Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 16. ENTRADAS PROHIBIDAS Y LLAMADAS SIN ROSTRO.
El edificio de la corporación Alva Cruises se alzaba hacia el cielo como un titán de cristal y acero. Habitualmente, cruzar el vestíbulo principal me llenaba de un orgullo frío; era el imperio que yo había ayudado a expandir. Pero hoy, mientras mis zapatos resonaban contra el mármol pulido rumbo al ascensor privado de la presidencia, sentía que caminaba hacia una fosa común.
Subí hasta la planta más alta, donde se encontraba el antiguo despacho de mi difunto padre, un lugar que permanecía casi intacto por respeto institucional. La secretaria de la planta baja me saludó con una reverencia, pero le indiqué con un gesto que quería estar solo.
Entré y cerré la puerta con llave. El despacho olía a tabaco de pipa viejo y a madera de caoba, el aroma del hombre que me había negado el apellido durante toda mi infancia. Caminé hacia el cuadro al óleo que retrataba el primer gran crucero de la compañía. Detrás del lienzo, oculto en la pared, se encontraba el teclado digital de la caja fuerte privada de la familia Alva.
Introduje la clave que Víctor me había confiado tiempo atras. Tras un pitido electrónico y un pesado siseo hidráulico, la puerta de acero se abrió.
Dentro no había lingotes de oro ni fajos de billetes. Había carpetas de cuero negro con auditorías internas de hace veinte años. Comencé a pasar los folios con las manos temblorosas, buscando los registros de importación de la época en que el padre de Rocío operaba en los puertos. Tras diez minutos de búsqueda febril, mis ojos se clavaron en un contrato de financiación marítima.
Allí estaba la firma de mi padre. Y justo al lado, la firma del padre de Rocío. Pero lo que me congeló la sangre fue una tercera firma en calidad de "Socio Avalista y Gestor de Cobros". Un hombre que había comprado el cincuenta por ciento de la deuda del padre de Rocío y que, según las notas al margen escritas a mano por mi padre, había sido el encargado de enviar a los matones para simular el "accidente" de coche cuando los pagos se retrasaron.
Giré la página para ver el nombre del socio de mi padre. Al leer las letras impresas, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El socio misterioso, el que ejecutó la ruina de los Alva y de las hermanas, no era un fantasma del pasado. Era Alberto Méndez, el actual vicepresidente financiero de mi propia junta directiva. El hombre que se sentaba a mi derecha en cada reunión de la empresa.
POV ROCÍO
El silencio de la tarde en la casa se sentía reconfortante, pero la sombra de la carta azul de Elena seguía pesándome en el pecho. Mía estaba sentada en la alfombra del salón, completamente concentrada en encajar unos bloques de plástico de colores, mientras Lucas, en el comedor, pintaba con mucho cuidado una ficha para el colegio usando el truco de la cera que le había enseñado.
Me senté en el sofá con el ordenador portátil sobre las rodillas, intentando redactar las órdenes de diseño para mis tiendas virtuales, pero no lograba concentrarme. La revelación de que el padre de Mario estaba implicado en la muerte de mis padres era un nudo que me asfixiaba.
De repente, el teléfono fijo de la casa, un aparato inalámbrico que Elena casi no usaba, comenzó a sonar. El sonido agudo rompió la paz del salón, haciendo que Lucas levantara la cabeza.
—Yo lo cojo, tía —dijo el niño de cinco años, intentando levantarse de la silla.
—No, Lucas, quédate ahí pintando. Ya voy yo, mi amor —le respondí, levantándome de prisa.
Caminé hacia el pasillo y descolgué el teléfono. Pensé que sería la trabajadora social o alguna madre de la escuela infantil de Mía.
—¿Dígame? —pronuncié con voz clara.
Al otro lado de la línea no hubo una respuesta inmediata. Solo se escuchaba una respiración pausada, densa y metálica, como si alguien estuviera usando un modulador de voz o llamando desde un entorno muy cerrado. Un escalofrío me erizó la piel por instinto.
—¿Hola? ¿Quién es? —insistí, sintiendo que la boca se me secaba.
—Vaya... así que la hermanita pródiga por fin ha regresado al nido —dijo una voz distorsionada, grave y carente de cualquier rastro de humanidad—. Elena no tuvo el valor de aguantar el peso de la deuda, pero veo que tú has sido más lista. Te has metido en la cama del hijo de Alva.
—¿Quién es usted? ¡Déjenos en paz! —exclamé en un susurro furioso, alejándome un par de pasos del salón para que los niños no me escucharan, sintiendo que las lágrimas del miedo amenazaban con salir.
—Escúchame bien, Rocío Vega —siseó la voz al otro lado, con una frialdad que me caló los huesos—. Tu padre murió debiendo un precio muy alto a esta naviera, y tu cuñado Víctor pagó una parte con su "accidente" en el puerto cuando empezó a husmear donde no debía. No creas que estás a salvo bajo el ala de Mario. Dile a tu nuevo novio que deje de escarbar en los archivos de su padre si no quiere que sus preciosos sobrinos sufran otro "accidente" de coche. El baúl del desván nos pertenece. La semana que viene iremos a cobrar lo que nos falta.
Un pitido sordo anunció que la llamada se había cortado.
Me quedé paralizada en mitad del pasillo, con el teléfono pegado a la oreja y el cuerpo temblando de forma violenta. Víctor no había muerto por un error laboral. Lo habían asesinado por descubrir el secreto. Y ahora, Lucas y Mía estaban en el punto de mira de un enemigo sin rostro que sabía exactamente cada movimiento que hacíamos dentro de esta casa.