Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 13: El hombre que no sonreía
La invitación llegó con tres días de anticipación.
La reunión sería en las oficinas principales de Devereaux Group, en el centro financiero de la ciudad. El objetivo era presentar la campaña de los comerciantes y conversar sobre una posible colaboración con el nuevo complejo comercial que la empresa estaba construyendo.
Mariana leyó el correo por teléfono mientras Valentina revisaba las notas.
—La reunión será con la directora de comunicaciones y dos personas del área de desarrollo —explicó—. No dice que Maximiliano Devereaux vaya a estar presente.
—Mejor —dijo Valentina, aunque no estaba segura de por qué esa posibilidad la inquietaba.
Mariana se rio.
—¿Te pone nerviosa el hombre más rico de la ciudad?
—Me ponen nerviosa las reuniones donde no sé qué esperan de mí.
—Entonces prepararemos respuestas para las preguntas que podrían hacerte.
Durante los días siguientes, repasaron la presentación varias veces. Valentina ajustó algunos ejemplos, agregó resultados iniciales de la campaña y preparó una propuesta para integrar a los comercios locales en las actividades del nuevo complejo.
No prometieron cifras que no podían garantizar. En lugar de eso, plantearon objetivos concretos: dar visibilidad a los negocios, presentar sus productos a nuevos clientes y crear actividades que conectaran el proyecto con la comunidad.
La mañana de la reunión, Amalia se encargó de los niños y Elvira le preparó a Valentina un almuerzo para llevar.
—No tienes que demostrar que perteneces a ese mundo —le dijo su madre mientras ella guardaba los documentos—. Solo presenta lo que sabes.
—No sé si pertenezco a ningún mundo ahora mismo.
Amalia le tomó las manos.
—Perteneces a esta familia. Lo demás lo irás descubriendo.
Valentina asintió. Antes de salir, miró la fotografía de Gabriel que tenía sobre una repisa. No le pidió que la acompañara ni que le diera una señal. Solo se quedó unos segundos en silencio y luego tomó su bolso.
Mariana la esperaba en la entrada del edificio. Las puertas de vidrio se alzaban sobre ellas, reflejando los autos y las personas que entraban y salían. En el vestíbulo, un mostrador de mármol y unas lámparas modernas daban la impresión de que todo estaba pensado para que nadie olvidara quién controlaba aquel lugar.
—Respira —le dijo Mariana.
—Estoy respirando.
—No. Estás aguantando el aire.
Valentina soltó una exhalación larga.
—Ahora sí.
El recepcionista les pidió identificarse y avisó que las estaban esperando. Una asistente las condujo hasta una sala de reuniones con paredes de vidrio y una mesa demasiado grande para cuatro personas.
Allí las recibieron Clara Montes, directora de comunicaciones, y dos ejecutivos de desarrollo. Clara fue cordial y directa. Les explicó que la empresa quería que el nuevo complejo tuviera una relación positiva con los comercios y habitantes de la zona.
—No queremos limitarnos a colocar publicidad en la calle —dijo—. Nos interesa crear una propuesta que la gente perciba como auténtica.
—Eso es lo que buscamos con la campaña —respondió Valentina—. No queremos utilizar a los comerciantes como decoración. Queremos que participen de verdad y que la iniciativa les resulte útil.
Uno de los ejecutivos revisó las diapositivas.
—¿Cómo se beneficiaría el complejo?
Valentina le explicó que una relación con los negocios locales podía atraer visitantes y aportar identidad al proyecto. También señaló que la comunidad estaba acostumbrada a sus comercios y que ignorarlos podría hacer que el nuevo centro pareciera ajeno al lugar.
Clara tomó algunas notas.
—¿Qué necesitarían para empezar?
Mariana empezó a explicar la propuesta, pero se detuvo cuando la puerta se abrió.
El hombre que entró vestía un traje oscuro perfectamente ajustado. Era muy alto, de hombros anchos y presencia imponente. No necesitó levantar la voz para que todos dejaran de hablar. Su rostro de rasgos definidos tenía una expresión seria, y su mirada recorrió la sala como si estuviera acostumbrado a evaluar todo lo que encontraba.
Valentina supo quién era antes de que Clara lo presentara.
—Señor Devereaux —dijo ella, poniéndose de pie—. No esperaba que se uniera a la reunión.
—Mi agenda cambió —respondió él—. ¿En qué punto están?
La forma en que lo dijo no parecía una pregunta. Más bien sonó como una orden para que retomaran la exposición desde el principio.
—Estábamos revisando la propuesta de colaboración con los comercios de la zona —contestó Clara—. Ellas prepararon una campaña que ha tenido buena recepción.
Maximiliano tomó asiento en la cabecera de la mesa.
—Continúen.
No se disculpó por llegar tarde ni preguntó los nombres de quienes se habían reunido con él. Mariana comenzó a resumir la iniciativa. Valentina observó la reacción de Maximiliano mientras su amiga explicaba el concepto.
Él escuchaba sin asentir. Al finalizar, miró las diapositivas y luego a Valentina.
—¿Usted preparó estas historias?
—Sí. Junto con Mariana, que me ha acompañado en la revisión y el desarrollo del proyecto.
—¿Y qué resultados concretos tiene?
Valentina le explicó que la campaña había generado comentarios, compartidos y visitas de clientes a los negocios. Reconoció que todavía estaban en una etapa inicial y que no podían atribuir cada venta a una publicación específica.
Maximiliano apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces no saben si la campaña funciona.
Mariana empezó a responder, pero Valentina habló primero.
—Sabemos que ha logrado que más personas conozcan a los comerciantes y que algunos clientes hayan visitado los locales después de ver las historias. Todavía no tenemos datos suficientes para medir ventas atribuidas directamente a la campaña. No voy a afirmar algo que no podemos comprobar.
Por primera vez, algo parecido al interés cruzó la expresión de Maximiliano.
—Una empresa no invierte en una iniciativa solo porque una historia sea conmovedora.
—No se lo he pedido —respondió ella—. La propuesta no se basa en la compasión. Se basa en generar una conexión que también pueda beneficiar al complejo.
—¿Y si los negocios no tienen capacidad para atender a más clientes?
—Entonces debemos conocer cada negocio antes de prometerles más visitas. No todos necesitan el mismo tipo de promoción. Algunos pueden ofrecer productos en el complejo. Otros pueden participar en eventos o mostrar su trabajo en espacios temporales.
—Eso complica la operación.
—Sí —dijo Valentina—. Las personas son más complicadas que un anuncio.
Uno de los ejecutivos ocultó una sonrisa. Clara fingió concentrarse en sus notas.
Maximiliano no sonrió.
—¿Siempre responde así cuando le hacen una pregunta?
—¿De qué manera?
—Como si estuviera cuestionando la intención de la empresa.
Valentina mantuvo la mirada en él.
—No estoy cuestionando la intención. Estoy señalando que una buena campaña debe considerar las consecuencias de lo que promete.
—La empresa construye y desarrolla proyectos. No es una organización benéfica.
—No le he pedido que lo sea. Pero si desean presentarse como parte de la comunidad, la relación tiene que beneficiar a las dos partes.
El silencio llenó la sala.
Mariana observó a Valentina con una mezcla de preocupación y orgullo. Clara cerró su libreta y esperó la respuesta del presidente.
Maximiliano se recostó apenas en la silla.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en publicidad?
La pregunta fue seca. Valentina entendió que no se refería a su reciente proyecto, sino a los años que había pasado fuera de una oficina.
—Me gradué con honores. Después me dediqué a mi familia.
—¿Cuánto tiempo?
—Años suficientes para criar a cinco hijos.
—Eso no responde.
—Es la respuesta que quiero darle.
Clara intervino con calma.
—Valentina está coordinando el contenido de la campaña actual. Nos interesa saber cómo organizarían la implementación.
Maximiliano no apartó los ojos de ella.
—Si esto se aprueba, habrá plazos, revisiones y estándares. No trabajamos con ideas que cambian cada vez que alguien se siente inspirado.
—Perfecto —respondió Valentina—. Yo tampoco trabajo con promesas que cambian cada vez que alguien se da cuenta de que cumplirlas cuesta dinero.
Esta vez, uno de los ejecutivos bajó la mirada para esconder su reacción.
Maximiliano se inclinó hacia delante.
—Está acostumbrada a hablarle así a sus clientes.
—Estoy acostumbrada a hablar con claridad.
—La claridad no siempre es conveniente.
—Pero sí necesaria.
Durante un instante, ninguno de los dos apartó la mirada. Valentina sintió una tensión extraña, no agradable exactamente, pero tampoco sencilla de ignorar. El hombre delante de ella parecía esperar obediencia y encontraba resistencia en cada respuesta.
Finalmente, Maximiliano volvió la vista hacia los documentos.
—La propuesta necesita una estructura de costos más detallada, un calendario y una forma de medir la participación de los comercios. No aprobaré un proyecto abierto.
—Podemos presentar una versión piloto —dijo Mariana—. Con cuatro negocios y una duración limitada.
—¿Cuánto tiempo?
—Seis semanas —respondió Valentina—. Las primeras dos para planificar y coordinar con los comerciantes. Las siguientes cuatro para ejecutar y evaluar.
—¿Y qué necesitan de la empresa?
Valentina explicó los recursos, el espacio para las actividades y el presupuesto que permitiría cubrir el trabajo de los comerciantes y el equipo de comunicación. No pidió más de lo necesario, pero tampoco redujo la propuesta para hacerla parecer barata.
Maximiliano revisó las cifras.
—Envíen una versión revisada en cinco días. Clara evaluará el plan con el equipo. Si cumple los requisitos, veremos si autorizamos el piloto.
—De acuerdo —dijo Mariana.
La reunión pareció terminar allí. Valentina comenzó a guardar sus notas. Antes de levantarse, Maximiliano volvió a hablar.
—Señora Ferrer.
Ella lo miró.
—No se lo tome personalmente. Necesito saber si puede cumplir con lo que propone.
—No me lo tomo personalmente, señor Devereaux. Pero espero que evalúe el trabajo, no mi vida.
Por primera vez, la dureza de su expresión pareció ceder apenas.
—Eso haré.
—Entonces estamos de acuerdo.
Valentina tomó su bolso. Mariana se despidió de Clara y ambas salieron de la sala.
Solo cuando llegaron al ascensor, Mariana soltó el aire.
—Eso fue intenso.
—¿Siempre es así?
—Dicen que sí.
—Tiene el encanto de una puerta cerrada.
Mariana dejó escapar una risa.
—Al menos no te intimidó.
—Sí me intimidó.
—No lo pareció.
—Una cosa es sentir miedo y otra dejar que alguien decida por mí.
El ascensor llegó al vestíbulo. Mientras caminaban hacia la salida, Valentina sintió que el corazón seguía latiéndole deprisa. Había esperado presentar una campaña; no enfrentarse al hombre que dirigía una de las empresas más poderosas de la ciudad.
—¿Crees que nos darán el proyecto? —preguntó.
—No lo sé. Pero ahora tenemos requisitos claros para la propuesta revisada.
Valentina asintió. Afuera, el ruido del tráfico las recibió de nuevo.
En una oficina del último piso, Maximiliano permaneció unos segundos mirando la puerta por donde ellas habían salido.
—¿Qué opinas? —preguntó Clara.
—Tiene ideas y no sabe suavizar las respuestas.
—¿Eso es un problema?
—Depende de si entrega lo que prometió.
Maximiliano tomó la carpeta y volvió a revisar las notas. El nombre de Valentina Ferrer estaba escrito en la primera página. No tenía razones para recordarlo más allá de aquella reunión.
Sin embargo, cuando volvió a su agenda, lo leyó una vez más.
Valentina Ferrer.
Y por primera vez en mucho tiempo, una conversación de trabajo se quedó con él después de terminar.