Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XVII Momento de tensión
La tercera noche en el penthouse resultó ser tan sofocante como las anteriores, no por el clima de la ciudad, sino por el silencio denso que reinaba entre esas cuatro paredes.
Eran casi la una de la madrugada. Emma no lograba conciliar el sueño. El vendaje en su brazo derecho comenzaba a molestarle y una punzada de dolor le recorría el hombro cada vez que intentaba acomodarse en la cama. Cansada de dar vueltas sobre las sábanas, se colocó una bata de seda sobre la ropa de dormir, se recogió el cabello en un moño desordenado y decidió ir a la cocina por un vaso de agua y algo de hielo.
Caminó descalza por el pasillo de mármol, intentando no hacer el menor ruido. Sin embargo, al cruzar el umbral de la estancia principal, se detuvo en seco.
Damián estaba allí.
Sentado en el amplio sofá de cuero frente al ventanal que mostraba las luces nocturnas de la ciudad, vestía únicamente una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos.
Sostenía un vaso con whisky en una mano mientras la laptop sobre la mesa de centro iluminaba la firmeza de sus facciones.
Emma intentó dar un paso atrás para retirarse sin ser vista, pero la voz grave de Damián cortó el aire en la penumbra.
—Si buscas agua o hielo para el brazo, está en la nevera de la derecha —dijo sin levantar la vista de la pantalla, dando un trago cansado a su bebida.
Emma se congeló un segundo, pero al ver que la había descubierto, caminó hacia la cocina de concepto abierto con la barbilla en alto.
—Pensé que estaba durmiendo, señor Thorne.
—Rara vez duermo más de tres horas cuando tengo una reestructuración en curso —respondió él, cerrando la laptop de un golpe suave.
Se puso de pie con la elegancia felina que lo caracterizaba y caminó hacia la isla de la cocina. Emma intentaba abrir la jarra de cristal con la mano izquierda, pero la falta de fuerza hizo que el recipiente se le resbalara levemente.
Antes de que pudiera reaccionar, la figura imponente de Damián se posicionó justo detrás de ella. Su calor corporal la envolvió al instante y el aroma a madera, tabaco y whisky que desprendía le hizo dar un brinco al corazón.
—Déjame ayudarte —murmuró Damián rozando su oído.
Estiró el brazo por encima del hombro de Emma, tomando la jarra y sirviendo el agua en el vaso de cristal. Estaban tan cerca que Emma podía sentir la respiración pausada de Damián contra su cuello. Se quedó completamente inmóvil, conteniendo el aliento.
Damián le entregó el vaso, cuidando de que sus dedos se rozaran al pasárselo. El contacto, aunque breve, envió una corriente eléctrica que recorrió la columna de ambos.
Damián fijó sus ojos oscuros en el rostro de la joven. Notó las ojeras leves bajo sus ojos grises y la pequeña mueca que hacía al sostener el peso con el brazo lesionado.
—¿Te tomaste los analgésicos que te dejó el médico esta tarde? —preguntó él en un tono inesperadamente suave, aunque manteniendo su matiz dominante.
—Sí... pero el dolor no cede del todo —admitió Emma en un susurro, sorprendida de que supiera los horarios de sus medicamentos.
Sin decir una palabra más, Damián caminó hacia uno de los gabinetes superiores, sacó una bolsa de gel frío de la nevera, la envolvió en una toalla limpia y regresó a su lado.
—Siéntate —ordenó con voz serena pero tajante, señalando uno de los taburetes de la isla.
—Señor Thorne, no es necesario...
—Dije que te sientes, Emma.
Emma obedeció, intimidada por la intensidad de su mirada. Damián se acercó, tomó la toalla con la compresa fría y la acomodó con una delicadeza extrema sobre el área inflamada de su brazo. La firmeza con la que la sostenía contrastaba de forma brutal con la suave precisión de sus dedos.
—Se supone que no debe ser tan amable conmigo —dijo Emma, rompiendo el silencio mientras sostenía la mirada del hombre que legalmente la había “comprado”.
Damián soltó una leve risa amarga, helada.
—No confundas la decencia con amabilidad, pequeña De la Rivera. Si te cuido es porque necesito que estés en perfectas condiciones para lo que viene. Tu padre cree que te tiene acorralada, y la firma del compromiso civil tiene que ser impecable ante la prensa y los abogados.
Emma apretó los labios. La mención de su padre reabrió la herida del chantaje sobre su madre.
—Mi padre me amenazó con la vida de mi madre si no cumplía este trato... —confesó Emma, incapaz de seguir guardándose el veneno—. Sé que para usted esto es solo un movimiento corporativo o una demostración de poder, pero para mí es mi única oportunidad de mantenerla a salvo.
Damián la miró en silencio. La rabia renació en su pecho al escuchar el nombre de Guillermo, pero contuvo sus impulsos de revelarle que ya sabía toda la verdad y que su objetivo final era aplastar a ese hombre.
—Nadie le va a hacer daño a tu madre, Emma —dijo Damián, alzando la mano para tocar con la yema de sus dedos la barbilla de la joven, obligándola a mirarlo de frente—. Y a ti tampoco te volverán a poner una mano encima mientras lleves mi apellido. Te lo garantizo.
La cercanía entre sus rostros se volvió casi insoportable. Damián bajó la mirada hacia los labios de Emma por un segundo eterno, sintiendo la tentación de besarla allí mismo y romper las reglas del contrato que él mismo había impuesto. Emma, atrapada en la intensidad de sus ojos oscuros, sintió un nudo en el estómago que no era de miedo, sino de una atracción profunda e innegable.
Sin embargo, Damián se obligó a dar un paso atrás, recuperando su coraza de hielo antes de perder el control.
—Ve a descansar —dijo, dándole la espalda y tomando su vaso de whisky—. Mañana tienes que ir a la oficina temprano.
Emma se puso de pie, sosteniendo el vaso de agua contra su pecho.
—Buenas noches... Damián.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila sin el “señor Thorne” de por medio. Damián se quedó inmóvil junto a la barra, escuchando el leve sonido de sus pasos alejándose por el pasillo hasta que la puerta de su habitación se cerró.
Apretó el vaso de cristal en su mano hasta que las articulaciones de sus dedos se pusieron blancas, sabiendo que mantener la distancia con esa mujer bajo el mismo techo sería la batalla más difícil de su vida.