¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 10: Una casa propia
Valeria salió de la oficina administrativa con la carpeta apretada contra el pecho.
El apartamento le había gustado desde el primer momento. No era demasiado grande, pero tenía dos habitaciones, una sala iluminada y una pequeña ventana desde la que Alma podría ver los árboles de la avenida.
Por primera vez en mucho tiempo, había imaginado una vida diferente.
Una vida con paredes propias.
Sin tener que mudarse cada vez que el dueño aumentaba el alquiler o decidía que ya no quería alquilarle a una mujer sola con una niña.
Pero la realidad la esperaba en la última página del contrato.
—Faltan algunos requisitos —le había explicado el administrador—. También debe entregar una inicial más alta.
—Pensé que con estos documentos era suficiente.
—Para alquilar, quizá. Pero la propietaria cambió de opinión. Ahora prefiere vender.
Valeria miró el precio escrito en la hoja.
Era mucho más dinero del que podía reunir en poco tiempo.
—No puedo comprarlo.
—Puede solicitar un financiamiento.
—No tengo un sueldo fijo.
El administrador guardó silencio. No necesitaba decirle que, para personas como ella, los bancos siempre tenían más puertas cerradas que abiertas.
Valeria tomó sus documentos.
—¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?
—La propietaria esperará unas semanas.
Unas semanas.
Valeria salió del edificio con una mezcla de frustración y determinación. El apartamento podía ser suyo. Tal vez no ahora, pero algún día. Tendría que trabajar más, ahorrar cada billete y aceptar más noches de las que su cuerpo podía soportar.
Lo haría por Alma.
No quería que su hija creciera cambiando de casa cada pocos meses. Quería que tuviera una habitación propia, un lugar donde nadie pudiera echarlas.
Caminó hasta un pequeño restaurante cercano para comprar comida preparada.
Alma la esperaba en casa con una vecina, y Valeria le había prometido llevarle su plato favorito.
Mientras esperaba, dos hombres que estaban junto al mostrador comenzaron a hablarle. Uno de ellos le preguntó si vivía cerca; el otro hizo un comentario sobre su vestido azul.
Valeria respondió con educación, sin darle demasiada importancia.
No los conocía.
No le interesaban.
Solo quería regresar con su hija.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—Valeria.
Se volvió.
Adrián estaba en la entrada del restaurante.
Llevaba un traje gris oscuro y sostenía las llaves de su automóvil. Parecía cansado, pero su rostro cambió al verla rodeada de aquellos hombres.
—Adrián —dijo ella—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a comprar la cena.
Él miró a los hombres que todavía permanecían cerca.
—Veo que estás ocupada.
Valeria frunció el ceño.
—Estoy esperando comida.
—Parecía que tenías compañía.
—No la tengo.
Uno de los hombres sonrió.
—Solo estábamos conversando.
Adrián lo observó con una frialdad que hizo desaparecer la sonrisa.
—No le pregunté.
Valeria se volvió hacia él.
—No tienes derecho a hablarle así.
Adrián tensó la mandíbula.
—No quería faltarte el respeto.
—Pues lo hiciste.
El empleado llamó a Valeria para entregarle el pedido. Ella pagó, tomó la bolsa y se apartó del mostrador.
Adrián permaneció junto a ella.
—¿Por qué estás molesto? —preguntó Valeria.
—No estoy molesto.
—Estás celoso.
La palabra lo dejó sin defensa.
—No tienes motivos para estarlo.
—Tú tampoco.
Adrián apartó la mirada.
Valeria sostuvo la bolsa contra su cuerpo.
—No puedes desaparecer durante semanas, negarte a buscarme por respeto a tu esposa y después aparecer con esa expresión cada vez que alguien me habla.
—No me gusta cómo te miran.
—La mayoría de los hombres que me miran no me gustan a mí tampoco. Pero no puedo controlar sus ojos.
Adrián guardó silencio.
—¿Qué ocurrió en el edificio? —preguntó finalmente.
Valeria lo miró, sorprendida.
—No pude alquilarlo.
—¿Por qué?
—Faltan requisitos y dinero. Al final decidieron venderlo.
—¿Quieres comprarlo?
—Sí.
—¿Cuánto necesitas?
—No te lo voy a decir.
—Valeria…
—No quiero que me lo pagues.
—No iba a ofrecerte eso.
—Lo estabas pensando.
Adrián no lo negó.
—Quiero comprarlo con mi propio esfuerzo —continuó ella—. Es para Alma. Quiero que tenga una casa que nadie pueda quitarnos.
La dureza en el rostro de Adrián desapareció.
—Lo conseguirás.
—Tendré que trabajar más.
Él comprendió lo que esas palabras significaban.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—Podrías buscar otra alternativa.
—¿Como cuál?
Adrián no encontró una respuesta.
Valeria dio un paso hacia la salida.
—No vuelvas a mirarme como si tuvieras derecho sobre mí, Adrián.
—No lo tengo.
—Entonces recuérdalo.
Ella salió del restaurante.
Adrián la observó alejarse con la comida entre las manos, pensando en Alma, en el apartamento y en todo lo que Valeria estaba dispuesta a soportar para darle una vida mejor.
Por primera vez, sus celos le parecieron miserables.
Y aun así, no pudo evitar sentir miedo de perderla.