sin espoiler
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LA TRAMPA
La tarde había caído sobre Madrid.
En la mansión, todo parecía tranquilo.
Sin embargo, detrás de las puertas de la oficina de Christopher, la situación era completamente diferente.
Sobre el enorme escritorio había varios documentos.
Christopher llevaba casi una hora revisándolos.
Su expresión era seria.
—No me gusta esto...
Frente a él había un contrato de alianza con otra organización criminal.
La propuesta parecía perfecta.
Demasiado perfecta.
La otra mafia ofrecía acceso a nuevas rutas comerciales, protección mutua y una parte importante de sus contactos internacionales.
A cambio, Christopher tendría que compartir algunas de sus propias rutas.
Era una alianza que, en apariencia, beneficiaría a ambas organizaciones.
Pero Christopher llevaba demasiados años en aquel mundo como para confiar fácilmente.
—Algo no encaja.
Mirelith estaba en la misma oficina.
Había decidido quedarse con él mientras trabajaba.
Estaba recostada tranquilamente en uno de los sofás, con varios documentos entre las manos.
—¿Llevas mucho tiempo con esto? —preguntó.
—Demasiado.
Christopher tomó otro documento.
—La propuesta llegó hace tres días.
—¿Y todavía no has aceptado?
—No.
Mirelith levantó la mirada.
—¿Por qué?
Christopher suspiró.
—Porque no me gusta tomar decisiones apresuradas cuando hay tanto dinero y tantas rutas involucradas.
Mirelith asintió.
Volvió a mirar los documentos que tenía sobre las piernas.
—Tiene sentido.
Christopher continuó revisando el contrato.
—Mis hombres creen que es una buena oportunidad.
—¿Y tú no?
—Creo que puede serlo.
Hizo una pausa.
—Pero también podría ser una trampa.
Mirelith siguió leyendo.
Al principio, las páginas le parecieron completamente normales.
Nombres.
Porcentajes.
Fechas.
Rutas.
Cláusulas.
Nada extraño.
Hasta que llegó a una sección específica.
Frunció el ceño.
Volvió a leerla.
Después volvió a leerla.
—Christopher.
Él levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Mirelith se incorporó un poco.
—¿Qué significa exactamente esta cláusula?
Christopher se acercó.
—¿Cuál?
Ella señaló una línea.
—Esta.
Christopher tomó el documento.
Leyó.
Su expresión cambió lentamente.
—Es una cláusula de administración temporal.
—Eso dice.
Mirelith señaló otra parte.
—Pero aquí dice que, en caso de incumplimiento de cualquiera de las condiciones de la alianza, ellos podrían asumir la administración de las rutas compartidas.
Christopher asintió.
—Sí.
—Pero mira la definición de "rutas compartidas".
Él volvió a leer.
Y entonces se quedó en silencio.
Mirelith continuó.
—No dice que solamente sean las rutas nuevas que ellos ofrecen.
Christopher tomó otro documento.
Comparó ambas páginas.
Su expresión se volvió mucho más seria.
—Continúa.
Mirelith tomó los documentos.
—Aquí establecen que las rutas utilizadas para cumplir los acuerdos comerciales también pueden considerarse parte de la operación conjunta.
Christopher comprendió inmediatamente.
—Mis rutas.
—Exactamente.
Él se quedó mirando el contrato.
Mirelith continuó hablando.
—Si firmas esto y después ellos alegan que nosotros incumplimos alguna de las condiciones, podrían exigir el control de las rutas que están dentro de esa definición.
Christopher tomó otro documento.
—Eso no puede ser...
—Hay más.
Mirelith pasó otra página.
—Aquí.
Christopher se acercó.
—¿Qué encontraste?
—La cláusula de revisión.
Él leyó rápidamente.
Su rostro perdió cualquier rastro de tranquilidad.
—Ellos podrían revisar las operaciones de las rutas cada seis meses.
—Sí.
—Y si consideran que alguna operación afecta a la alianza...
—Pueden renegociar los términos.
Christopher levantó la mirada.
Mirelith terminó la explicación.
—Y si no aceptas la renegociación, podrían considerar que incumpliste el acuerdo.
Silencio.
Christopher volvió a mirar el contrato.
Ahora podía verlo claramente.
No era una alianza.
Era una forma cuidadosamente diseñada de entrar en su organización.
Primero compartirían algunas rutas.
Después tendrían acceso a información operativa.
Y finalmente, utilizando aquellas cláusulas, intentarían tomar el control de una parte cada vez mayor de la red de Christopher.
—Quieren mis rutas —dijo finalmente.
Mirelith asintió.
—Eso parece.
Christopher se quedó pensativo.
Había estado tan concentrado en los beneficios económicos de la propuesta que había pasado por alto la verdadera intención.
—Mis abogados revisaron esto.
Mirelith lo miró.
—Quizá ellos también estaban buscando problemas legales más evidentes.
Christopher volvió a revisar las páginas.
—No es un error.
—No.
—Está escrito para que parezca una condición normal.
—Exactamente.
Christopher dejó el documento sobre el escritorio.
Su expresión era completamente seria.
—Esta alianza podría haberme costado una parte enorme de mi organización.
Mirelith bajó los documentos.
—Por eso te pregunté.
Christopher la miró.
—¿Cómo encontraste esto?
Ella se encogió de hombros.
—Solo estaba leyendo.
Christopher soltó una pequeña sonrisa.
—Solo estabas leyendo y encontraste lo que todos los demás pasaron por alto.
Mirelith sonrió.
—Supongo que tuve suerte.
Christopher negó con la cabeza.
—No fue suerte.
Se acercó al sofá.
—Fue atención.
Mirelith lo miró.
—Entonces... ¿no vas a firmar?
Christopher soltó una breve risa.
—Definitivamente no.
Tomó el teléfono.
—Voy a llamar a mi abogado.
Antes de marcar, se detuvo.
—Y después voy a averiguar quién está detrás de esta propuesta.
Mirelith lo observó.
—¿Crees que sabían que era una trampa?
—Estoy seguro.
Christopher comenzó a realizar llamadas.
Su tono cambió completamente.
Ya no era el hombre relajado que había estado conversando con Mirelith minutos antes.
Era el líder de una poderosa organización.
Uno de sus hombres respondió.
—Señor.
—Cancela cualquier preparación relacionada con esta alianza.
—¿Ha ocurrido algo?
Christopher miró el contrato.
—Encontré un problema.
—¿Qué clase de problema?
—Quieren nuestras rutas.
Hubo silencio.
—¿Está seguro?
Christopher miró a Mirelith.
—Completamente.
El hombre al otro lado de la línea respondió inmediatamente.
—Entendido.
Christopher terminó la llamada.
Mirelith volvió a recostarse en el sofá.
—¿Puedo seguir leyendo?
Christopher sonrió.
—Después de esto, creo que voy a pedirte que revises todos los documentos importantes.
Mirelith soltó una pequeña risa.
—No exageres.
—No estoy exagerando.
Christopher tomó el contrato.
—Acabas de evitarme un problema enorme.
Mirelith sonrió tímidamente.
—Entonces supongo que te debo cobrar por la revisión.
Christopher levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Claro.
—¿Y cuánto quieres?
Mirelith fingió pensarlo.
—Un chocolate.
Christopher soltó una carcajada.
—Hecho.
Ella sonrió.
—Trato.
Christopher dejó el contrato a un lado.
Por primera vez en toda la tarde, su expresión se relajó.
Había estado a punto de aceptar una alianza que podía poner en peligro una parte importante de su poder.
Y la persona que había descubierto la trampa estaba allí, tranquilamente acostada en su sofá, leyendo documentos como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Christopher la observó unos segundos.
Definitivamente, Mirelith acababa de demostrarle algo.
No solo podía confiar en ella.
También podía contar con ella.