Amelia Geraldi fue la princesa de la mafia más temida de su país. Pero una noche, después de leer hasta el amanecer una novela sin remitente, se quedó dormida... y despertó en el cuerpo de la secundaria que muere en el primer acto.
Ahora es Amelia Sandoval, una chica de diecisiete años con cara de muñeca, una familia que ya no la reconoce y una protagonista de lágrimas fáciles que se las arregla para que todos la compadezcan. Peor aún: el hombre que mandó a matar a su nueva identidad sigue ahí. Adrián William, el villano de la historia, frío, brillante y obsesionado con proteger a la heroína, la tiene en su lista negra.
Lástima para él. Esta vez, la presa sabe disparar.
Entre pistolas, intrigas escolares y un tigre blanco que ya muerde, Amelia decide reescribir el final que odió. Lo que no esperaba era que el mismísimo villano empezara a mirarla a ella.
¿Quién cazará a quién cuando el corazón del villano esté en juego?
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El intruso
Al salir del colegio, Jenny y Aurora llevaron a Amelia a pasar el rato en su cafetería de siempre. Hacía bastante que no estaban juntas por culpa del accidente, así que insistieron en sacar de la casa a su amiga, aunque tuvieran que arrastrarla.
Se sentaron en un rincón bastante tranquilo. El aroma a café y a pastel recién horneado llenaba el local. Jenny no paraba de contar los últimos chismes del colegio, y Aurora de vez en cuando metía comentarios picantes que las hacían reír a las tres.
Pero, en medio de la charla, la atención de Amelia se desvió de golpe. Sus ojos habían captado una figura muy familiar: un hombre alto, de rostro atractivo, medio oculto bajo una gorra. Adrián.
Amelia entrecerró los ojos.
—Voy un momento al baño —dijo con naturalidad.
Sin esperar respuesta, se levantó y siguió al hombre desde lejos. La curiosidad le guiaba los pasos. Pocos minutos después lo vio entrar a una zona más apartada, detrás de la cafetería. Y allí, esperándolo, había una chica. Sofía.
La comisura de los labios de Amelia se curvó en una sonrisa fina.
Así que era cierto...
Se escondió rápido detrás de un panel de plantas ornamentales bastante grande. Desde ahí podía verlos y oírlos con claridad. Sofía estaba llorando, con los hombros temblando. Adrián, sentado junto a ella, le frotaba la espalda con ternura.
—Adri... —la voz de Sofía sonaba débil—. Me siento muy sola en el departamento. Extraño a la tía Graciela, al tío Balta, a Sebas. Y ahora hasta Sebas parece estarse alejando de mí.
Las lágrimas volvieron a rodarle por las mejillas.
—Por favor, aconséjale a Sebas que de vez en cuando me visite. Estoy segura de que todos se alejaron de mí por culpa de Lia. ¿Por qué me odia tanto? Hoy en el colegio ella y sus amigas me hicieron pedazos. Me acusaron de quitarle el prometido a una de ellas.
Y la frase siguiente casi hizo reír a Amelia.
—Hasta... hasta Lia me dio una cachetada hoy.
—¡¿Qué?!
Adrián se puso de pie de golpe. Su guapo rostro se oscureció de furia.
—¿Lia se atrevió a abofetearte?
Con cuidado, le tomó la barbilla y examinó su mejilla. Y sí: la mejilla de Sofía se veía un poco roja e hinchada. La imagen encendió la ira de Adrián.
—Esa maldita... Se merece una lección. Algo que de verdad la escarmiente.
Mientras tanto, Amelia, que lo observaba todo, sonrió con sorna.
Miren nada más. Qué tonto es el perrito faldero de Sofía, dejándose usar así.
Se recargó contra la pared.
No pensé que la protagonista fuera tan buena sembrando cizaña. Y tan doble cara. Si me acusa así cuando no hice nada, imagínate si de verdad me pongo a hacer travesuras.
Negó despacio con la cabeza. Lo más gracioso era que Adrián creía cada palabra de Sofía sin la menor duda. No era raro que en la historia original su destino fuera tan trágico: se manchaba las manos de sangre para proteger a Sofía. Mataba. Torturaba. Destruía a quien se interpusiera en el camino de ella. ¿Y al final? Sofía ni siquiera lo elegía. Terminaba feliz con Alexio, y Adrián moría solo. Olvidado. Abandonado. Como si todos sus sacrificios nunca hubieran existido.
Qué lástima. Y eso que es más guapo que Alexio. Y más rico. Qué mal que Sofía no sepa que en realidad es el nieto de un mafioso.
Volvió a mirar la cara de Sofía.
Pero entonces, ¿por qué tiene la mejilla de verdad hinchada? No me digas que se lastimó ella sola para acusarme.
La posibilidad tenía todo el sentido, porque Amelia estaba segura de que jamás la había tocado. Las comisuras de sus labios volvieron a subir.
Me parece que dentro de poco va a venir alguien a buscarme para cobrarme un error que ni siquiera cometí. Muy interesante.
Juguemos, Señor Guapo. Después del sabotaje al auto y el veneno, ¿qué otro jueguito me tienes preparado?
Cuando le pareció suficiente, Amelia se dio la vuelta y regresó a la mesa donde Jenny y Aurora la esperaban, antes de que cualquiera de las dos notara su ausencia.
* * *
Esa noche, la mansión Sandoval estaba sumida en el silencio. Las luces se habían ido apagando y todos los habitantes de la casa dormían.
En la habitación de Amelia, la chica dormía profundamente en su enorme cama. Hasta que, unos instantes después, una sombra negra se coló por la ventana, que había quedado entreabierta. Se movía rápido, ligera, con una destreza muy entrenada. Iba cubierta de negro de pies a cabeza, con el rostro envuelto en tela oscura que solo dejaba ver los ojos. Parecía un ninja. En la mano derecha empuñaba una daga afilada.
Paso a paso se acercó a la cama de Amelia. Sin ruido. Sin titubeos. Solo le quedaba un paso.
De pronto, los ojos de Amelia se abrieron.
En un parpadeo, saltó al otro lado de la cama, tan rápido que el intruso se sobresaltó. Y lo más sorprendente: en la mano de Amelia había una pistola Colt M1911A1, con el cañón apuntado directo a la cabeza del intruso.
Amelia sonrió de lado.
—Buenas noches.
El intruso se quedó helado. Era evidente que no esperaba que Amelia despertara. Y mucho menos que esa adolescente tuviera un arma de fuego. La situación se invirtió de golpe: ahora era él quien estaba en peligro. Pero si ella apretaba el gatillo, el disparo despertaría a toda la casa y su misión fracasaría por completo.
Sin pensarlo, dio media vuelta e intentó huir por la ventana. Amelia se le adelantó. Se lanzó como una flecha.
¡Pum!
Una patada brutal le dio en la espalda y lo derribó. La pelea que siguió fue inevitable y feroz. La daga contra las manos desnudas. Patadas. Golpes. Llaves. Ambos peleaban con una habilidad muy por encima de la de una persona común. Pero al final, Amelia llevó la ventaja. Desde pequeña la habían entrenado su papi y sus dos hermanos locos, y más de una vez se había enfrentado a sicarios enviados por los enemigos de su padre. Un solo intruso no era problema.
Minutos después, el hombre de negro yacía atado con fuerza en el suelo, con el cuerpo lleno de heridas. Amelia ni siquiera tenía la respiración agitada. Se agachó frente a él con total calma y le arrancó la tela del rostro.
¡Ras!
Apareció el apuesto rostro de Adrián.
Amelia sonrió con dulzura.
—Bienvenido, Señor Guapo. El juego estuvo divertido, ¿verdad?
Adrián solo la miraba con dureza, y Amelia siguió parloteando.
—Vaya, ¿quién será este? ¿No eres el amigo de Sebas, el que viene seguido a la casa? Mmm... ¿cómo reaccionará Sebas cuando sepa que su mejor amigo intentó matar a su propia hermana? Ah, claro. Quizá como soy la hija a la que ignoran, ¿tú piensas que no importa?
Su mirada se endureció.
—Escucha bien, Adrián. Me aguanté lo del veneno que mandaste. Pero ahora...
Le agarró la barbilla. Su sonrisa seguía siendo dulce, pero los ojos eran de hielo.
—Entraste a mi cuarto con una daga. Qué valiente.