Verónica se casó enamorada. No imaginaba la pesadilla qué sería ese matrimonio. Después de años de maltratos toma una decisión qué cambiará su destino.
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Capítulo 2
Me convertí en esposa a los 18 años. Me sentía feliz, enamorada, afortunada... No continúe con mis estudios, pero no me importaba, mi mayor anhelo en ese tiempo era hacer feliz a mi esposo y formar una familia.
La boda fue todo un acontecimiento. Mi padre no escatimó en nada. Tuve el vestido más hermoso. Entre las dos familias sumamos 600 invitados.
Nos fuimos de luna de miel a París. Estaba viviendo un sueño. La noche de bodas, no sabía qué esperar, estaba nerviosa, pero Rodrigo fue delicado y eso me ayudó. Al volver, mi suegro nos sorprendió regalándonos una casa enorme.
Rodrigo era un hombre de 28 años, con experiencia en todos los sentidos. Yo, una chica de 18, qué jamás había tenido novio, qué nunca viajó sola a ningún lado. Mi falta de experiencia era evidente.
De pronto, era esposa y estaba a cargo de mi hogar y no tenía la más mínima idea de cómo hacerlo. Así cómo tampoco tenía idea de muchas otras cosas.
Mi madre y mi suegra se hicieron cargo de contratar gente que me ayudase en casa. Los primeros días me limitaba a observar, no sabía dar órdenes ni gestionar nada.
Un par de meses después de mi boda descubrí qué estaba embarazada. Me sentí feliz desde el primer día y cuando recibimos la noticia de que eran dos bebés, mucho más.
Rodrigo estaba feliz, pero conmigo actuaba distinto. Ya no tenía detalles cómo cuando éramos novios. Dejó de ser cariñoso y parecía evitar a toda costa estar conmigo.
Las niñas nacieron y pensé qué volvería a ser como antes, pero me equivoqué. Las niñas eran su adoración, pero conmigo estaba cada vez más distante.
De un día para otro me exigió qué me hiciera cargo de preparar todas las comidas. Debí aprender en muy poco tiempo, no me molestaba hacerlo. De hecho lo veía como una oportunidad para acercarme a él cocinando sus platillos favoritos.
Así fue como al final me quedé solo con una persona que me ayudaba con la limpieza de la casa. Con el paso del tiempo también me distancié de mi mejor amiga.
Sofía y yo nos cocemos desde siempre, crecimos juntas y éramos inseparables. Cuando conoció a Rodrigo le llamó la atención nuestra diferencia de edad y cuando supo que me casaría dijo que era una locura. Al final aceptó qué era una decisión ya tomada y que yo era feliz.
Cuando me casé, me visitaba cada tanto. Ella estaba cursando la Universidad y aunque era difícil darse el tiempo, no dejaba de venir. Hasta que en más de una ocasión se encontró con Rodrigo y este no fue nada amable con ella.
Así, sus visitas fueron disminuyendo, hasta que definitivamente dejamos de hablar. Al final, me quedé sola. Me enfoqué en mi marido y mis hijas.
Los años pasaron, logré ser la esposa y madre "perfecta" o por lo menos, eso quería creer. Porque mi relación con Rodrigo era más bien la de dos extraños.
Conversábamos muy poco, él vivía enfocado en su trabajo y por supuesto en nuestras hijas.
Descubrí su lado machista, aunque debo admitir qué no me sorprendió. Después de todo, crecí en un hogar así, en donde las mujeres debemos callar y obedecer.
Una noche, al llegar del trabajo, lo noté más irritable qué de costumbre. Se quitó el saco y fue directo al comedor. Siempre guardó su cena en el horno, lo encendí unos minutos y llevé el plato a la mesa.
Él tomó el plato por el borde, obviamente, estaba caliente. Su reacción fue lanzarlo al suelo.
- ¡Eres estúpida!- grito al levantarse de la silla.
Me paralicé al verlo tan furioso, caminó directamente a mí y me tomó con fuerza por el cuello.
- Levanta ese desastre y llévame algo que pueda comer sin quemarme a la biblioteca.
Me soltó, se dio la media vuelta y yo me quedé ahí, sin poder decir una sola palabra. Las lágrimas brotaron de mis ojos, mi cuerpo temblaba, me faltaba el aire.
Pasaron varios minutos hasta que pude reaccionar. Todavía temblando, levante los restos de comida y los pedazos de la vajilla.
Aquella noche se rompió algo más que unos platos. Algo dentro de mí se quebró. Fue la primera vez de muchas en los siguientes años en que fui objeto de sus agresiones.
Catorce años después, soy un cero a la izquierda en mi casa. Me encargo de que todos estén bien y tengan lo que necesitan día a día y me he olvidado por completo de mí.
Paso noches en vela, siempre después de haber tenido una discusión con Rodrigo. Intento evitar a toda costa exasperarlo para qué no descargue su furia contra mí, no siempre lo consigo.
Me siento vacía, muchas veces he pensado en terminar con mi vida. Lo único que me detiene es el amor que les tengo a mis hijas, más no sé por cuanto tiempo eso sea suficiente.
Ella dice q no sabe hacer nada, claro q sabe, llevar una casa, calarse las malcriadeces, los desplantes de un enfermo, claro q sabes y puedes