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Reencarne Para Amar Por Primera Vez.

Reencarne Para Amar Por Primera Vez.

Status: En proceso
Genre:Multi-reencarnación / Reencuentro / Terror
Popularitas:523
Nilai: 5
nombre de autor: Joiss Martinez

Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.

Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.

Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.

NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 14: El secreto en los archivos olvídalos

El silencio de la sección de archivos antiguos era denso, pesado, interrumpido únicamente por el leve crujir de las tablas de madera bajo los pies y el susurro lejano del viento golpeando los altos ventanales de la biblioteca. Alana se quedó inmóvil frente a la mesa de estudio, con los ojos fijos en la superficie del espejo de plata que reposaba sobre la madera oscura. La imagen de la puerta de madera carcomida que se abría por sí sola en el reflejo pareció disiparse lentamente en una neblina violeta, dejando de nuevo a la vista los reflejo de las lámparas colgantes del recinto y el respaldo de las estanterías llenas de tomos.

El calor en su cuello experimentó una pulsación intensa, un ardor sutil pero firme que actuaba como un recordatorio físico de que el tiempo corría en su contra. Si el grabado del siglo XIX que había visto en el reflejo ubicaba la ermita de los guardianes en las afueras de la ciudad, necesitaba encontrar un registro físico antes de que la biblioteca cerrara sus puertas o antes de que las sombras que la acechaban decidieran dar el siguiente paso.

Con el corazón latiéndole con fuerza en las sienes, comenzó a revisar los volúmenes apilados sobre la mesa. Eran tomos encuadernados en cuero gastado, catálogos eclesiásticos y crónicas locales de Toronto que apenas nadie había consultado desde hacía décadas. Sus dedos pasaban rápidamente por las páginas amarillentas, soportando el olor acre a polvo y humedad, hasta que sus ojos se detuvieron en un mapa topográfico doblado y guardado con cuidado en el bolsillo interior de la contratapa del registro más antiguo.

Lo desplegó con extrema delicadeza sobre la mesa, temiendo que el papel quebradizo se desmoronara entre sus manos. El mapa mostraba el trazado histórico de la región, y allí, marcado con una sutil tinta roja que se había desvanecido parcialmente con los años en los límites del valle, aparecía un punto exacto: Las ruinas de la Ermita del Reloj.

Alana sacó el bolígrafo con manos firmes y copió las coordenadas y los puntos de referencia en su cuaderno. A su lado, el reloj de arena dentro del morral emitió un sonido casi imperceptible, un crujido de cristales o de arena fina que parecía acelerarse ligeramente, como si el tiempo del mundo exterior no fuera el mismo que regía para ella.

Guardó el mapa con pulso seguro, cerró el cuaderno de un solo golpe y volvió a colocar todo en su morral. La investigación en los archivos había terminado.

Alana contuvo el aliento, pegando la espalda a la estantería de libros. Sabía que ya no podía dar marcha atrás.

Alana apoyó las yemas de los dedos temblorosos sobre el borde del espejo. El cristal plateado dejó de mostrar el reflejo de la biblioteca; en su lugar, la superficie se empañó con una bruma violeta que dio paso a imágenes fragmentadas y vívidas. Vio a una mujer de mirada altiva y vestidos de época recorriendo los mismos pasillos, pero siglos atrás. Vio rostros, nombres olvidados y la certeza desgarradora de que ella misma había vivido esa otra vida. Elena no era una desconocida ni un antepasado lejano: era su propio reflejo en el espejo de las eras, una mujer atrapada por una promesa incumplida que ahora reclamaba un cierre.

—¿Buscando respuestas en los rincones más oscuros de la historia, Alana? —una voz cálida y profunda rompió la quietud del pasillo.

Alana dio un sobresalto, cubriendo el espejo con el antebrazo. De entre las sombras de la estantería vecina emergió Gabriel. La luz tenue de la lámpara perfilaba su mandíbula marcada y esa sonrisa medio torcida, incluso en medio del caos sobrenatural. Llevaba una chaqueta oscura ligeramente arrugada por el viento de la calle y una expresión en los ojos que oscilaba entre la preocupación genuina y una curiosidad inexplicable.

—Gabriel... ¿Eres tú, de verdad eres tú ? —preguntó ella, intentando recuperar el aliento mientras su corazón daba un vuelco que nada tenía que ver con el miedo al peligro.

—Te vi salir corriendo de la cafetería con cara de estar huyendo de un fantasma —respondió él, acercándose lo suficiente para que Alana pudiera percibir su aroma familiar, una mezcla de sándalo y lluvia—. Y considerando que últimamente pareces vivir en una dimensión completamente distinta, pensé que necesitarías ayuda para cargar con tus misterios. O al menos, alguien que se asegure de que no te desmayes en una biblioteca .

Gabriel posó la mirada sobre la mesa, justo al lado del reloj de arena de bronce que seguía desafiando las leyes de la física. Alana contuvo el aliento, temiendo que él viera la bruma violeta o que saliera despavorido al notar que los objetos sobre la madera no pertenecían a este mundo. Sin embargo, cuando Gabriel estiró la mano para examinar el reloj, la arena suspendida dio una pulsación sincronizada con el calor de los tres lunares en el cuello de Alana.

—Es fascinante —susurró Gabriel, levantando la vista para mirarla fijamente a los ojos, con una intensidad que hizo que a Alana le costara tragar —. Siento como si ya hubiera visto este reloj antes... como si este lugar, y tú, estuvieran esperándome desde hace mucho más tiempo del que imaginas.

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