Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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El primer golpe
Capítulo 2
El primer golpe
—¿Te quedaste muda?
Rodrigo se agachó frente a mí.
En mi primera vida, aquella frase había conseguido que bajara la cabeza, pero no esta vez. Lo miré detenidamente. Era exactamente igual: el mismo rostro atractivo, la misma sonrisa arrogante, el mismo hombre que cinco años después me vería morir sin mover un dedo.
—Levántate —dijo.
Me puse de pie. No porque él me lo pidiera; lo
hice porque necesitaba estar de pie para lo próximo que iba a hacer.
Rodrigo sonrió con su característica prepotencia.
—Así está mejor.
Miré alrededor. Había estudiantes observándonos. Mateo, el amigo de Rodrigo, estaba detrás de él, grabando con su teléfono.
Todo era exactamente como recordaba.
Aquel día, Rodrigo había fingido que yo había intentado seducirlo delante de todos. Mateo había grabado el momento. Después, el video había llegado a Lucía, y ella había utilizado aquello para convencerme de que necesitaba a Rodrigo para protegerme.
Qué estúpida había sido.
Ahora podía ver la escena desde afuera.
También recordaba lo que había ocurrido después. Mateo publicaría el video en un grupo privado.
Lucía fingiría defenderme mientras sembraba dudas. Rodrigo se convertiría en la persona que supuestamente podía salvarme de las consecuencias de aquella vergüenza y, así, poco a poco, conseguirían que yo creyera que todos estaban en mi contra y que solo él permanecía de mi lado.
Era una estrategia sencilla.
Y había funcionado hasta que morí.
Ahora no pensaba regalarles la segunda oportunidad que ellos mismos me habían dado.
Rodrigo extendió una mano.
—Vamos. Pide disculpas.
Lo miré.
—¿Por qué pediría disculpas?
Su sonrisa desapareció.
—Porque me hiciste quedar como un idiota.
Solté una carcajada llena de ironía, y algunos estudiantes se miraron entre sí sin entender.
—¿Eso te preocupa?
—¿Qué?
—Que te hagan quedar como un idiota. —Di un paso hacia él—. Entonces deja de comportarte como uno.
Mateo bajó lentamente el teléfono y Rodrigo se quedó inmóvil, aún sin procesar lo que acababa de suceder.
—¿Qué acabas de decir?
—Que no pienso disculparme.
—Victoria...
—Y tampoco voy a permitir que me vuelvas a tocar.
Él levantó la mano, pero no llegó a tocarme porque mi palma golpeó su mejilla con tal fuerza que el sonido resonó por todo el pasillo.
Era la primera de muchas bofetadas que quería darle después de todo lo que me hizo sufrir.
Todo el pasillo se quedó en silencio. Alguien al fondo soltó una risa nerviosa; otro estudiante bajó la mirada hacia su teléfono, como si acabara de recordar que estaba frente a una escena que podía convertirse en otro rumor.
Mateo dejó de grabar.
Eso me confirmó algo.
El primer movimiento de Rodrigo había fracasado.
Rodrigo me miró incrédulo, y yo también estaba sorprendida. Nunca había hecho algo así, pero una sensación extraña recorrió mi cuerpo, y no era miedo.
Era libertad.
—Esto —dije, señalando su rostro— es por todas las veces que me humillaste.
Rodrigo apretó los dientes.
—Estás loca.
"Y esto es por mi primera vida", pensé.
No podía decírselo, así que simplemente sonreí.
Entonces escuché unos pasos.
Adrián...
Venía caminando hacia nosotros. Su mirada se encontró con la mía durante un segundo y pasó de largo, como si yo fuera una desconocida.
Sentí una punzada en el pecho.
Y recordé por qué.
En esta etapa todavía estábamos peleados. Lucía había conseguido que creyera que Adrián había hablado mal de mí. Él había intentado explicarse y yo nunca lo escuché.
Esta vez no iba a repetirlo.
—¡Adrián!
Su nombre salió de mis labios sin darme cuenta.
Él se detuvo. No se giró inmediatamente, así que caminé hacia él.
—Necesito hablar contigo.
—No creo que sea buena idea.
Su voz sonaba fría, y me dolió, aunque sabía que todavía había malentendidos que debíamos superar.
—Lo siento.
Finalmente se giró.
Sus ojos oscuros me estudiaron.
—¿Por qué?
No supe qué decir. Porque te acusé injustamente, porque te perdí, porque morimos juntos. Porque ahora sé que me amabas.
—Por todo.
Adrián frunció el ceño.
—No entiendo.
—No importa.
Me acerqué un poco.
—Solo quería decirte que lo siento.
Él sostuvo mi mirada. Por un instante, creí ver algo en sus ojos.
Dolor.
Nostalgia.
Pero desapareció rápidamente.
—Acepto tus disculpas.
Y se marchó.
Me quedé observándolo. En mi primera vida habría corrido detrás de él.
Pero esta vez no. Había aprendido algo: no podía obligarlo a confiar en mí.
Tendría que demostrarle que había cambiado.
Lo vi alejarse por el pasillo y apreté las manos.
Habían hecho falta cinco años para comprender quién estaba de mi lado. Esta vez, cada decisión tendría un propósito. No podía permitirme actuar solo por rabia. Necesitaba que cada paso me acercara a la verdad.
Me giré.
Rodrigo seguía allí.
—¿Qué fue eso?
—Una conversación.
—¿Tú y Adrián?
—Sí.
Su rostro se endureció. No sabía por qué, pero verlo celoso me produjo satisfacción.
—No vuelvas a acercarte a él.
Solté una sonrisa.
—¿Me estás dando una orden?
—Soy el hombre que te conviene.
—No. —Lo miré directamente—. Al contrario, eres el hombre que más me conviene evitar.
Me marché, sin saber que alguien había observado toda la escena.
Lucía.
Estaba al final del pasillo. Su expresión era tranquila, demasiado tranquila. Nuestros ojos se encontraron. Ella sonrió y yo también.
Solo que mi sonrisa significaba algo muy diferente.
Esta vez, hermana, tú serás quien tenga miedo.