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Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.

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Capítulo 10

El que anda rondando

Los días siguientes cargué conmigo una incomodidad que no sabía dónde poner. Desde aquella tarde en el vestíbulo, tenía la sensación tonta de que alguien me seguía la sombra. Me lo achacaba a los nervios de mujer recién divorciada que vive sola, y seguía con mi vida. Pero la sensación no se iba.

Fue Jimena la que le puso nombre a mi desasosiego, aunque ella no lo supiera.

—Comadre, prende el chisme —arrancó una noche por teléfono—. Tu ex anda de pena ajena. Como no puede pasar de la caseta de tu edificio ni te contesta un mensaje, se la vive metido en un antro de Polanco, ahogándose en whisky y llorándole a quien lo oiga.

—Que se ahogue —dije, sin levantar la vista del guiso—. No es mi problema.

—Ahí es donde te equivocas. —Su tono cambió, se puso serio—. Porque no está solo. Lo vieron pegado a un tal Nicolás Bardález. Y ese apellido, Regi, es de los que una abogada aprende a olerle el peligro de lejos. Los Bardález son dinero sucio, del feo. Y el tal Nicolás tiene fama de ser lo peor con las mujeres. Lo peor, comadre.

Dejé la cuchara.

—¿Y a mí qué?

—A ti nada, ojalá. —Hizo una pausa que no me gustó—. Pero me contaron que Gustavo, en su borrachera, andaba enseñando fotos tuyas y despotricando de que lo dejaste "por soberbia". Y que en lugar de consolarlo, el Bardález ese preguntó mucho por ti. Que quién eras. Que dónde vivías ahora. Que si de verdad tenías tanto dinero. Con demasiado interés para mi gusto, Regi. Ese no es interés de amigo del ex; ese es interés de otra cosa.

—Estás exagerando —dije, más para mí que para ella.

—Ojalá. Soy abogada penalista de fin de semana, comadre, se me da el mal pensamiento. Pero hazme caso: cierra bien, ¿eh? No abras a nadie que no conozcas y no andes sola de noche. Prométemelo.

—Te lo prometo.

Colgué con un frío nuevo instalado en el estómago. Un hombre parado en la banqueta mirándome. Un desconocido preguntando dónde vivía. Dos piezas que mi cabeza se empeñaba en juntar y que yo, a fuerza de voluntad, separaba. Me dije que era casualidad. Que la ciudad está llena de hombres parados en banquetas. Me lo dije varias veces, y ninguna me lo creí del todo.

Esa misma tarde Leo tocó a mi puerta, como hacía cada vez más seguido, con cualquier pretexto —esta vez, un frasco de miel "que le sobraba"—. Pero venía distinto. Distraído. Traía el teléfono en la mano y lo consultaba con el ceño fruncido.

Sonó mientras le servía un café. Contestó de mala gana.

—Estrella. —Escuchó un momento, y algo en su cara se cerró—. No es asunto tuyo... No hay ninguna mujer... Dile a mi mamá que deje de mandar espías. Adiós.

Colgó. Se pasó la mano por la cara. Y por primera vez desde que lo conocía, el joven de acero se veía cansado.

—Disculpe —dijo—. Mi familia.

—No tiene que explicarme nada, joven Mendívil.

—Lo sé. —Pero se quedó mirando el café, y habló, despacio, como quien abre una puerta que casi nunca abre—. Mis papás llevan meses con lo mismo. Que ya es hora de que siente cabeza. Que cuando aparezca la persona indicada la agarre y no la deje ir. Mi mamá lo dice como si se le fuera la vida en ello. —Sonrió sin ganas—. Y en cierto modo se le va.

No dije nada. Aprendí hace mucho que el silencio invita más que las preguntas.

—Yo tuve un hermano —siguió, y bajó la voz—. Nacho. Ignacio. El mayor. Se mató en un accidente a los quince años. Yo ni había nacido. —Giró la taza entre las manos—. En mi casa casi no se habla de él, pero está en todas partes. Su foto en el pasillo, su cuarto que mi mamá no dejó tocar en años, el silencio cada vez que sale la fecha. Crecí compitiendo con un fantasma que siempre iba a ganar, porque a los muertos nadie los alcanza.

Guardó silencio un momento. Yo tampoco lo llené.

—Mi mamá me tuvo después de perderlo. Ya grande, pasados los cuarenta. Los médicos le dijeron que era una locura, que se jugaba la vida, que a su edad y con su presión era un suicidio. Lo hizo de todos modos. Dijo que no podía vivir en una casa sin hijos. Casi se muere en el parto; estuvo semanas en terapia intensiva. —Alzó los ojos hacia mí—. Así que sí, soy el hijo que nació de un duelo. Crecí en una casa donde perder a alguien es el miedo más grande que existe, más grande que cualquier otra cosa. Por eso son así con lo de que me case, con lo de que "no vaya a quedarme solo". No es capricho, Regina. Es pánico. Llevan toda mi vida con pánico.

Me quedé sin palabras un momento. Detrás del heredero de Grupo Mendívil, del muchacho que mandaba doscientas cajas de aceite para no decir "pienso en usted", había un niño criado entre fantasmas, cargando el peso de un hermano que no conoció y una madre que lo tuvo desafiando a la muerte. De pronto sus rarezas —lo obstinado, lo posesivo, esa manera de quererme la buena vida sin saber pedírmela— tenían una raíz, y la raíz dolía.

—Lamento lo de su hermano —dije al fin, y lo dije de verdad—. Pero óigame una cosa, joven Mendívil, de alguien que le lleva años y unos cuantos golpes: no deje que el miedo de ellos le escoja la vida. El miedo ajeno es la peor brújula que hay. Yo viví cuarenta años según los miedos de otros, según el qué dirán de mi madre y las conveniencias de mi marido, y le juro que no se lo deseo a nadie. Me costó carísimo darme cuenta.

—¿Y ahora? —preguntó, sin apartar la vista.

—Ahora vivo según los míos. Que también dan miedo, pero al menos son míos.

Me miró de un modo que me hizo bajar la vista al café, y agradecí que en ese momento sonara el timbre del microondas para tener algo que hacer con las manos.

Se fue al rato. Y yo, para sacudirme la tarde, quedé de verme con Lorena a cenar. Salí ya de noche, contra mi costumbre, envuelta en el abrigo, con las llaves apretadas en el puño como me había enseñado mi madre sin querer enseñarme nada bueno.

La calle estaba tranquila, mal iluminada en ese tramo donde una farola llevaba semanas fundida. El aire olía a lluvia por venir. Caminé rápido, con la cabeza gacha, repasando mentalmente la advertencia de Jimena y odiándome un poco por hacerle caso, por haberme vuelto una mujer que mide las sombras.

A media cuadra, sin girarme del todo, percibí que la pareja de inquilinos nuevos del cuarto piso caminaba también por ahí, unos metros atrás, sin acercarse ni alejarse, con ese paso parejo y atento que llevaban siempre que coincidíamos, como si el azar se empeñara en ponerlos en mi mismo rumbo a la misma hora. Debería haberme dado miedo también ellos, pensé; en cambio, no sé por qué, su presencia me tranquilizaba. Iba a darle vueltas a esa rareza cuando escuché los pasos.

Otros pasos. Más rápidos. Detrás.

Apreté el paso. Ellos también. El corazón me subió a la garganta. Busqué la esquina iluminada con la mirada, calculé cuántos metros, saqué el teléfono con dedos torpes.

Y entonces una mano se cerró sobre mi brazo. Fuerte. De golpe. Me giró.

En la penumbra, a un palmo de mi cara, sonriendo, estaba el hombre de la banqueta.

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Hilda Estrada
changos😃
Hilda Estrada
que madre tan fea te toco, te entiendo : mi madre siempre me señalaba y me decía groserias😫
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