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Atada A La Oscuridad Del Alfa

Atada A La Oscuridad Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Romance oscuro
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.

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capitulo 3

​El caramelo permaneció intacto sobre la alfombra durante casi media hora. Amelia no presionó. Se mantuvo sentada en el suelo frío, con la espalda apoyada contra el marco del armario, dejando que el niño se acostumbrara a su presencia y al ritmo pausado de su respiración.

​Poco a poco, el pequeño Mateo aflojó la tensión de sus hombros. Desenrolló las piernas de la manta raída y, con movimientos sigilosos y felinos, se arrastró por el suelo hasta alcanzar el dulce.

Lo tomó de un zarpazo rápido, lo examinó olfateándolo detenidamente y se lo llevó a la boca. Un pequeño suspiro de satisfacción se le escapó de los labios, y por primera vez, el brillo dorado de sus ojos perdió la fiereza salvaje, dejando ver solo a un niño exhausto.

​Amelia le sonrió con ternura, pero el momento de paz duró poco.

​Un crujido pesado rasgó el silencio fuera de la habitación. No fue el crujido común de la madera al ceder bajo el peso de unos pasos; fue una vibración sorda, un retumbo que pareció sacudir los cimientos del pasillo.

​Mateo reaccionó al instante. Un respingo violento recorrió su pequeño cuerpo. Se le dilató la pupila, soltó un gemido ahogado y, sin pensarlo dos veces, se metió debajo de la cama, ocultándose en la penumbra más profunda de la habitación.

​Amelia se puso de pie de golpe. La atmósfera del cuarto cambió de manera drástica en cuestión de segundos.

El aire se volvió extrañamente pesado, denso, cargado de un olor penetrante a tormenta, madera de cedro quemada y sangre seca que le oprimió el pecho, dificultándole la respiración. Un instinto primario y visceral, grabado en lo más profundo de sus genes, le gritó que corriera, que huera de allí inmediatamente.

​Antes de que pudiera dar un solo paso hacia la salida, las dos hojas de la puerta se abrieron de par en par con estrépito.

​La luz tenue del corredor se apagó de golpe cuando una figura gigantesca bloqueó el umbral. El hombre entró al cuarto con una zancada felina y pesada. La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco que resonó como un trueno dentro de la estancia.

​Amelia dio un paso atrás, pero su talón chocó contra el borde del armario. No había adonde ir.

​El hombre medía casi dos metros. Su espalda era ancha, cubierta por un abrigo largo de lana oscura que acentuaba la compostura imponente de su torso.

Tenía el cabello negro y revuelto, cortado a la altura de la mandíbula, y facciones talladas en piedra: pómulos marcados, una nariz recta y una mandíbula rígida, envuelta en una barba corta de varios días.

Pero lo que resultaba aterrador no era su tamaño, sino la presencia aplastante que proyectaba. Emanaba una aura de autoridad tan pura, tan feroz y tiránica, que las rodillas de Amelia amenazaron con ceder bajo el peso del pánico.

​Él no caminaba como un hombre común; se movía con la precisión letal de un depredador que conoce cada milímetro de su territorio a ciegas.

​—Elena dijo que habías aceptado el contrato —habló el hombre.

​Su voz no era fuerte, pero vibró en el aire con un tono tan grave, rasposo y helado que hizo que a Amelia se le erizara hasta el último vello de los brazos. Era una voz acostumbrada a mandar sin ser cuestionada jamás.

​—Sí... señor —logró articular Amelia, obligándose a mantener la voz firme a pesar del temblor que recorría sus piernas—. Soy Amelia Vance. La nueva...

​En un parpadeo, la distancia entre ellos desapareció.

​El hombre se movió a una velocidad inhumana. Antes de que Amelia pudiera terminar la frase, él ya estaba a centímetros de su rostro. Un brazo enorme, duro como el acero, se estampó contra la madera del armario, justo al lado de la cabeza de Amelia, acorralándola por completo contra el mueble.

El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, como un horno encendido, y su aliento contra la piel de ella olía a peligro puro.

​Amelia se pegó contra la madera, conteniendo la respiración. El rostro del Alfa estaba a escasos dedos del suyo.

​—No me importa tu nombre —siseó él, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado. Sus fosas nasales se dilataron al aspirar el aire que los rodeaba, olfateando el espacio entre el cuello y la clavícula de Amelia con una avidez brutal

—. Tampoco me importan tus títulos ni de qué agujero saliste. En esta casa, mi palabra es la única ley. Si asustas al chico, si cometes un solo error, no te voy a despedir, niña. Te voy a enterrar en el bosque detrás de esta casa.

​El tono de su amenaza no tenía dramatismo; era una declaración de hechos fría y ejecutada con absoluta frialdad.

​Amelia apretó las manos en puños detrás de su espalda para ocultar el temblor de sus dedos. La proximidad del hombre era sofocante, pero en medio del pánico que amenazaba con paralizarla, su entrenamiento en observación clínica se encendió de manera involuntaria.

​A tan poca distancia, Amelia lo miró directamente a la cara. Y fue entonces cuando notó la anomalía.

​Los ojos del Alfa eran de un gris tormentoso, hermosos pero completamente muertos. Sus pupilas no reaccionaban a la tenue luz que entraba por la ventana; permanecían fijas, dilatadas y sin ningún tipo de enfoque.

Mientras la amenazaba, él no la estaba mirando a ella; su mirada apuntaba a un punto vacío varios centímetros por encima de su hombro derecho. Se guiaba únicamente por el sonido de su respiración y el olor de su piel.

​Está ciego, comprendió Amelia en un destello de revelación que le heló la sangre. Este hombre poderoso, peligroso y temible... no puede ver nada.

​Sin embargo, a pesar de la ceguera, la forma en que se movía y la precisión con la que la había acorralado eran espeluznantes. No había tropezado, no había dudado. Su oído y su olfato suplían la vista con una eficacia aterradora.

​El Alfa volvió a inhalar hondo, inclinándose un milímetro más hacia el cuello de Amelia. De pronto, la rigidez de sus facciones experimentó un ligero cambio. Su mandíbula apretada se aflojó apenas un tramo imperceptible. Un destello de desconcierto cruzó por su rostro severo.

El aroma de Amelia —una mezcla de jabón neutro, lluvia y una nota dulce y cálida que pertenecía a su propia naturaleza— pareció impactar contra la bestia que rugía dentro de él, aplacando por un segundo su furia desmedida.

​El hombre frunció el ceño, visiblemente molesto por la reacción involuntaria de su propio cuerpo. Apretó los dientes con fuerza, haciendo que los músculos de su cuello se tensaran como cuerdas.

​—Tienes un olor extraño —murmuró él, con la voz aún más rasposa, casi en un susurro peligroso cerca de la oreja de Amelia—. Apestas a miedo... pero hay algo más.

​Amelia armó de valor el último rincón de su cordura, clavando sus ojos en el rostro impecable pero ciego del Alfa.

​—Si va a matarme, hágalo de una vez, señor Lian —dijo ella, alzando la mentón aunque el corazón le latiera a mil por hora en la garganta—. Pero si me pagó para cuidar a su hijo, déjeme hacer mi trabajo. El niño no está asustado por mí. Está aterrorizado de usted.

​Un silencio sepulcral cayo sobre la habitación.

​La tensión se volvió tan aguda que parecía a punto de romper el aire. Jamás en su vida nadie le había hablado al Alfa de la manada en ese tono, y mucho menos una humana insignificante.

Amelia sintió cómo el brazo del hombre se tensaba aún más contra la madera, amenazando con aplastarla, pero sostuvo la posición sin bajar la cabeza.

​El Alfa Lian apretó la mandíbula. Durante tres segundos eternos, Amelia sintió la muerte rondando a milímetros de su cuello. Luego, de manera repentina, el hombre se apartó de ella con una gracia fría y distante.

​—Tienes doce horas para demostrar que sirves para algo —dijo él, dándole la espalda y caminando hacia la salida con una precisión escalofriante—. Si vuelves a alzarme la voz, desearás haberte quedado en la calle.

​Salió del cuarto y cerró la puerta de un golpe, dejando a Amelia sola en la penumbra, intentando llenar de aire sus pulmones mientras el eco de sus pasos se perdía en la oscuridad del pasillo.

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celimar
super 💯💯💯💯👏👏
Lobelia
muy buenas el capitulo 💯
Lobelia
está muy buena
Miriam Josefina Vander Spoeltel
esta demasiado buena escritora no tardes mucho en actualizar xfaaaaaaaa gracias
Celina
💯💯👏👏me gusta
Celina
excelente gracias por compartir
Celina
super buena está historia
Lobelia
esto se está poniendo bueno 💯💯
Lobelia
💯💯💯💯
Lobelia
me gusta
Fernanda
💯💯💯💯💯👍
Fernanda
💯💯💯💯
celimar
muy buena l historia 💯
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