Lo firmó con la misma mano con la que dicta sentencias: Elena Rossi será suya, quiera o no.
Dante Moretti tiene treinta y tres años, un imperio de hoteles y clubes que recorre la noche de Milán hasta el submundo y una única regla: nadie le dice que no al Don. Por eso, cuando los Rossi le entregan a su hija menor para sellar un trato, no espera resistencia. Espera una novia dócil frente al altar.
Lo que encuentra es un altar vacío.
Elena lleva toda la vida pagando por existir: golpes, hambre y una familia que la trata como mercancía. El día de su boda con un hombre al que ni siquiera conoce, se esfuma entre una multitud de turistas con documentos falsos y el dinero justo para sobrevivir. Dalila Romano, una mesera cualquiera en una ciudad ajena, debería ser invisible.
Pero hay un club en Milán donde nada pasa inadvertido, y su dueño lleva días buscándola.
Ahora Dante quiere saber por qué huyó. Y Elena empieza a sospechar que el monstruo del que escapaba tal vez no sea el que la espera.
Entre mansiones blindadas, secretos de mafia y una pasión que quema más de lo que protege, ella tendrá que decidir qué hacer con la libertad que tanto le costó conseguir… y con el hombre que jura que no volverá a perderla.
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Una conversación entre hombres
Terminada la farsa del desayuno, mi madre, Isabella, tomó el control con la elegancia fría de quien sabía exactamente cómo desechar la basura. Con un gesto pulido pero cortante, encaminó a la madre de Elena y a la insoportable de Olivia hacia una de las salas de espera secundarias del ala privada, donde Gianna Vianello ya las aguardaba con los bocetos y las telas más caras del mundo: un tormento estético perfecto para la envidia de Olivia.
—Quédate aquí un momento más, cara mia —le dije a Elena, sujetándole la barbilla con firmeza e inclinando su rostro hacia arriba mientras el resto del salón se vaciaba.
Mis hermanos y los matones ya se habían retirado, dejándonos a solas en la inmensidad del vestíbulo. El patriarca Rossi seguía sentado a la mesa, encogido y tembloroso, esperando el inevitable ajuste de cuentas que yo tendría con él a solas. Pero, antes de ocuparme de ese gusano, necesitaba asegurarme de que mi reina estuviera inquebrantable.
—Voy a arreglar unas cuentas rápidas con tu querido “padre” —dije, con la voz baja y cargada de una promesa sombría—. Pero quiero que sepas algo: eres fuerte, eres perfecta y eres la reina de esta casa. Cuando entres ahí a elegir tu vestido, no bajes la cabeza ante nadie. Ejerce tu soberanía. Haz exactamente lo que quieras.
Elena me miró un segundo, con los ojos oscuros brillando con una intensidad que me hacía querer incendiar el mundo entero solo por verla sonreír. Se acercó, me rodeó el cuello con los brazos y me dio un beso firme, cargado de una gratitud silenciosa.
—Gracias, Dante… —murmuró contra mis labios, antes de separarse un poco, respirando hondo. Y entonces, en un tono casi imperceptible, pidió—: ¿Me das un abrazo? Solo… un momento. Todavía estoy temblando un poco.
La mandíbula se me tensó. Sin dudar, la atraje con fuerza contra mi pecho y envolví mi cuerpo alrededor del suyo como un escudo infranqueable. Sentí el leve temblor en sus hombros y, frunciendo el ceño, pregunté junto a su cabello:
—¿Les tienes miedo? Si es así, los saco de aquí ahora mismo y…
—No, no tengo miedo —me interrumpió Elena, alzando el rostro para mirarme con un valor feroz, aunque las manos todavía las tenía heladas—. No es miedo. Es que verlos todavía me trae de vuelta el eco físico de cada golpiza, de cada cicatriz que intentaron imponerme. ¿Pero sabes qué? Cada segundo de temblor ahora es solo el cuerpo recordando el infierno para celebrar que salió de él.
Una sonrisa lenta, peligrosa y absolutamente deslumbrante le pintó los labios.
—Voy a entrar y voy a cobrarles cada lágrima con intereses.
Le di un último beso en la frente, fascinado con la fuerza de aquella mujer. La vi enderezar la postura, levantar la barbilla con una elegancia letal y caminar resuelta hacia la sala donde la esperaban. La verdadera dueña de aquella historia había llegado, y los Rossi no tenían idea de lo que les aguardaba.
En cuanto la puerta se cerró tras Elena, apagando el sonido de sus pasos firmes, volví toda mi atención hacia el hombre encogido en la mesa. El patriarca Rossi parecía haber envejecido diez años en pocas horas, con los ojos hundidos e inyectados de pavor, fijos en su propio plato intacto.
—Levántate —ordené, con la voz cortante como chasquidos de látigo.
El viejo se sobresaltó, apoyó las manos temblorosas en la madera pulida y se incorporó con dificultad. Hice un gesto seco con la cabeza indicándole que me siguiera y caminé a zancadas hasta la sala de reuniones privada del ala oeste de la mansión.
Cuando entramos, Matteo y Enzo ya nos esperaban. Mis hermanos estaban recargados en la mesa de roble, cruzados de brazos, con esa misma expresión de tedio mortal que reservaban para los gusanos insignificantes. Arrojé a Rossi en una silla de respaldo alto y se desplomó ahí como un costal de papas.
Enzo soltó una risa corta, impulsando el cuerpo hacia adelante.
—Míralo. Parece que le va a dar un infarto antes de que siquiera escuchemos la grabación de su hija —se burló Enzo, destilando veneno.
—Sería un favor que se hace a sí mismo si le da —completó Matteo, serio, acomodándose los puños de la camisa. Me miró y luego miró a Rossi antes de volver al tema que importaba—. ¿Y Elena? ¿Cómo está lidiando con la chusma allá adentro?
—Es más fuerte de lo que cualquiera de nosotros imaginaba —respondí, jalando una silla y sentándome frente al patriarca, que no se atrevía a levantar la vista. Apoyé los codos en las rodillas y junté las yemas de los dedos—. Pero escuchen bien lo que voy a decir: desde hoy, la seguridad y el bienestar de Elena son prioridad absoluta en esta casa. Cualquiera de ustedes —miré fijamente a los guardias presentes y luego desvié la mirada hacia el viejo Rossi— que se atreva a respirar cerca de ella de forma equivocada se arrepentirá del día en que nació.
El patriarca tragó saliva, con la respiración corta y ruidosa.
—Rossi —lo llamé, bajando la voz a un tono grave y letal—. Tú y tu familia están respirando en este mismo instante por un pelo. Siguen vivos única y exclusivamente porque Elena los quiere aquí. Pero fíjate bien en lo que te digo: en el momento exacto en que ella me mire y diga que ya basta, que el castigo fue suficiente… van a desaparecer del mapa. Se van a volver humo.
El viejo levantó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados de pura desesperación mezclada con una pizca de incredulidad estúpida. Negó frenéticamente con la cabeza, tratando de argumentar.
—¡U-usted no entiende, Don Moretti! —tartamudeó Rossi, levantando las manos temblorosas en un gesto defensivo—. ¡No puede simplemente hacernos desaparecer así! ¡Tenemos nombre, tenemos conexiones; los Rossi son conocidos e influyentes en Francia y en toda Europa! Si desaparecemos de la noche a la mañana, habrá escándalo, nos van a buscar…
No esperé a que terminara. Me puse de pie de un salto, con la furia estallándome en el pecho con tanta fuerza que la silla que ocupaba cayó hacia atrás y se estrelló ruidosamente contra el piso de mármol.
Di dos zancadas hasta él, lo agarré del cuello del saco caro y lo levanté con tanta fuerza que casi le despegué los pies del suelo. Acerqué mi rostro al suyo, sintiendo su aliento fétido de miedo.
—¿Te atreves a discutir conmigo dentro de mi casa? —rugí, con las venas del cuello saltándome—. ¡Me importa un carajo si son conocidos en Francia, en China o en el infierno! Para mí son menos que polvo. Si decido que se van a convertir en abono, ni el Papa los va a encontrar. ¿Y sabes qué? No voy a aceptar ni una afrenta más, ninguna excusa barata ni una pizca de insolencia dirigida a Elena o a esta casa.
Lo solté del cuello con un empujón violento, haciéndolo caer de nuevo en la silla, ahogándose con su propia tos. Me acomodé los puños de la camisa, respirando hondo para contener las ganas de romperle el cuello ahí mismo.
Enzo volvió a cruzar los brazos, sonriendo de lado ante la escena, mientras Matteo mantenía los ojos fríos fijos en el desgraciado.
—Límpiate esa cara de llorón antes de volver a su lado —le advertí, apuntándole con el índice al rostro a Rossi, que temblaba entero—. Porque, si Elena sale de esa sala con los ojos rojos por tu culpa, acabo con tu show privado ahora mismo.