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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

# Capítulo 9: Pared de cristal

El lunes a las nueve de la mañana, Alejandro Montero convocó una reunión con todo el equipo administrativo del piso dieciocho.

No era una reunión programada. No estaba en la agenda. Alegra lo supo porque ella manejaba la agenda y esa reunión no existía hasta las 8:47, cuando él le envió un mensaje de una línea por el sistema interno:

"Sala 2. 9:00. Todos."

"Todos" significaba las seis personas del equipo administrativo de la dirección general: Alegra, dos analistas, una coordinadora de proyectos, el responsable de archivo y Sofía Valenzuela, que técnicamente pertenecía a otro departamento pero que gravitaba hacia el piso dieciocho con la constancia de un satélite que no encuentra su órbita.

Se sentaron alrededor de la mesa ovalada. Alejandro entró a las nueve en punto —nunca un minuto antes, nunca un minuto después— con su carpeta bajo el brazo y esa postura que hacía que la sala pareciera más pequeña de lo que era.

No se sentó.

—He terminado de reorganizar la estructura administrativa de esta dirección —dijo, sin preámbulo ni teatro corporativo—. El nombramiento de Alegra Vega como mi asistente ejecutiva queda formalizado a partir de hoy. Se encargará de mi agenda, mi correspondencia y la coordinación con las demás áreas.

Sofía se irguió en su silla como un perro que oye la palabra "paseo."

Alejandro recorrió la mesa con la mirada. Se detuvo.

—Vega.

Alegra, que estaba anotando lo que él decía en su libreta porque eso era lo que una buena asistente administrativa hacía, dejó de escribir.

—¿Señor?

—Tú. A partir de hoy.

Hubo una pausa en la que seis personas piensan seis cosas distintas y ninguna las dice en voz alta.

Sofía fue la excepción.

—Pero... apenas terminó su periodo de prueba —dijo, con un tono que intentaba ser profesional y solo logró ser transparente.

Alejandro la miró. No con dureza. Con algo peor: con indiferencia.

—¿Alguna otra observación?

Sofía se hundió en su silla como un globo al que le sacan el aire.

—No, señor.

—Bien. Vega, tu escritorio se muda a la antesala de mi oficina. Recursos Humanos procesará el cambio de puesto hoy. —Cerró la carpeta—. Es todo.

Salió de la sala. Alegra se quedó sentada con la libreta abierta y la pluma suspendida sobre una palabra a medio escribir.

¿Qué acaba de pasar?

Lo que acaba de pasar era que su escritorio ahora estaba a cuatro metros de Alejandro Montero, separado de él por una pared de cristal.

A las once de la mañana, dos hombres de mantenimiento movieron sus cosas del escritorio exterior al de la antesala. No era un escritorio cualquiera: era de madera clara, con un monitor nuevo, una silla ergonómica que probablemente costaba más que todo el mobiliario de su cuarto en Iztapalapa, y una vista directa —directísima, sin obstrucciones, sin excusas— al interior de la oficina del director general.

Alegra se sentó. Acomodó sus cosas. Encendió la computadora.

Y levantó la vista.

Alejandro estaba en su escritorio, al otro lado del cristal, leyendo un documento. La luz de la ventana le daba de costado, marcándole la línea de la mandíbula y el perfil que parecía diseñado por un arquitecto con tendencias perfeccionistas.

Él no la miró.

Ella lo miró a él.

Cuatro metros. Estoy a cuatro metros de este hombre. Ocho horas al día. Cinco días a la semana. Con una pared de cristal que no cubre absolutamente nada. Puedo ver cuando parpadea. Puedo ver cuando gira el bolígrafo. Puedo ver cuando se afloja la corbata a las seis de la tarde.

¿Esto es la confirmación de mi ascenso o una sentencia?

Bajó la vista a su pantalla. Abrió la agenda del día. Tres juntas, dos llamadas con Monterrey, una revisión de contratos a las cuatro.

Podía hacer esto. Era su trabajo. Era profesional. Era capaz.

Levantó la vista. Él seguía leyendo. La corbata de hoy era azul marino. La camisa, blanca. Las manos sobre el papel, largas, con esos dedos que ella sabía que se manchaban de pintura por las noches.

Alegra. Pantalla. Trabaja.

Bajó la vista.

Tres minutos después, la levantó.

Él se estaba tocando la nuca con la mano izquierda, un gesto que ella había catalogado como "está pensando en algo que no tiene que ver con el trabajo." La manga de la camisa se le había subido un centímetro, dejando ver el comienzo de la muñeca. Piel clara. Sin reloj: nunca usaba reloj.

¿Por qué no usa reloj? Todo el mundo usa reloj. ¿Será porque le estorba cuando pinta? ¿O será porque un hombre que controla cada minuto de su vida no necesita que un aparato se lo recuerde?

Se pellizcó el muslo por debajo del escritorio.

Basta. Trabaja.

La primera semana con el nuevo escritorio fue un ejercicio de disciplina que habría impresionado a un monje tibetano.

Alegra descubrió que ver a Alejandro Montero todo el día era como vivir con una fuente de agua en el desierto: imposible de ignorar, peligroso acercarse demasiado, y constantemente presente en la periferia de su conciencia.

Descubrió sus horarios con precisión de cronómetro. A las 8:30 revisaba el correo. A las 9:00, la primera llamada. A las 10:15, se levantaba a estirar las piernas —tres pasos hasta el ventanal y tres pasos de vuelta, siempre los mismos—. A las 11:00, pedía café. A las 12:30, revisaba algo en su teléfono personal —un gesto rápido, casi furtivo, como si le avergonzara tener vida fuera del trabajo—. A las 2:00, almorzaba en su escritorio. Solo. Siempre solo.

Y a las 6:00 de la tarde, como un reloj interno que nunca fallaba, se aflojaba la corbata.

Es un hábito, se dijo Alegra. Todo el mundo tiene hábitos. No tiene nada de fascinante.

Pero lo observaba como si fuera fascinante. Cada día. A las seis en punto.

Los dedos grandes desatando el nudo con un solo movimiento. La tela aflojándose alrededor de su cuello. El primer botón de la camisa que se desabrochaba, dejando ver el inicio de la clavícula.

Alegra. La pantalla. El cursor parpadea. Hay un correo sin responder. Deja de mirarlo.

Bajó la vista.

Pero lo que Alegra no sabía era que la pared de cristal funcionaba en ambas direcciones.

Alejandro Montero descubrió que tener a Alegra Vega a cuatro metros de distancia, todo el día, era un error estratégico de proporciones monumentales.

No porque fuera mala asistente. Era excelente. Eficiente, puntual, discreta. El café llegaba a las 8:15 con dos de azúcar y sin leche. La agenda estaba impecable. Los documentos, clasificados por prioridad. Las llamadas, filtradas con una precisión que el propio Héctor no había logrado en trece años.

El problema eran las otras cosas.

El problema era que ella se mordía la punta del bolígrafo cuando leía algo complicado. El problema era que se recogía el pelo en un chongo improvisado cuando tenía calor, y que el chongo siempre se deshacía a las tres de la tarde, dejándole el pelo suelto sobre los hombros como una cascada que no pedía permiso. El problema era que comía en su escritorio —a pesar de que él le había sugerido que bajara al comedor— y que cada vez que comía algo con las manos, se chupaba los dedos con una inocencia que él no podía creer que fuera real.

El problema era que ella no sabía que él la miraba.

O eso creía él.

Porque Alejandro Montero, un hombre que había construido un imperio a base de control, disciplina y la capacidad de no sentir nada que no eligiera sentir, se descubrió a sí mismo haciendo algo que no había hecho en treinta y dos años de vida:

Levantar la vista del trabajo para mirar a otra persona.

No una vez. No dos. Constantemente. Como un tic. Como una compulsión. Como la mano que va al bolígrafo cuando algo lo irrita, pero en dirección opuesta: la mirada que iba al cristal cuando algo lo... cuando ella...

Se obligó a concentrarse en el contrato de Monterrey. Las cláusulas de exclusividad. Los márgenes de distribución. Números. Porcentajes. Cosas que tenían sentido.

Al otro lado del cristal, Alegra estornudó.

Fue un estornudo pequeño, contenido, seguido de un "ay" bajito y una risita que se escapó antes de que ella pudiera atraparla. Se frotó la nariz con el dorso de la mano. Sus hoyuelos aparecieron un instante.

Alejandro apretó el bolígrafo hasta que la tinta amenazó con reventar.

Es una empleada. Es tu asistente. Tiene veintitrés años. Trabaja para ti. No la mires.

Bajó la vista al contrato.

Las cláusulas de exclusividad se habían convertido en un borrón de tinta sin significado.

El jueves, Héctor apareció a la hora de la comida. Se apoyó en el escritorio de Alegra con la familiaridad de quien se apoya en su propia mesa de noche.

—¿Cómo va la vida al otro lado del cristal?

—Bien —dijo Alegra, sin levantar la vista de la pantalla—. Normal.

—Normal. Trabajas a cuatro metros de un hombre que se ve así —señaló hacia la oficina con el pulgar— y me dices que es "normal."

—Es mi jefe, Héctor.

—Sí, sí. Tu jefe. ¿Y tu jefe te mira mucho?

Alegra dejó de teclear. —¿Cómo?

—Te pregunto si tu jefe te mira. A través del cristal. Cuando crees que no te das cuenta.

El calor le subió al rostro como una ola. —No me he fijado.

—Mentira. Te has fijado. Lo que pasa es que te da miedo admitirlo.

Alegra lo miró. Héctor tenía esa sonrisa que ella ya conocía: la de un hombre que sabe más de lo que dice y disfruta cada segundo de la ventaja.

—Héctor, no sé qué crees que está pasando, pero...

—Lo que creo es que mi mejor amigo, que lleva trece años sin mirar a nadie que no sea un balance financiero, ahora tiene una pared de cristal entre él y la única persona que lo hace levantar la vista del trabajo. —Se inclinó hacia ella—. Y lo que creo es que tú, Alegra Vega, levantas la vista igual que él. Y que los dos creen que el otro no se da cuenta.

—Eso es ridículo —dijo Alegra.

—Es ridículo —confirmó Héctor—. Es absolutamente ridículo. Y es la cosa más bonita que he visto en esta oficina en trece años.

Se enderezó. Se acomodó la corbata con un gesto exageradamente profesional.

—Bueno, me voy. Tengo una junta con logística que promete ser mortalmente aburrida. —En la puerta, se detuvo—. Ah, una cosa. El cristal es transparente, Alegra. Lo que significa que cuando tú lo miras a las seis de la tarde mientras se afloja la corbata, él puede verte mirándolo.

Alegra se quedó helada.

Héctor le guiñó un ojo y desapareció.

Esa tarde, a las seis en punto, Alegra mantuvo la vista clavada en su pantalla. No levantó los ojos. No los levantó a las seis y un minuto. Ni a las seis y dos. Ni a las seis y cinco.

A las seis y ocho, no pudo más.

Levantó la vista.

Alejandro estaba de pie junto al ventanal, con la corbata aflojada, el primer botón desabrochado, las manos en la espalda. Miraba hacia afuera. O eso parecía.

Pero justo en ese instante, como si un cable invisible los conectara, él giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron a través del cristal.

Cuatro metros de aire y una pared transparente. La luz del atardecer entrando por el ventanal, tiñendo todo de ámbar. Él con su corbata aflojada. Ella con el pelo suelto porque el chongo se había rendido a las tres y cuarto, como siempre.

Duró dos segundos. Tal vez tres. El tiempo suficiente para que algo pasara entre ellos que no tenía nombre, que no estaba en ningún manual de recursos humanos, y que ninguno de los dos iba a mencionar jamás.

Él desvió la mirada hacia el ventanal. Ella bajó la vista a su pantalla.

El cursor parpadeaba sobre un correo que empezaba con "Estimado señor Montero" y que ella no iba a poder terminar esa noche.

Se quedó hasta las ocho. Él se quedó hasta las nueve. Y cuando ella pasó frente a su oficina para irse, la luz del estudio ya estaba encendida.

El olor a pintura la acompañó hasta el elevador como una despedida que no necesitaba palabras.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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