalían a una prueba de supervivencia en la Antártida. Para Leo, cuyo cuerpo generaba un calor corporal digno de un horno de leña profesional, doce grados eran la temperatura perfecta para dormir profundamente sin sudar.
El conflicto estalló a las tres de la mañana.
Valeria se despertó tiritando, con la punta de la nariz congelada y las extremidades tullidas. Miró hacia su derecha: Leo dormía plácidamente plácido, destapado hasta la cintura, vistiendo solo un pantalón corto de algodón y expulsando un vapor tibio con cada respiración. La mitad del edredón pluma estaba hecho un rollo compacto debajo de su torso, atrapado como un botín de guerra.
Con un esfuerzo sobrehumano, Valeria se deslizó fuera de la cama, descalza sobre el piso de madera helada, y caminó en penumbras hacia el diminuto pasillo donde descansaba el termostato digital de la casa. Era una pequeña caja blanca con una pantalla azul brillante que marcaba unos austeros 18 °C.
Valeria presionó el botón de la flecha hacia arriba tres veces con determinación quirúrgica. Click. Click. Click. La pantalla parpadeó y fijó la meta en 23 °C. Un segundo después, el calefactor central emitió un suspiro metálico y comenzó a expulsar una brisa cálida y reconfortante. Valeria regresó a la cama, tiró del edredón para recuperar su mitad y se durmió con una sonrisa de victoria.
Noventa minutos después, la respuesta táctica de Leo fue despiadada.
Leo se despertó sofocado, sintiendo que había sido transportado a la cocina de su restaurante en pleno servicio de mediodía. Sudando por la frente, se levantó en automático, caminó a ciegas por el pasillo y, con el puño cerrado, presionó el botón hacia abajo hasta ajustar el termostato en 16 °C. No contento con eso, abrió dos centímetros la ventana de la sala para «dejar fluir el aire fresco».
A las siete de la mañana, la sala del apartamento 4B se había dividido en dos zonas climáticas bien diferenciadas.
Valeria estaba sentada en su escritorio de trabajo enfundada en una bata polar gruesa, calcetines de lana térmica que le llegaban a las rodillas, una bufanda enrollada en el cuello y sosteniendo entre las manos una taza de té hirviendo cuya columna de humo subía directo hacia el techo. Parecía una expedicionaria a punto de cruzar el Everest.
Leo, por su parte, andaba por la cocina en camiseta de tirantes y descalzo, preparando panqueques con una frescura envidiable, abriendo la puerta del balcón de par en par para «respirar la brisa mañanera».
—Leo, por el amor de Dios, cierra esa puerta —dijo Valeria, con los dientes castañeteando levemente mientras intentaba teclear en su computadora con guantes sin dedos.
—Val, la casa huele a cerrado y el ambiente está pesado —respondió él con la espátula en la mano, dejando entrar una ráfaga de aire helado que hizo volar dos hojas de la mesa de Valeria—. Hay que oxigenar los espacios. El aire estancado enferma.
—¡El aire helado me va a dar hipotermia! —exclamó ella, poniéndose de pie y caminando a pasos agigantados hacia el pasillo—. Puse el termostato a veintitrés grados anoche porque me estaba congelando y tú lo bajaste a dieciséis. ¿Intentas conservar mi cuerpo como si fuera una res en tu congelador del restaurante?
—¡Veintitrés grados es una sauna, Valeria! —protestó Leo, siguiéndola al pasillo—. A esa temperatura no se puede respirar, te despiertas con la boca seca y la cabeza latiendo. Además, subir el termostato tanto tiempo va a disparar la factura de la luz a niveles estratosféricos.
—Ah, ¿ahora te preocupas por las finanzas del hogar? —atacó ella, cruzándose de brazos mientras protegía el termostato con la espalda—. ¿El hombre que compra queso importado de cuarenta dólares el domingo se preocupa por tres kilovatios de calefacción?
—Ese queso era un placer gastronómico, esto es quemar dinero para convertir la casa en un trópico artificial —replicó él, apoyando una mano en la pared por encima del hombro de ella, intentando mirar la pantalla digital—. Si tienes frío, te pones un suéter más grueso o una manta. Es una regla básica de convivencia: el que tiene frío se abriga, el que tiene calor no puede quitarse la piel.
Valeria se giró sobre sus talones, encarándolo a centímetros de distancia.
—El problema es que tú te apoderas de todo el edredón por la noche, Leo. Te enrollas como un burrito de carne y me dejas la espalda descubierta. Si no me quitarlas la cobija, no tendría que encender la calefacción a las tres de la mañana.
Leo parpadeó, tomándose un segundo para procesar la acusación. Su expresión severa se ablandó apenas un milímetro, reemplazada por un destello de duda.
—¿Yo me enrollo en la cobija?
—Te enrollas, te giras y si intento tirar de una esquina, gruñes en sueños y la sujetas con la fuerza de un luchador olímpico —sentenció ella con precisión dramática—. Así que no es que tu cuerpo genere calor mágico, es que te quedas con toda la protección de la cama.
Leo miró la pantalla del termostato, luego miró la bata polar de Valeria, sus guantes sin dedos y la taza de té que temblaba levemente en sus manos. Por primera vez en la mañana, notó que los labios de su prometida tenían un leve matiz azulado.
Soltó un suspiro largo, rindiéndose.
—Está bien —dijo suavemente—. Ponlo en veinte.
—Veintiuno —negoció Valeria, sin bajar la guardia.
—Veinte punto cinco. Ni para la Antártida ni para el Sahara. Es el punto neutro de la diplomacia climática —propuso él, extendiendo la mano con seriedad.
Valeria miró la mano de Leo, luego la pantalla del termostato y finalmente cedió. Oprimió los botones hasta ajustar la cifra en 20.5 °C.
—Y hay una cláusula adicional —añadió ella, aceptando el apretón de manos—. Compramos una segunda manta individual para la cama hoy mismo. Una manta exclusiva para mí de la que no puedas apoderarte mientras duermes.
—Hecho —sonrió Leo, jalándola suavemente del brazo para envolverla en un abrazo apretado. Su cuerpo, como siempre, emitía un calor reconfortante que atravesó de inmediato las capas de lana de la bata de Valeria—. Y como disculpa oficial por la hipotermia, voy a traerte una plato de panqueques calientes con miel al escritorio.
Valeria apoyó la mejilla contra el pecho de él, sintiendo cómo la calidez regresaba gradualmente a sus manos.
—Acepto la compensación gastronómica —murmuró ella—. Pero la ventana de la sala se queda cerrada hasta el mediodía.
—Aceptado, mi pequeña pingüino.
Mientras Leo regresaba a la cocina y el calefactor emitía un murmullo suave al estabilizar la temperatura en 20.5 °C, Valeria entendió que la convivencia no consistía en encontrar la temperatura perfecta para uno solo, sino en aprender a negociar el clima en el que ambos pudieran sobrevivir sin congelar el amor ni sofocar la libertad.