Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 13:A solas con él
Micaela mantenía la mirada fija en la ventana desde que subió al carro. Solo estar con el director la ponía tensa, y la sensación de que él la observaba la hacía sentirse aún más nerviosa.
De repente, el carro dio un salto al pasar sobre un bache. Iban a continuar, cuando unos policías en la ruta les hicieron señas para regresar: un árbol había caído bloqueando el camino por la tormenta.
—No, no podemos pasar, señorita Chávez. El camino está cerrado —explicó el director, observando la tormenta que todavía azotaba la carretera.
—Tengo que irme, debo llegar a casa —dijo nerviosa, mientras intentaba abrir la puerta.
Sin embargo, el director le agarró el brazo para impedir que bajara.
—No voy a permitir que se baje en medio de esta tormenta. La llevaré a un lugar seguro —contestó el director, aún sujetando el brazo de Micaela. Ella lo miró confundida, sin saber si esa acción la asustaba más o le daba cierta tranquilidad.
Sin esperar a que ella dijera algo, volvió a poner el auto en marcha. Decidió llevarla a una casa que había comprado hace tiempo, aunque él mismo no sabía por qué la había adquirido; nunca la había usado y nadie conocía su existencia.
Cuando llegaron, estacionó justo frente a la puerta principal, protegida por un techo que los resguardaba de la lluvia torrencial. Rápidamente le abrió la puerta para que bajara, pero ella se quedó estática, sin poder asimilar que estaba allí, junto al director.
—¿Por qué me trajo aquí, director? Quiero estar en mi casa. Mi mamá debe estar preocupada por mí—balbuceó Micaela, temblando del frío y del miedo.
—Señorita Chávez, solo salga del auto y entremos a la casa; la tormenta aún no ha acabado. Yo la llevaré a casa —intentó convencerla el director.
Pero ella no quería. Al notar su negativa, él se acercó y la tomó en brazos.
—¡Nooo! ¡Director, qué hace! ¡Bájame! —gritaba mientras él la llevaba hacia el interior de la casa.
Al entrar, la sentó con cuidado en el sofá. La casa parecía un poco deshabitada, pero todo estaba limpio y algunas cosas cubiertas. Micaela observaba con asombro cada detalle; nunca había visto un lugar tan grande, que a sus ojos parecía una mansión. Sin embargo, su admiración se desvaneció pronto, y los nervios de estar a solas con el hombre que ya amaba regresaron.
—Necesito regresar —dijo, y enseguida se puso de pie para irse, ya que las emociones que sentía eran tan fuertes que temía que, si seguía a solas con el director, podría delatarse.
—Señorita Chávez, yo la llevaré cuando la tormenta se calme—aseguró el director.
En ese momento, un trueno sonó tan fuerte afuera que la casa entera pareció sacudirse. Micaela dio un respingo y terminó corriendo hacia los brazos del director.
—Tengo miedo… —dijo, abrazándose más al director.
—Tranquila estoy aquí —le dijo el director con voz suave para que se calmara.
Mientras tanto, en la casa de Micaela, su mamá estaba cada vez más inquieta. La tormenta no paraba y su hija seguía sin aparecer. Con una vela encendida entre las manos, rezaba con el pecho lleno de angustia.
—Madre Santísima guarda a mi Miguelita, protégela donde esté —oró su mamá, con el rostro lleno de preocupación.
Minutos después, Micaela empezó a tranquilizarse al notar que los truenos habían cesado. Se apartó un poco del director y lo miró con ojos tímidos.
—Lo siento no debí abrazarlo, señor director —dijo, avergonzada.
El director no dijo una sola palabra; sin embargo, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios y, después, se acercó a ella. Al encontrarse con su mirada frágil y llena de ternura, ya no pudo resistirse y la besó. Por su parte, Micaela, dominada por los sentimientos que guardaba en su corazón, también le devolvió el beso.
El beso fue creciendo, lento al inicio, pero poco a poco se volvió más profundo. Entonces, el director la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo, mientras que Micaela, casi por instinto, rodeó su cuello con los brazos. Al sentir que ella seguía su ritmo, él la levantó con firmeza y, sin darse cuenta, Micaela permitió que sus piernas se ajustaran a él.
Sin separarse, caminaron juntos hasta la habitación. Al llegar, el director la acostó con cuidado en la cama, que estaba bien tendida y en perfecto orden. Ambos estaban tan atrapados en ese instante que cualquier pensamiento fuera de ahí simplemente desapareció.
Él se quitó la camisa y el pantalón sin romper el contacto visual. Micaela notó cómo su mente le decía “vete”, pero su corazón insistía en “quédate”. Y al verlo de pie, con ese cuerpo que siempre había imaginado tan de cerca, las sensaciones en su interior la obligaban a quedarse.
Lo más intenso llegó cuando él se acostó sobre ella y la besó. Micaela no sabía qué hacer; su cuerpo respondía a cada movimiento y cada roce, cada sensación era nueva para ella. Se aferró a las sábanas, mientras vibraciones desconocidas recorrían cada centímetro de su piel.
En un gesto casi urgente, él le quitó la blusa de mangas largas que llevaba puesta y, después, el sujetador, que era más un compiño juvenil. Se sorprendió de que alguien de su edad usara algo así, pero no le dio demasiada importancia; estaba completamente concentrado en el momento, en cada beso y caricia sobre su piel.
Bajó lentamente, besando su abdomen, antes de volver a sus labios con intensidad. Con cada movimiento suyo, Micaela se aferraba con fuerza a las sábanas, controlando de manera interna los gemidos que su cuerpo le pedía soltar, mientras cada sensación la absorbía por completo
En el apartamento del director
En el elegante apartamento del director, Sonia estaba sola, vestida de manera provocativa y esperando su llegada. Había logrado entrar gracias a unas copias de las llaves que tenía, un secreto que le permitía hacerlo siempre que quisiera. La espera le estaba resultando insoportable, y se notaba en cómo se paseaba por la sala con gestos impacientes.
—¡Nicolás! ¡Deberías estar aquí conmigo en medio de esta tormenta!—se decía con enojo, dejando que el golpe de sus tacones resonara por toda la sala.
En otra parte, el director besaba cada centímetro del cuerpo de Micaela cuando se detuvo para quitarle las gafas y admirar su rostro. Sus miradas se encontraron por un instante y, tras una última embestida, él cayó a su lado, jadeando. Micaela se tapó y se giró, cerrando los ojos, plenamente consciente de la intimidad que compartieron.