Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 17
Cap 17: Redención
Adrián volvió al tercer día, cuando debía haber vuelto al séptimo.
Fue Gael quien la puso al tanto, mientras la escoltaba por el pasillo de la Torre AB, con esa neutralidad suya que apenas disimulaba una admiración vieja.
—El señor comprimió una agenda de siete días en tres, señora —dijo, sin mirarla, cargando el maletín—. El equipo lleva setenta y dos horas sin dormir. Tres reuniones adelantadas, dos contratos firmados por videollamada a las cuatro de la mañana, un vuelo movido dos veces. —Una pausa mínima—. Todo para no perderse su cumpleaños. No me pidió que se lo contara. Se lo cuento yo.
Ximena no dijo nada, pero algo se le apretó en el centro del pecho.
En la oficina, Adrián la esperaba con ojeras marcadas y una caja de terciopelo negro en el centro del escritorio.
—Feliz cumpleaños adelantado. —La abrió él mismo, con los dedos.
Adentro descansaba un collar. Un diamante amarillo natural, de cinco quilates, engarzado en una filigrana de diamantes negros que lo rodeaban como una noche partida en dos por el sol. Ximena se quedó sin aire.
Ella conocía esa pieza. La conocía centímetro a centímetro, engarce por engarce.
Porque la había diseñado ella misma.
Era una de las últimas creaciones que había entregado, bajo el nombre de MissY, a la casa de alta joyería QUEEN, apenas unas semanas atrás. Valía decenas de millones. La había pensado, sin decírselo a nadie en el mundo, a partir de una frase que Adrián le había soltado una noche, medio en broma, medio en serio: "una cena para celebrar que la señorita Salazar se pasó al bando bueno".
Del mal al bien. De la sombra a la luz. La había bautizado "Redención".
Y ahora ese mismo collar estaba en sus manos, comprado a ciegas por el hombre que sin saberlo la había inspirado, cerrando un círculo perfecto del que solo ella conocía las dos puntas. El destino tenía un sentido del humor extraño.
Se preguntó, por un segundo vertiginoso, qué haría Adrián si supiera. Si supiera que la mujer que lo mantuvo tres años, la conductora de un noticiero de provincia, era en realidad MissY, la diseñadora anónima cuyas piezas se subastaban en Milán y en Ginebra por cifras que él mismo pagaba sin pestañear. Que la joya que acababa de regalarle había salido de sus propias manos. Se preguntó, y decidió, como siempre, no averiguarlo. Cada máscara que caía era un arma que se perdía. Y ella todavía tenía guerras por pelear.
—¿No te gusta? —Adrián frunció el ceño ante su silencio prolongado—. Puedo cambiarlo. Puedo comprarte la casa de joyería entera si prefieres elegir tú.
—Me encanta. —Ximena tragó saliva y bajó la cabeza para que él se lo abrochara—. ¿Sabes cómo se llama?
—Lo dice la ficha del estuche. Redención. —Le rozó la nuca con los dedos al cerrar el broche—. Me pareció... apropiado, para ti. No sé por qué. Me gustó el nombre.
Si él supiera, pensó ella, con el diamante latiéndole tibio en la garganta.
—¿Festejamos los dos solos el domingo? —le preguntó Adrián, apoyando la barbilla en su hombro por detrás—. Cierro un restaurante. El que quieras.
—No puedo. —Ximena se apartó un poco, con suavidad—. El domingo es la fiesta doble en casa de los Salazar. Susana y yo cumplimos el mismo día. Tengo que ir. Es... complicado.
La cara de Adrián se apagó como una vela.
—Ya veo. Con los Salazar.
Esa misma mañana, mientras Ximena salía del edificio, entró en la Torre AB una tormenta con tacones.
Susana llevaba quince días trabajando de asistente de secretaría —un puesto que le había comprado en secreto a la agencia de colocación— y en quince días no había logrado cruzar una sola palabra con Adrián. Ese día se plantó frente a la puerta de dirección con una invitación dorada en la mano y una sonrisa ensayada.
—Señor Bramonte. —Le brillaban los ojos de ambición—. Este domingo es mi cumpleaños. Sería el honor de mi vida que me acompañara. Por favor. Solo un momento.
Gael se adelantó a echarla con un gesto, pero Adrián levantó dos dedos, deteniéndolo.
Miró la invitación dorada. Miró a Susana. Y pensó en cierta mujer que estaría, obligada y a regañadientes, en ese mismo salón el domingo. Una mujer que acababa de decirle "no puedo, tengo que ir con los Salazar".
—Iré —dijo.
A Susana casi se le sale el corazón por la boca de la emoción. Balbuceó un "gracias, gracias, no se va a arrepentir" y salió flotando de la torre. Para la hora de la comida ya le había contado a medio círculo social que el heredero más codiciado de la Capital, el hombre que jamás pisaba una fiesta ajena, había aceptado su invitación personal; que seguro le había gustado; que quién sabe, a lo mejor y hasta una boda salía de ahí. Nadie se detuvo a preguntarle por qué un hombre así aceptaría de pronto el cumpleaños de una simple asistente de secretaría.
Lo que nadie sabía —ni siquiera la propia Ximena— era el porqué verdadero, que Adrián se guardó celosamente tras los labios apretados.
Entretanto, la licitación de Edén entraba en su recta final. De cien constructoras habían quedado tres finalistas; la Constructora Altamar de los Ayala, contra todo pronóstico, era una de ellas. La decisión última quedaba en una sola firma: la de Adrián.
Esa noche, un mensajero entregó en Villaverde una caja envuelta, "de parte de doña Leticia, con todo su cariño para Ximena". Ximena la abrió sobre la cama. Adentro, un vestido blanco. Viejo, de corte modesto y anticuado, del tipo que se pone una dama de compañía y no una festejada. Prendida con un alfiler, una nota con la letra puntiaguda de Susana:
"Algo sencillito, para que no desentones entre la gente bien, hermana. No querrás robarle cámara a la cumpleañera, ¿verdad?"
Ximena sacó el vestido, lo extendió sobre la colcha y lo contempló un largo rato bajo la luz de la lámpara.
Susana creía que le estaba tendiendo una trampa: vestir a la "arrimada" de gris ratón para que el rojo de la festejada brillara solo. No entendía nada. Un vestido no hace a una mujer; a lo mucho, la delata. Ella había desfilado ropa de cien mil pesos en galas de Milán y sabía una cosa que las nuevas ricas como Susana jamás aprendían: la elegancia no se compra por metro de tela, se lleva en la espalda recta. Le harían un favor. La vestirían de blanco, del color de la pureza y del luto, y ella lo usaría como una bandera.
Luego, muy despacio, sonrió.
—Perfecto —murmuró, pasando la mano por la tela sencilla—. El blanco siempre me quedó bien.
Lo que ni doña Leticia sabía —enterrado bajo veinte años de rencor y de culpa hacia la que un día fue su mejor amiga en el mundo— era cuánto se iba a parecer esa muchacha de blanco, el domingo por la noche, a la Rosaura de su juventud.