Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
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CAPÍTULO 9: Encuentro nocturno
La noche de la cita me equivoqué de piso dos veces en el ascensor. No era de nervios. O sí, pero no lo iba a admitir ni conmigo misma. Me bajé en el cuarenta y dos, tuve que volver a subir, y cuando las puertas se abrieron en el cuarenta y cinco, me quedé un segundo ahí adentro, respirando hondo, antes de salir.
Eran las diez menos cinco.
El piso estaba a media luz. Las oficinas de los directores, cerradas. Solo la del fondo, la de Alejandro, tenía la puerta entreabierta y la luz encendida. Se oía el ruido de una computadora, el clic de un mouse.
Me acerqué. Toqué la puerta con los nudillos, suave.
—Pase —dijo su voz desde adentro.
Entré.
Él estaba de pie, de espaldas, mirando la ciudad por la ventana de cristal. Llevaba la camisa sin corbata, las mangas subidas hasta los codos. Se volvió cuando me oyó entrar. Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza, despacio, como si estuviera leyéndome. Yo tenía el uniforme azul de limpieza, los guantes en una mano, el cabello recogido en una trenza. La panza, que ya empezaba a asomarse, la disimulaba con el delantal.
—Siéntate —dijo, señalando una silla frente a su escritorio.
—No puedo, señor —respondí, con la voz baja, la buena empleada—. Tengo que terminar de limpiar.
—Te pago la hora igual. Siéntate.
No me quedó de otra. Me senté en el borde de la silla, con la espalda recta, como si en cualquier momento me fuera a levantar. Él se sentó del otro lado del escritorio, se sirvió un whisky de una botella que tenía ahí, y me ofreció. Negué con la cabeza. Embarazada, pensé. No puedo.
—La nota —dijo él, sacando un papel doblado del cajón. Mi nota. La que yo había dejado anónima. La puso sobre la mesa—. ¿La escribiste tú?
Miré el papel. Luego lo miré a él.
—No sé de qué habla, señor —dije.
—No me mientas, Ana. O como te llames. Nadie más entra a esta oficina de noche. Nadie más tiene llave. Y la nota apareció la mañana después de que tú limpiaras aquí por primera vez.
Me quedé callada. Cómo iba a responder. Si admitía, me exponía. Si negaba, él no me creería. Se notaba en su cara. Estaba seguro.
—No importa si lo admites —continuó él, apoyando los codos en la mesa—. Lo que importa es lo que decía. Usted sabe de gallinas. Sabe más que mis proveedores, más que mi equipo de adquisiciones. Una limpiadora no sabe esas cosas.
—Mi abuela tenía gallinas —dije, bajando la vista—. Crecí entre ellas. Se aprende.
—Se aprende a saber que las gallinas felices ponen huevos con la yema más naranja. Se aprende que el maíz orgánico cuesta el doble. Pero no se aprende a analizar un informe de cadena de suministro ni a identificar que mis doce proveedores alternativos son todos granjas industriales con el mismo problema. Eso no se aprende en un corral.
No dije nada. Tenía razón. Había puesto de más. Había leído demasiado rápido, escrito demasiado. Me había confiado.
—¿Quién es usted? —preguntó él, y su voz era baja, seria, pero no amenazante. Era curiosidad.
—Nadie, señor —dije, parándome—. Una limpiadora. Con permiso, tengo que seguir trabajando.
Me levanté. Él también. Dio la vuelta al escritorio y se plantó delante de mí, a un metro. No me tocó. No se acercó más. Pero su sola presencia me llenaba el aire. Olía a sándalo, igual que recordaba. Me dolió la garganta de golpe, sin aviso.
—Usted estuvo en la fiesta de productos orgánicos, hace tres meses —dijo. No era pregunta. Era afirmación.
Mi corazón se puso a mil. Pero no lo demostré. Levanté la vista, lo miré a los ojos, y dije:
—Yo no voy a fiestas, señor. Yo trabajo.
Él siguió mirándome. Segundos largos. Yo sentía que me leía el pensamiento, que me veía la panza bajo el delantal, que me olía el miedo. Luego sonrió. Una sonrisa chica, como si estuviera guardándose algo.
—Está bien —dijo, y se hizo a un lado—. Puede irse. Pero la oferta sigue. Si alguna vez quiere dejar de limpiar y quiere trabajar de lo que realmente sabe, mi puerta está abierta.
Salí de la oficina sin mirar atrás. Caminé por el pasillo lo más rápido que pude sin correr. Entré al baño de empleadas, cerré la puerta con llave y me apoyé en la mesada, respirando hondo.
Me había salvado. Por los pelos.
Miré mi reflejo en el espejo. La trenza se me había deshecho un poco. Tenía las mejillas rojas. Bajé la mirada al delantal. La panza se notaba más de lo que creía.
—No puede seguir así —me dije a mí misma, en voz baja—. O renuncias, o le dices la verdad.
Pero ninguna de las dos opciones me servía. Si renunciaba, perdía acceso a la información de Mendoza. Si le decía la verdad, perdía el control. Y el control era lo único que me había mantenido viva.
Salí del baño. Seguí limpiando como si nada. Cuando pasé de nuevo por la oficina de Alejandro, la puerta estaba cerrada y la luz apagada. Se había ido.
Sobre el escritorio, a través del cristal de la puerta, vi que había dejado la nota anónima de nuevo en el mismo lugar. Y al lado, una hoja nueva. No pude evitar acercarme y mirar por la rendija.
En la hoja nueva, escrita a mano con letra firme, decía:
"Lucía Fernández. Sé quién eres. Y sé que estás embarazada. Hablemos. Pronto."
Me quedé pegada a la puerta, fría.
Lo sabía. Lo sabía todo. O lo suficiente.
No abrí la puerta. No entré. Me di la vuelta y terminé mi turno con las manos temblando. Cuando salí del edificio a las cuatro de la mañana, el aire frío me pegó en la cara y tuve que sentarme un rato en el bordillo de la acera.
Un coche negro pasó despacio frente a mí. No me fijé. Estaba pensando en la nota. En que ya no era la cazadora. En que él me había estado esperando todo este tiempo, callado, dejándome jugar.
Y en que, de una forma que no entendía, no me daba miedo. Me daba algo parecido al alivio.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨