Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 4: El Peso del Silencio
[POV' Alessandra]
La luz del atardecer se filtraba a través de la ventana del hospital, tiñendo las paredes blancas de un tono anaranjado y melancólico. Llevaba horas mirando ese techo, contando las grietas invisibles, escuchando el pitido constante de la máquina que monitorizaba mis signos vitales.
Estaba agotada.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Fernanda. Esa sonrisa fría. Sus manos empujándome. El vacío bajo mis pies.
Y luego, el impacto. O más bien, la ausencia de impacto. Porque no recordaba haber golpeado el suelo. Solo la caída y luego... nada. Hasta que desperté aquí. En esta vida que no es mía.
La enfermera había entrado hacía un rato a revisar los signos vitales y cambiar la bolsa de suero. Me preguntó cómo me sentía y no supe qué responder. ¿Cómo se supone que uno se siente después de morir y despertar en la vida de otra persona? No hay manual para eso.
—¿Señora Moretti? —preguntó la enfermera, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Quiere que le baje un poco la cama? Tal vez pueda descansar mejor.
Asentí sin decir palabra. Ella movió la palanca y la cama se inclinó ligeramente. Luego me ajustó la almohada con una sonrisa profesional y salió de la habitación.
Me quedé sola de nuevo.
El silencio era ensordecedor. Afuera, en el pasillo, se escuchaban pasos apagados, el carrito de las medicinas, alguna conversación susurrada entre enfermeras. Pero dentro de esta habitación, solo existía el zumbido de la máquina y el latido de mi propio corazón.
Cerré los ojos.
Necesitaba pensar con claridad, pero mi mente era un torbellino de imágenes y preguntas sin respuesta. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Por qué esta vida? ¿Cómo estaría mi familia? ¿Sabrían ya que había muerto? ¿Qué estarían sintiendo?
Mamá...
El pensamiento me atravesó como una daga. Mi madre. ¿Cómo estaría? ¿Estaría llorando? ¿Se habría enterado de que su hija se había "suicidado"?
Fernanda se aseguraría de que todos creyeran eso. La conocía demasiado bien.
Apreté los puños bajo las sábanas. Mi hermana. Mi asesina. La misma que ahora estaría fingiendo dolor, haciendo teatro, convenciendo a todos de que yo era una pobre desequilibrada que se había tirado al vacío por celos.
Y nadie sospecharía. Nadie. Porque siempre fui un maldito estorbo para mí padre, una decepción para él, la oveja negra. Mi palabra nunca pesó tanto como la de Fernanda.
—Hija, ¿estás despierta?
La voz de mi suegra, me sacó de mis pensamientos. La mujer entró con una bandeja en las manos y una sonrisa cálida en el rostro. Llevaba un vestido azul claro y el cabello plateado recogido en un moño elegante.
—Te he traído algo de caldo —dijo, dejando la bandeja en la mesilla—. Los médicos dicen que ya puedes comer cosas ligeras. No sé si tendrás apetito, pero es importante que recuperes fuerzas.
—Gracias, Elisa —respondí, esforzándome por sonar natural—. La verdad es que sí tengo hambre.
Ella levantó una ceja, sorprendida.
—¿Me llamaste Elisa? Casi siempre me dices "mamá". Pero no importa, no me quejo. Me gusta cuando me llamas por mi nombre, me hace sentir más joven.
Sonreí con cuidado. Había cometido un error, pero ella lo había tomado con humor. Eso me dio un poco de confianza.
—Es que... con el golpe, algunas cosas se me están mezclando —dije, tomando la taza de caldo—. Pero estoy bien. Solo necesito tiempo.
Elisa se sentó en la silla junto a la cama y me observó con una mezcla de ternura y preocupación. Sus ojos, de un color avellana suave, parecían buscar algo en mi rostro.
—¿Cómo te sientes? —preguntó—. ¿Dolor? ¿Mareos?
—Agotada —respondí, y era la verdad.
—Es normal. El cuerpo necesita tiempo para recuperarse. Pero tienes que ser paciente. Todo a su debido tiempo.
Asentí sin fuerzas para hablar. Ella tomó la taza de caldo y me la ofreció con una cuchara. Dudé un segundo, pero finalmente acepté. El caldo estaba tibio, salado, reconfortante. Me di cuenta de que no había comido nada desde que desperté.
—Dante vendrá más tarde —dijo Elisa, como si leyera mis pensamientos—. Tuvo que ir a la oficina, pero te prometió que estaría aquí antes de la cena.
Elisa pareció notar mi incomodidad porque cambió de tema con una sonrisa.
—¿Quieres que te cuente algo para distraerte? —preguntó—. Tengo un montón de anécdotas de cuando Dante era joven. Esas historias siempre hacen reír.
—Está bien —dije, con una sonrisa.
Elisa sonrió con picardía.
—Bueno, ¿sabes que cuando era adolescente se enamoró perdidamente de su profesora de matemáticas? Le escribió una carta de amor y todo. La profesora, por supuesto, le dio una lección de humildad que no olvidó jamás.
Solte una carcajada genuina. La imagen de un Dante adolescente, serio y reservado, escribiendo cartas de amor era demasiado absurda.
—¿Y qué pasó con la carta?
—La guardó en un cajón y juró que nunca volvería a enamorarse de una mujer mayor que él. Y mira, años después se casó contigo, que eres tres años menor. Así que cumplió su promesa.
Reí de nuevo, y por primera vez desde que desperté en este hospital, sentí que podía respirar un poco más fácil.
—¿Tiene más historias así? —pregunté, con genuino interés.
—Montones —respondió Elisa, con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero mejor las guardo para otro día. No quiero abusar de tu paciencia.
—No abusa —dije, con sinceridad—. Me hace bien escucharla. Me hace sentir... relajada.
Elisa me miró con ternura.
—Es normal, hija. Solo estás pasando por un mal momento. Pero vas a salir de esta.
Le tomé la mano, un gesto que me salió de manera natural.
—Gracias por estar aquí. Por venir todos los días. No sabe cuánto significa para mí.
Elisa me apretó la mano con fuerza y sus ojos se humedecieron ligeramente.
—Eres mi nuera, Alessandra . Eres parte de mi familia. Y la familia se cuida. Siempre.
No pude evitar sonreír ante sus palabras esta señora es un pan de Dios. Y no pude evitar preguntarle.
—¿Y usted? —pregunté, cambiando de tema—. ¿Cómo está llevando todo esto? Debe haber sido un susto terrible.
Elisa suspiró y su sonrisa se suavizó.
—Fue horrible, hija. Cuando Dante me llamó diciendo que habías tenido un accidente, sentí que el mundo se me venía encima. Pero gracias a Dios estás aquí, viva y recuperándote. Eso es lo único que importa.
Asentí, y esta vez no fue un gesto automático. Lo sentí de verdad.
La conversación continuó durante un buen rato. Elisa me habló de la infancia de Dante, de sus travesuras, de cómo siempre fue un niño serio pero con un corazón enorme. Yo escuchaba y hacía preguntas, tratando de aprender todo lo posible sobre la familia en la que ahora vivía.
Cuando se fue, prometiendo volver al día siguiente, me quedé con una sensación extraña. No era felicidad, porque la felicidad era un lujo que no podía permitirme. Pero era algo parecido a la esperanza.
Tal vez, solo tal vez, podría sobrevivir en este nuevo entorno.
________
Afuera, el sol se había puesto por completo. La habitación se oscureció y la enfermera encendió una luz tenue sobre mi cama. Elisa se había ido hacía un rato, y yo estaba sola con mis pensamientos.
El silencio regresó, pero esta vez no era tan pesado. Las historias de Elisa habían logrado distraerme, aunque fuera por un momento.
Y entonces, la puerta se abrió.
Dante entró sin hacer ruido. Llevaba el traje oscuro de la mañana, pero la corbata estaba ligeramente aflojada y las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos. Parecía cansado. Sus ojos verdes me encontraron en la penumbra y se detuvieron en mí.
No dijo nada. Solo caminó hasta la silla junto a la cama y se sentó. Me miró durante unos segundos largos, como si estuviera evaluándome, como si buscara algo que yo no sabía que tenía.
—¿Cómo te sientes? —preguntó al fin. Su voz era grave, controlada.
—Mejor —respondí, y no era del todo mentira—. Tu madre me hizo reír con unas historias tuyas.
Arqueó una ceja.
—¿Historias?
—De tu adolescencia.
Un destello de incomodidad cruzó su rostro. Era casi imperceptible, pero lo vi.
—Mamá habla demasiado —murmuró, y algo en su tono me hizo sonreír.
—Me pareció adorable —dije, con una ligera burla—. Ver que el gran Dante Moretti también fue un adolescente enamoradizo.
No respondió. Solo apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla y cerró los ojos. Parecía agotado. También él llevaba días sin dormir bien.
—Dante —dije, con voz más suave—. ¿Tú también estás cansado?
—Sí —admitió, sin abrir los ojos—. Pero no importa. Lo importante eres tú.
—No tienes que quedarte. Puedes ir a descansar a casa.
Abrió los ojos y me miró fijamente.
—No me iré. No hasta que estés fuera de aquí.
El tono era firme, sin espacio para réplicas. Me di cuenta de que discutir era inútil. Y, aunque no me atrevía a admitirlo, su presencia me reconfortaba.
—Esta bien descansa—dije, en voz baja—. Pero al menos busca un lugar comodo.
Asintió y cerró los ojos de nuevo. En pocos minutos, su respiración se volvió más profunda. Se había dormido en el sillón, con la cabeza ladeada y las manos cruzadas sobre el pecho.
Lo observé en silencio. Era un hombre bastante terco.
por que dejó así de rápido dieran con ella la descubrirán que ella es la dueña de esa agencia
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa