Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap4
Para cuando terminó aquel año escolar, Haniel, Olivia y Zamira ya eran inseparables.
Donde aparecía una, tarde o temprano aparecían las otras dos.
Habían aprendido a compartirlo todo: secretos, ropa, problemas, fotografías, escapadas y hasta las consecuencias de sus propias decisiones.
Aunque, en realidad, cada una tenía una personalidad completamente distinta.
Olivia era la más impulsiva.
Zamira era la que pensaba antes de actuar.
Y Haniel...
Haniel era la que conseguía que las otras dos terminaran haciendo cosas que, al principio, habían jurado que jamás harían.
—No entiendo cómo siempre terminamos aquí —dijo Zamira una noche.
Las tres estaban sentadas en el borde de una piscina, con los pies dentro del agua.
Olivia se encogió de hombros.
—Porque tienes pésimas amigas.
—No.. Porque tengo pésimas influencias.
Haniel levantó una mano.
—Acepto la acusación.
(Las tres rieron.)
Aquella noche habían salido sin ningún plan concreto. Querían caminar, comer algo y regresar temprano. Naturalmente, nada salió como habían planeado.
Terminaron en una pequeña reunión cerca de la urbanización, rodeadas de conocidos y personas que apenas habían visto un par de veces.
Haniel estaba acostumbrada a llamar la atención.
Pero aquella noche ocurrió algo que llamó la atención de las tres.
Un muchacho se acercó a Olivia.
—¿Quieres bailar?
Olivia negó con la cabeza.
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
El muchacho sonrió y se marchó.
Zamira la miró.
—Podrías haber sido más amable.
—Fui amable.
Haniel soltó una carcajada.
—No. Fuiste aterradora.
—Pues funcionó.
(Las tres volvieron a reír.)
Sin embargo, unos minutos después, el mismo muchacho regresó.
Esta vez traía una bebida para Olivia.
—Te la traje.
Olivia lo miró sorprendida.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé.
Ella tomó el vaso.
Haniel observó la escena con curiosidad.
No era la primera vez que veía algo así.
Un gesto pequeño.
Una atención.
Una insistencia.
Pero aquella noche decidió hacer algo diferente.
—Tengo una idea.
Zamira inmediatamente negó con la cabeza.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Te conozco.
Olivia sonrió.
—Déjala hablar.
Haniel se acercó a sus amigas y bajó la voz.
—Hagamos tres reglas.
—¿Reglas para qué? —preguntó Olivia.
—Para los hombres.
Zamira soltó una carcajada.
—Esto va a terminar mal.
—Probablemente.
Haniel levantó un dedo.
—Primera regla: nunca perseguir a un hombre.
Segundo dedo.
—Segunda: nunca demostrar demasiado interés al principio.
Tercer dedo.
—Y tercera...
Hizo una pausa.
—Nunca dejar que un hombre crea que tiene completamente nuestra atención.
Olivia la miró.
—¿Y qué ganamos con eso?
Haniel sonrió.
—El control.
Zamira la observó durante unos segundos.
—Eso suena horrible.
—Suena divertido.
—No es lo mismo.
Haniel se rio.
—Por eso tú eres la aburrida.
Zamira le lanzó un poco de agua.
Haniel gritó.
Y en cuestión de segundos, las tres terminaron empujándose y salpicándose como niñas.. Aquellas reglas, nacidas como una simple broma, terminarían convirtiéndose en una especie de código entre ellas.
No siempre lo cumplirían.
No siempre estarían de acuerdo.
Pero durante años volverían a recordarlas.
Porque cada una descubriría a su manera que las relaciones podían ser mucho más complicadas de lo que parecían.
Olivia sería la primera en romperlas.
Zamira sería la primera en cuestionarlas.
Y Haniel sería la primera en descubrir que podía convertirlas en un arma.
Pero todavía faltaba mucho para eso.
Aquella noche solo eran tres amigas riéndose junto a una piscina.
Tres muchachas que creían conocer el mundo.
Tres muchachas que pensaban que los mayores peligros de sus vidas serían un corazón roto, una mentira descubierta o una pelea con sus padres.
No sabían que el verdadero peligro todavía no había aparecido y mucho menos imaginaban que, años después, recordarían aquellas noches con una sensación extraña.
Porque hubo un tiempo en que todo era sencillo. Antes que descubrieran que las personas pueden manejarse como un tablero de ajedrez y que, cuando una pieza tenía suficiente poder, también podía cambiar las reglas.