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El Karma del Marido Desleal

El Karma del Marido Desleal

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Miss Ra

Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.

Mientras tanto, el karma no descansaba.

Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.

Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.

NovelToon tiene autorización de Miss Ra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episodio 18

La sede del Grupo Montero, en el piso cuarenta y dos de un rascacielos de la capital, lucía sombría a pesar de las lámparas de cristal que costaban una fortuna.

Sebastián Montero estaba detrás de su escritorio ejecutivo, mirando sin ver el ventanal que enmarcaba el tráfico embotellado allá abajo.

Su mente ya no estaba en los reportes de deuda acumulada ni en los berrinches de Clarissa por el decorador de la boda que amenazaba con cancelar si no le pagaban. Su mente estaba clavada en una sola cosa: una publicación de redes sociales que encontró por accidente, en la cuenta de un orfanato de provincia.

En la foto se veían cajas de pasteles alineadas con el logo de "Cocina Santiago". Aunque la cara de la dueña no se distinguía bien porque llevaba cubrebocas y la imagen estaba tomada desde lejos, Sebastián reconoció esos ojos. Los ojos que siempre lo miraron con devoción antes de que él los destrozara.

—No puede ser que esté sonriendo así —gruñó Sebastián en voz baja.

Los puños se le cerraron. La indignación le corría por las venas como veneno. En la cabeza de Sebastián, Valentina debería estar sufriendo. Debería estar en el punto más bajo, llorando y lamentando haber perdido a un marido rico.

Ver la posibilidad de que Valentina —la mujer que consideró basura— tuviera un negocio y se viera feliz era un insulto directo a su ego.

La puerta se abrió. Un hombre de mediana edad con ropa discreta color gris entró. Se llamaba Hugo, un exagente de inteligencia que ahora trabajaba como detective privado especializado en localizar personas.

—¿Trajo lo que le pedí? —preguntó Sebastián sin rodeos.

Hugo dejó una carpeta café sobre el escritorio.

—Fue difícil rastrearla al principio, señor Montero. La persona cortó todas las vías digitales vinculadas a su identidad anterior. No usó su cédula de identidad para registrar el negocio; probablemente usó el nombre de algún pariente o intermediario.

Sebastián abrió la carpeta. Contenía fotos satelitales y algunas imágenes tomadas desde la calle en un pueblo al pie de la sierra.

—Sin embargo —continuó Hugo—, después de rastrear envíos de harina y mantequilla a escala mediana hacia esa zona, encontré un local recién rentado. Se llama Valentina. Vive en una casa de madera vieja que heredó de su abuela.

Sebastián contempló la foto del local blanco y limpio. Ahí, captada por la cámara, se veía la silueta de una mujer cargando un bebé. El rostro fresco, la piel sonrosada, riéndose con una empleada.

—¿Tiene un bebé? —la voz de Sebastián tembló.

—Varón, señor. Según los vecinos del pueblo, tiene unos dos o tres meses. Se llama Santiago —respondió Hugo sin inflexión.

Sebastián se dejó caer contra el respaldo. Santiago. El nombre le taladró la memoria. Recordó el cajón con llave donde guardaba la foto sucia del ultrasonido.

Entonces el niño sí nació. Y Valentina le puso nombre sin consultarle una sola palabra.

—Investigue todo —ordenó Sebastián, la voz ahora gélida y cortante—. Quiénes la visitan, si tiene un hombre. No quiero que ande manchando mi apellido paseando a mi hijo con cualquiera.

Hugo frunció el ceño.

—Disculpe, señor Montero, pero legalmente usted ya no tiene ningún vínculo con la señora Valentina.

Sebastián golpeó el escritorio con fuerza.

—¡Ella llevó a mi hijo en el vientre! ¡Es la exesposa de Sebastián Montero! Si la ven viviendo en la miseria o revolcándose con cualquier hombre, eso daña mi imagen. Quiero saber cada centímetro de lo que hace. Y quiero saber qué tan exitosa es realmente esa "pastelerita".

En el fondo, a Sebastián no le importaba su imagen. Solo quería encontrar una grieta. Quería hallar la prueba de que Valentina en realidad sufría, de que esa sonrisa en la foto era pura fachada.

Quería destrozar la paz que Valentina había construido, porque él mismo no tenía paz en la capital.

Días después, sin que Valentina lo supiera, un auto viejo estacionado a cierta distancia de su local comenzó a vigilarla. El teleobjetivo de Hugo capturaba cada interacción.

Esa tarde, la campanita del local sonó. El doctor Adrián entró con un ramito de flores silvestres que cortó al borde del camino rumbo al centro de salud.

—Para decorar tu mostrador, Valentina —dijo Adrián con una sonrisa cálida.

Valentina las recibió con las mejillas encendidas.

—Usted siempre con sus ocurrencias, doctor. Gracias. Santi está dormido adentro, ¿quiere verlo?

La escena quedó registrada con nitidez en la cámara del detective. Hugo anotó: "La sujeto mantiene relación cercana con un médico local. Interacción visiblemente íntima y afectuosa."

De vuelta en la capital, Sebastián recibió el informe actualizado. Al abrir las fotos de Valentina riendo con Adrián mientras sostenía las flores, la rabia de Sebastián alcanzó el techo.

—¿Un doctor? ¿Me reemplazó con un doctorcito de pueblo? —Sebastián aventó las fotos al suelo.

—Aparentemente, el doctor tiene mucho cariño por el bebé, señor. Los vecinos dicen que pasa seguido solo para revisar la salud del niño, sin cobrar nada —añadió Hugo.

Sebastián soltó una risa amarga.

—Claro. Valentina sabe hacerse la víctima para ganarse la compasión de los hombres. Es más astuta de lo que pensé.

Sebastián ya no podía contenerse. Lo que empezó como ganas de exhibir la miseria de Valentina se había convertido en la necesidad de arrebatarle lo que sentía como suyo.

No porque quisiera a Valentina de vuelta, sino porque no soportaba que otro hombre la ganara.

Esa noche, Sebastián estaba en el balcón del apartamento. Clarissa se le acercó por detrás para abrazarlo, quejándose de que le rechazaron la tarjeta de crédito.

—Seb, ¿por qué ya nunca me haces caso? —lloriqueó Clarissa.

Sebastián se sacudió el abrazo con brusquedad.

—Cállate, Clar. Estoy ocupado con algo más importante.

Sebastián tomó las llaves del auto de inmediato. Decidió ir al pueblo en persona. Quería ver con sus propios ojos cómo Valentina actuaba su teatro con el doctor.

Quería destrozar la felicidad que, según él, Valentina no merecía.

Sin darse cuenta, ese paso era el inicio de su propia destrucción.

En Villa Esperanza, Valentina acababa de cerrar el local. Cargaba a Santiago mientras contemplaba el cielo nocturno apacible.

Se sentía completamente segura. No tenía idea de que en la oscuridad, unos ojos la vigilaban, ni de que desde la capital, una tormenta llamada Sebastián avanzaba a toda velocidad hacia ella.

—Santi, mañana hacemos pastel de coco con durazno, ¿va? El doctor Adrián dice que es su favorito —susurró Valentina con dulzura.

Valentina se estaba enamorando de su nueva vida, mientras Sebastián se hundía en un abismo de obsesión que lo arrastraría al fondo del verdadero sufrimiento.

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