Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — El cielo no tiene salida
Tres días después me subieron a un avión sin él.
El Rey se había quedado atrás. Había un asunto en la frontera —una redada, dijo Saúl con esa cara de piedra que ponía para no decir nada—, un campamento de tratantes que el Señor iba a barrer él mismo en la Sierra del Norte, y hasta que no lo barriera no vendría. A mí me mandó por delante, como se manda por delante el equipaje que uno aprecia. "Descansa, ponte buena, te alcanzo en unos días", me había dicho al despedirse, apretándome la nuca con esa mano que ya no sabía si me acariciaba o me marcaba. Y yo, con el pecho todavía vendado y la sonrisa dulce que había aprendido a fabricar, le dije que sí, que lo esperaba.
Mentí. Un hombre que se queda es un hombre que no me vigila. Y un hombre que no me vigila es una puerta.
Isla Ámbar era la jaula más bonita en la que me habían metido nunca. Una pista de aterrizaje que salía del mar como una lengua de asfalto, palmeras peinadas por el viento, agua de un azul que en mi tierra no existe, azul de anuncio, azul de mentira. Una manada de sirvientes me recibió con jugos y toallas frías y "bienvenida, doña Ana", y un ama de llaves con cara de aduana me explicó que el yate me llevaría a la casa, al otro lado de la ensenada, porque a la Casa del Señor solo se llegaba por agua.
Por agua. Ay, Dios, gracias.
Me instalaron primero en un pabellón de huéspedes con orquídeas frescas cortadas cada mañana y una piscina que daba al mar, por si no me bastaba con el mar. Todo era suave, todo olía a limpio y a caro, y todo estaba pensado para que una se olvidara de que no podía irse. Las muchachas me hablaban con los ojos bajos y me llamaban doña Ana, y yo pensaba, mientras me servían el desayuno en vajilla que valía más que la casa de mis padres, que la ternura de un carcelero es la peor de las cerraduras, porque a las otras una les tiene rabia y a esta le agradece.
Me hice la mareada en cuanto zarpamos. No me costó nada, porque el mar sí me mareaba de verdad, y encima pedí una copa de vino "para el estómago" y luego otra, y me reí demasiado alto, y me tambaleé por la cubierta como una borracha de telenovela, agarrándome de las barandas, hasta que los dos guardias que me cuidaban dejaron de mirarme como a un peligro y empezaron a mirarme como a una molestia. Ese fue el momento. El que sabe cuidar animales sabe cuándo un animal deja de estar en guardia; me lo enseñó mi papá con los perros del muelle. Me acerqué a la popa fingiendo que iba a vomitar por la borda —y medio vomité, no todo era teatro—, y cuando el guardia apartó la cara con asco, salté.
El agua me tragó tibia y me devolvió las ganas de vivir de un golpe. Me quité los zapatos ahí abajo, en el azul, y nadé. Nadé contra la corriente, hacia el lado contrario del que ellos esperarían, hacia una punta de la isla donde desde el aire había visto brillar otra pista, más chica, y una avioneta blanca durmiendo al sol. Nadar me abrió la herida del pecho, sentí el ardor como una brasa bajo la venda, pero el que se ahoga no le reza al dolor, le reza a la orilla. Recé a la orilla.
Dos veces creí que no llegaba. La corriente tiraba de mí hacia afuera, hacia el azul sin fondo, y a mitad de camino se me acalambró la pierna izquierda y tragué agua y me acordé, tonta de mí, de la película del pececito, de mi papá enseñándome a nadar en el muelle sujetándome la barriga con la mano callosa, "no tengas miedo, mija, el agua sostiene al que no le pelea". Dejé de pelearle. Me puse de costado, respiré, y nadé como me enseñó él, muerta de miedo pero sostenida.
Llegué. Salí del agua escupiendo sal, con las piernas de trapo, y ahí estaba la avioneta y ahí estaba el piloto, un hombre flaco con gorra, revisando algo bajo el ala. En la cabina abierta, sobre el asiento, había una caja de herramientas, y entre las herramientas una pistola de bengalas, gorda y anaranjada. La agarré. No era un arma de verdad, pero apuntada a la cara de un hombre que no quiere morir, ninguna arma es de mentira.
—Arranca —le dije, y me tembló la voz de frío y de miedo, pero no de duda—. Vas a volar. Al aeropuerto más cercano de México, o al consulado, a donde haya bandera que no sea la de él. Te pago lo que quieras. Arranca.
El pobre hombre me miró como se mira a una loca mojada que apunta con una bengala, que es exactamente lo que yo era. Pero arrancó. Vaya que arrancó.
Y el cielo se abrió y por un instante creí que Dios existía y que se llamaba libertad.
Duró poco. El cielo, resultó, tampoco tenía salida.
Estábamos sobre mar abierto, agua y agua hasta donde alcanzaba el mundo, cuando la avioneta empezó a temblar de una manera que no era del motor. El piloto se puso blanco. Señaló arriba. Y ahí venían: cuatro puntos negros primero, después cuatro cazas, cerrándose sobre nosotros como halcones sobre una paloma, tan cerca que vi los morros, tan cerca que la turbulencia de sus alas nos zarandeó como a un juguete en la tina. La radio chilló. Una voz de mando ladró coordenadas, órdenes, la palabra "descienda" repetida como un martillo.
Y entonces habló él.
No por la radio del piloto. Por todas partes a la vez, en mi cabeza, en mis huesos. Uno de los cazas se puso al costado, tan pegado que a través de dos cristales y del viento vi el casco, vi la mandíbula, lo vi a él pilotando esa máquina de guerra que había venido a cazarme personalmente, dejando a medio barrer un campamento de tratantes para venir por mí. La radio escupió su voz, calma, sin un gramo de prisa, que era lo que daba terror:
—Piloto, tiene diez segundos para descender antes de que le apague el motor con un misil. La mujer que lleva es mía. —Una pausa. Y más bajo, para mí, aunque no podía oírme—: Ana. No hay cielo al que puedas huir que yo no pueda cerrar.
El piloto lloraba y descendía al mismo tiempo. Yo solté la bengala. ¿Para qué? Contra un misil no sirve ni la Virgen de bengala.
Nos hicieron bajar sobre una lengua de mar y remolcar hasta la isla, no me pregunten cómo, mi cabeza a esas alturas era un tambor. Lo que recuerdo con claseza de pesadilla es lo que vino después. Los cazas aterrizaron en la pista grande. Él bajó del suyo quitándose el casco, y traía en la cara algo que yo no le había visto nunca, ni el primer día en la jaula: no rabia fría, no burla de gato. Miedo. Miedo convertido en furia, que es la peor de todas las furias porque no razona.
Me agarró de la nuca —no del brazo, de la nuca, como al gato que se lleva la gata— y me arrastró hacia su caza, el de un solo asiento, y me metió a la fuerza, boca abajo, atravesada, humillada como carga.
—Te vas a estar quieta —dijo, y le temblaba la mandíbula—. Un solo movimiento y te bajo yo mismo a mitad de vuelo.
Volamos así los pocos minutos hasta su casa del otro lado, yo doblada como un saco, la sangre en la cabeza, el mar dando vueltas debajo. Y aquí está lo que quiero que quede escrito, porque no pienso adornárselo a nadie: eso no fue amor, ni fue castigo justo, ni fue "se lo merecía". Fue un hombre que, porque tenía miedo de perderme, me trató como a un animal. Y el cuerpo, que es más honrado que el corazón, me lo dijo a su manera: vomité. Vomité de mareo y de terror sobre el fuselaje de su avión de cien millones, colgando cabeza abajo, y él tuvo que oírme arcada tras arcada sin poder hacer nada.
Aterrizamos en su isla. Me sacó de la cabina en vilo, todavía descompuesta, y me llevó casi en peso por un muelle de madera clara hasta una casa blanca abierta al mar, tirándome del brazo, sin una palabra. En el salón, con las paredes de vidrio y el atardecer entrando anaranjado como sangre aguada, me soltó de golpe y yo caí de rodillas sobre la piedra fría.
Y entonces lo vi llevarse las manos al cinturón.
Lo desabrochó despacio, sacándolo de las trabillas con un siseo de cuero, y lo dobló en la mano, y en sus ojos había una cosa negra, desbordada, un impulso que se le había ido más allá de donde él mismo mandaba. Yo lo conocía, ese punto. Lo había visto en hombres del muelle a los que la borrachera les cruzaba la línea. No era él castigándome con cabeza fría. Era él perdiendo el suyo.
—Me has hecho pilotar un caza para ir a buscarte —dijo, y la voz le salía rota, rarísima—. ¿Sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es pensar, durante nueve minutos, que un misil de otro te la puede…?
No terminó. Dio un paso. Levantó la mano del cinturón. Y con la otra me agarró del cuello de la blusa mojada y tiró, y la tela se rasgó de un lado con un ruido seco, y el aire frío me golpeó el hombro, y por un segundo el mundo entero se quedó sin fondo.
Yo no grité. No supe pelear. Estaba de rodillas, deshecha, con el estómago todavía vacío de tanto arcada y el pecho abierto por dentro, y desde muy hondo, desde ese lugar donde ya no hay orgullo, me salió lo único que me quedaba, una voz de niña que ni yo reconocí:
—¿Puede… —tragué saliva, temblando— puede no hacerme daño?