En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Capítulo 4
Y lo vi.
Al principio el cerebro no me lo dejó entender. Era una cara dormida, relajada, con la sombra de la barba de la noche, el pelo negro cayéndole en la frente. Guapo. Tranquilo. Un desconocido.
Y entonces encajó, como una foto que de pronto enfoca, y se me cayó el mundo encima.
Lo conocía.
No de anoche. De antes. De una pantalla, de un evento al que Ximena me arrastró y del que yo me fui temprano, de las mil fotos que mi mejor amiga me había enseñado con esa mezcla de orgullo y fastidio: "Mira, este es mi papá otra vez saliendo en la revista, qué oso."
Maximiliano Montalvo.
Treinta y cinco años. Doce más que yo. El soltero más poderoso de la ciudad.
El papá de Ximena.
El papá de mi mejor amiga.
El aire se me fue del pecho de un solo golpe. Me quedé completamente quieta, el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iba a despertarlo. No. No, no y no. Esto no estaba pasando. Cerré los ojos, los volví a abrir. Seguía ahí. La misma cara. El mismo hombre con el que —Dios mío— con el que yo—
Se me revolvió el estómago. El tequila, la vergüenza, el horror, todo junto.
Empecé a hacer cuentas de golpe, atropelladas. Ximena. Los domingos en su casa. Las veces que ella dijo "algún día te presento a mi papá, se van a caer bien". Las comidas familiares a las que me invitó y a las que yo no fui porque me daba pena ser la amiga sin apellido. Este hombre. Este mismísimo hombre era el papá del que Ximena hablaba con los ojos brillando, el que la crió, el que la sacó adelante. Y yo había pasado la noche entre sus brazos.
Iba a vomitar. Me tragué las ganas.
El brazo pesaba sobre mi cintura como una barra de hierro. Empecé a levantarlo con dos dedos, milímetro a milímetro, aguantando la respiración, rezando por no despertarlo, buscando con los ojos mi vestido tirado en el piso, la puerta, la salida, cualquier salida.
—No vas a llegar muy lejos así —dijo su voz.
Me quedé helada.
No estaba dormido. A lo mejor llevaba rato despierto. Cuando giré la cabeza otra vez tenía los ojos abiertos, oscuros, clavados en mí, y en la cara ni una pizca de sorpresa. Ni de culpa. Nada. Estaba tan tranquilo como en el sillón del Éclipse, como si despertar conmigo fuera lo más natural del mundo.
Me solté de un tirón y me senté en la orilla de la cama, arrastrando la sábana conmigo para taparme. El cuarto me dio vueltas.
—Usted… —empecé, y la voz me salió rota—. Usted es…
—Maximiliano —dijo él, con calma, incorporándose sobre un codo—. Y sé quién eres tú, Camila.
Que dijera mi nombre me heló más que todo lo demás. Yo nunca se lo dije. Anoche le pregunté cómo se llamaba y me dijo "después"; nunca le dije el mío. Y sin embargo ahí estaba, en su boca, como si lo hubiera dicho mil veces.
—¿Cómo…? —Se me trababa la lengua—. ¿Cómo sabe mi nombre? Yo no se lo dije.
—Lo sé —fue todo lo que contestó.
—No. No, esto… esto es un error. Yo no… yo tengo que irme. Tengo que irme ya.
Me levanté. Las piernas me temblaban. Localicé el vestido, di un paso hacia él, se me enredó la sábana. Todo mi cuerpo pedía a gritos salir de esa habitación antes de que fuera más real de lo que ya era.
—Camila.
—Me tengo que ir —repetí, agachándome por el vestido, hablando rápido, sin mirarlo—. Perdón. Perdón, esto no debió, yo había tomado, yo no sabía quién era usted, esto no puede… Ximena no puede… —Se me cortó la voz en el nombre de mi amiga—. Por favor. Olvidemos esto. Nunca pasó.
Él se sentó en la cama, sin apuro, con la sábana cayéndole por la cintura, y me miró terminar de ponerme el vestido con las manos temblorosas, batallando con el cierre que anoche él había abierto tan despacio. No se levantó a ayudarme. No se acercó. Solo me miraba con esa calma que empezaba a darme más miedo que si me hubiera gritado.
—¿Por qué está tan tranquilo? —le espeté, porque su serenidad me sacaba de mis casillas—. ¿No entiende lo que pasó?
—Entiendo perfectamente lo que pasó —dijo—. El que no lo está entendiendo eres tú.
—Pasó —repetí, casi para mí, incrédula, con el cierre a la mitad.
—Pasó —dijo él, tranquilo—. Y no lo voy a olvidar.
—Señor Montalvo. —El "señor Montalvo" me salió solo, y en cuanto lo dije sentí la distancia que abría, el muro, el tabú, todo lo que ese apellido significaba: el papá de Ximena, un hombre de otro mundo, doce años mayor que yo, alguien que jamás, jamás debió tocarme—. Por favor. No haga esto más grande.
Se quedó callado un segundo. Después dijo, con esa voz baja y firme que no admitía discusión:
—Yo me hago responsable.
Me quedé congelada con una mano en el cierre.
—Me caso contigo —dijo.
El cuarto se detuvo. Lo miré, esperando la burla, la carcajada, cualquier cosa que me dijera que no hablaba en serio. No había nada de eso. Lo decía como quien firma un papel. Como quien ya lo tenía decidido desde antes.
—Usted no me conoce —solté, con la voz quebrada—. Anoche era una desconocida dolida, con tequila encima y una tarjeta de hotel. No se casa uno con eso.
—Sé más de ti de lo que crees —dijo, y lo dijo tan tranquilo que me erizó la piel más que cualquier grito—. Y anoche no fuiste una desconocida. Fuiste una decisión.
No entendí lo que quería decir. No en ese momento. Solo sentí el suelo moverse.
—No —dije. Salió en un hilo—. No, señor Montalvo… no.
—Camila—
—¡No! —Retrocedí hacia la puerta, con los tacones en la mano porque no me daba tiempo de ponérmelos—. Usted es el papá de Ximena. ¿Entiende eso? Es el papá de mi mejor amiga. Yo… esto no puede pasar. Esto no existió.
—Camila —dijo, y por primera vez hubo algo en su voz, no una orden, casi una petición—. No corras.
Corrí.
Abrí la puerta de la suite y salí al pasillo alfombrado, descalza, con el vestido a medio cerrar y los tacones en la mano y el corazón queriéndose salir. No corrí porque las piernas no me daban, pero caminé lo más rápido que pude hacia el elevador, apreté el botón mil veces, y cuando por fin se cerraron las puertas y me vi en el espejo —despeinada, con la boca sin pintura, con los ojos de alguien a quien se le acaba de caer la vida encima— por fin me solté a llorar.
—
Llegué a mi casa temblando, con el sol de la mañana pegándome en la cara como una acusación. El taxista me preguntó si estaba bien y le dije que sí con una voz que no me creí ni yo. En el asiento de atrás, con el vestido de antro arrugado y los pies descalzos y el maquillaje de anoche corrido, repasaba una y otra vez las mismas imágenes: la foto de Priscila, la tarjeta sobre la mesa del Éclipse, sus manos, su cara dormida, "me caso contigo". Una noche. Una sola noche me había bastado para arruinarlo todo.
Me metí a bañar y me tallé la piel hasta dejarla roja, como si el jabón pudiera borrar la noche. No la borró. Debajo del agua caliente me acordaba de sus manos, de su voz diciéndome "respira", de lo cuidado que me había sentido, y me odiaba por acordarme con algo que no era del todo asco.
No fue hasta la tarde, cuando junté el valor para vaciar la bolsa y buscar el celular apagado, que encontré lo que él había metido ahí.
Una tarjeta. Negra, sin nombre, pesada, de esas que yo solo había visto de lejos, de esas que no tienen límite.
Y debajo, doblada, una bolsa que yo no llevaba anoche. Adentro, ropa. Ropa nueva, con etiqueta, cara. Un vestido sencillo y hermoso. Zapatos bajos. Todo lo que una necesitaría para salir de un hotel con dignidad en vez de con un vestido de antro a medio cerrar.
Lo saqué con las manos frías. Miré la etiqueta del vestido.
Era mi talla. Exacta.
No una aproximación. No un "más o menos". Mi talla. La de verdad, la que ni Diego se aprendió en tres años.
En ese momento el celular vibró en mi mano. Un mensaje de Ximena, con tres signos de admiración y un montón de emojis: "¡¡Amiga!! ¿Dónde andas? Mañana comida en casa de mi papá, ¿vienes? ¡Ya di que sí!"
Se me cayó la tarjeta al piso.
Cerré los ojos. El papá de Ximena. La comida en su casa. Su casa. Iba a tener que verlo. Iba a tener que verlo sentada a la mesa, frente a mi mejor amiga, fingiendo que no conocía cada centímetro de ese hombre.
Me senté en el piso de mi cuarto con la ropa en el regazo y la tarjeta negra en la mano, y una sola pregunta se me clavó en el pecho y ahí se quedó, fría, imposible de sacar:
¿Cómo sabía mi talla?
Anoche no me compró nada. Anoche solo me vio llegar con una tarjeta en la mano y decirle "¿te atreves conmigo?". Anoche fui yo la que fue hacia él.
¿O no?
"Sé quién eres tú, Camila."
Lo miré todo otra vez —la tarjeta, el vestido a mi medida, la calma con la que despertó, la calma con la que dijo mi nombre— y por primera vez, entre todo el horror, se me metió una idea peor que todas las demás.
Esto no había sido casualidad.