Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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La rendición del gigante
Esa misma tarde, incapaz de mantenerse alejado de ella tras los acontecimientos del pabellón, Gideon acudió a la residencia Ashford. Fue conducido al salón de lectura del ala privada, donde Lysandra lo esperaba a solas.
El Duque entró con cierta cautela en sus pasos pesados. A pesar de vestir un abrigo impecable, su rostro reflejaba una sombra de inquietud. Se detuvo a dos metros de ella, sosteniendo su sombrero con fuerza, observándola con una mirada penetrante en la que se mezclaban la preocupación y un leve remordimiento.
—Lysandra... —comenzó Gideon con su voz grave, bajando ligeramente los ojos—. Necesitaba verte. He estado tormentado por la idea de que... de que la violencia que presenciaste en el pabellón te hubiera causado repulsión o temor hacia mí.
Se pasó una mano grande por la nuca, un gesto que delataba la torpeza vulnerable que solía aflorar en él cuando temía haber fallado.
—En el norte, los hombres resolvemos las afrentas con el rigor de la fuerza, pero sé que en Mayfair la brutalidad es vista con horror. Cuando vi a ese miserable tocándote, perdi la razón por completo. La bestia de mi sangre tomó el control. Temo haber parecido un monstruo ante tus ojos.
Lysandra lo escuchó en silencio. Ver al gigante de piedra, al titán que había aplastado a su agresor sin piedad, parado frente a ella buscando su perdón con una humildad tan pura, hizo que la marejada de deseo y devoción que alimentaba desde la mañana estallara de forma definitiva.
Sin responder con palabras, Lysandra cruzó la distancia que los separaba con pasos rápidos y decididos. Se arrojó a sus brazos, rodeando el cuello musculoso del Duque y pegando su cuerpo contra el suyo con una urgencia que tomó a Gideon por sorpresa.
—¿Un monstruo? —susurró ella contra su oído, sintiendo el cuerpo de Gideon tensarse antes de rodear su cintura con un agarre de hierro—. Gideon... jamás en mi vida me he sentido más cautivada, más protegida ni más desesperadamente enamorada de ti que en el momento en que destruiste a ese cobarde.
Gideon se congeló por un segundo, alzando el rostro para mirarla directamente a los ojos.
—¿No te asustó mi furia? —preguntó él, incrédulo.
Lysandra deslicó sus manos por las mejillas firmes de Gideon, bajando los dedos hasta presionar la fuerza de sus hombros y la anchura de su pecho. Sus ojos claros brillaban con una intensidad abrasadora que hizo que la garganta del Duque se secara al instante.
—Verte luchar por mí, sentir el poder destructivo de tu fuerza desatada para defender mi honor, solo encendió mi sangre —confesó ella con una honestidad descarada y sensual, acercando sus labios a los de él hasta que sus alientos se mezclaron—. No me asustó tu bestia, Gideon. Me fascinó. Me demostró que eres el único hombre sobre la tierra capaz de sostenerme, de protegerme y de dominar mi mundo.
Las palabras de Lysandra cayeron sobre Gideon como gasolina sobre brasas encendidas. Un gemido bajo y ronco brotó de la garganta del Duque.
El autocontrol que había intentado mantener se desintegró. Atrajo a Lysandra hacia su regazo mientras retrocedía dos pasos hasta sentarse en el amplio sillón de cuero del salón, acomodándola sobre sus muslos. Sus labios se estrellaron contra los de ella en un beso voraz, hambriento y cargado de una pasión salvaje que devolvió la intensidad del pabellón, pero esta vez canalizada en un fuego erótico e indestructible.
Las manos de Lysandra se enredaron en el cabello de Gideon, tirando de él mientras se amoldaba a la dureza de su cuerpo, entregándose sin reservas al abrazo del titán que había jurado ser su dueño y su protector por la eternidad.