Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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03
—¿Hay alguna otra prueba? ¿Infidelidad, por ejemplo? —preguntó Andrés.
—Por ahora no. No sé si Adrián nunca me fue infiel o simplemente yo nunca me enteré —respondió Camila, negando con la cabeza.
—¿Y dónde vas a vivir si vendes la casa, Cami? —intervino Mariana.
—Pienso comprar un departamento.
—Es lo mejor. No te quedes en esa casa ni un día más, aunque todavía no se haya vendido —aconsejó Andrés.
—¿Conocen a alguien que pueda estar interesado en comprarla?
—Mándame fotos de la fachada y del interior. Andrés y yo se la ofrecemos a nuestros contactos —propuso Mariana.
—Perfecto, hoy mismo las tomo. También voy a publicar el anuncio en redes. Ojalá se venda antes de que ellos regresen.
—Ojalá, Cami. De verdad te lo deseo.
—Bueno, me voy. Hoy quiero empacar todas las cosas de ellos.
—Ten cuidado, Cami. Y avísanos cualquier cosa que necesites.
—Gracias, Mari. Por todo.
Camila salió de la casa de Mariana sin perder un minuto. Quería ordenar cuanto antes las pertenencias de toda esa familia, con la esperanza de que la casa ya tuviera nuevo dueño antes de que ellos regresaran.
Al llegar, fotografió la fachada desde varios ángulos y recorrió el interior tomando fotos de cada habitación. Publicó el anuncio de venta en sus redes sociales y se quedó mirando la pantalla.
—Con suerte alguien se interesa —dijo en voz baja.
Caminó hasta la recámara principal. Abrió la puerta y contempló el cuarto que alguna vez fue suyo. Después de casarse con Adrián, doña Teresa se lo había quedado.
Sacó varias cajas grandes y comenzó a meter las pertenencias de su suegra. No alcanzaron. Las prendas restantes las fue echando en bolsas de basura negras.
—Discúlpeme, señora. Ustedes me obligaron a llegar a esto —se sacudió las manos al terminar con las cosas de doña Teresa y don Jaime.
Pasó a la habitación de Valeria y Diego. Hizo lo mismo: todo a las cajas, todo a las bolsas.
—Falta lo de Adrián, pero primero un descanso.
Se dejó caer en el sofá y abrió las redes sociales. La pantalla se llenó de publicaciones de Valeria: selfies frente al mar, la familia entera posando en la terraza de un hotel con vista al océano.
«Un respiro después del largo viaje. ¡Por fin llegamos a Cancún!», decía una de las publicaciones.
—Disfruten su última vacación. Gócenla al máximo, porque les aseguro que después de esto no van a poder viajar juntos nunca más —murmuró Camila con una sonrisa fría.
Le rugió el estómago. Recién cayó en cuenta de que ya era la tarde y se había saltado el almuerzo.
—Voy a cocinarme algo rico.
Fue a la cocina y empezó a preparar un platillo picante, su favorito. No lo había cocinado en tres años. Desde que se casó, solo preparaba lo que le gustaba a la familia de Adrián.
A Adrián y los suyos les molestaba la comida picante. Camila, en cambio, la adoraba. Pero como Adrián le prohibió cocinar con chile, dejó de hacerlo.
—Por fin, después de tanto tiempo, puedo comer lo que a mí me gusta —aspiró el aroma que llenaba la cocina.
Comió despacio, saboreando cada bocado. Sintió que algo dentro de ella volvía a su lugar, como si recuperara una pieza que le habían arrancado. Libertad. Eso era.
El celular vibró con una notificación. Camila leyó el nombre en la pantalla y sonrió con ironía.
«No se te olvide cerrar bien la casa. Y no salgas a la calle. Ya llegamos a Cancún y estamos descansando en el hotel.» Era Adrián.
«Sí», respondió Camila. Una sola palabra.
«No te enojes, Camila. Algún día te voy a llevar también.»
Adrián parecía haber notado que ella estaba molesta, a juzgar por lo escueto de la respuesta. A Camila le daba igual.
Disfrutó la soledad de la casa con una tranquilidad que no sentía desde hacía años. Sin gritos, sin órdenes, sin el desorden ajeno que le tocaba recoger.
—Tengo que buscar un departamento. No puedo quedarme aquí mucho más tiempo.
Se puso a buscar opciones desde el celular. Lo que Adrián y su familia jamás supieron era que Camila tenía dinero. Mucho dinero. Sus padres vivían en un pueblo, sí, pero eran dueños de extensas plantaciones de aguacate y café.
Camila tenía un hermano mayor que vivía en el mismo pueblo. Sus padres habían dividido las tierras en partes iguales entre los dos.
La parte de Camila seguía produciendo bajo el cuidado de su familia, y cada mes le depositaban las ganancias en una cuenta que Adrián desconocía. Con ese dinero, Camila había cubierto durante tres años el déficit que dejaban los míseros doscientos dólares mensuales que Adrián le daba para alimentar a seis personas.
Ahora, con esos mismos ahorros, podía comprarse un departamento sin necesidad de esperar a que se vendiera la casa. Su cuenta tenía más que suficiente.
—También necesito buscar trabajo. No voy a quedarme sentada esperando.
Antes de casarse, Camila había sido gerente en una empresa importante. Cinco años en el puesto, con un desempeño impecable. Pero al casarse, Adrián la obligó a renunciar.