Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA FRACTURA EN EL ABISMO
El silencio de la tarde en el apartamento se rompió de forma abrupta con el eco sordo de una discusión que venía escalando desde la cocina. Anastasia, exhausta por el cansancio físico de los últimos meses de gestación y con la paciencia al límite tras soportar las humillaciones constantes de Petra, había intentado marcar un límite en su propio hogar.
—Patricio, ya no puedo más con esta situación —dijo Anastasia, sosteniéndose el vientre hinchado mientras su esposo permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados—. Tu mamá no puede seguir revisando mis cosas personales ni decidiéndome lo que debo o no debo comer. Este es mi espacio, es el lugar donde va a nacer mi hijo.
Petra, que observaba la escena desde la puerta del pasillo con una sonrisa burlona, cruzó los brazos sobre el pecho e intervino con veneno en la voz:
—Mira cómo me habla esta malagradecida, hijo. Desde que llegué a esta casa no ha hecho más que ponerme caras largas. Piensa que por tener dinero o estudios es mejor que nosotros, cuando la realidad es que no es más que una aparecida que tuvo que buscarte a ti para que le taparas la vergüenza de estar preñada.
—¡Señora, cállese la boca! —gritó Anastasia, alzada en ira y dolor, incapaz de contener la humillación—. ¡Usted no tiene ningún derecho a meterse en mi vida ni a faltarme al respeto en la casa que yo estoy pagando!
—¡A mi madre no le alzas la voz, infeliz! —rugió Patricio fuera de sí.
En un arrebato de rabia ciega, dio dos pasos agigantados hacia Anastasia, estiró los brazos con violencia y la empujó con toda su fuerza contra el costado de la sala. El impacto fue seco y devastador. Anastasia no logró meter las manos a tiempo para amortiguar la caída; la esquina del pesado mueble de madera de la mesa de centro se incrustó directamente contra la parte baja de su vientre antes de que su cuerpo colapsara cuan largo era sobre la alfombra.
Un dolor agudo, lacerante y sofocante la atravesó como una espada encendida. Anastasia ahogó un grito que rápidamente se convirtió en un gemido desgarrador de agonía.
—¡Ahhh! ¡No, por Dios, mi bebé! —gritó Anastasia, llevándose las manos convulsivamente hacia el vientre, sintiendo un espasmo interno que le quitó el aire—. Patricio... ayúdame, por favor... me duele mucho... ¡Patricio, llama a una ambulancia!
El rostro de Patricio se palideció por un instante al ver la escena, pero la voz de su madre lo frenó antes de que diera un solo paso.
—No le hagas caso, hijo. Solo está haciendo show para llamar la atención y dejarte como el malo. Vámonos de aquí, déjala que se le pase el drama sola —dijo Petra con frialdad, tomando a su hijo del brazo y tirando de él hacia la puerta principal.
Patricio miró a su esposa retorciéndose en el suelo, llorando e hiperventilando de dolor mientras le suplicaba auxilio con los ojos llenos de terror. En lugar de ayudarla, el hombre endureció la mirada, se soltó del agarre de su madre solo para tomar las llaves de la mesa y escupió con desprecio:
—Aprende a no faltarle el respeto a mi familia. Ahí te quedas con tu teatro.
La puerta principal se cerró con un portazo violento que retumbó en las paredes vacías del departamento. Anastasia se quedó absolutamente sola en la penumbra de la sala, tendida sobre el suelo, apretando los dientes para no desmayarse por el dolor punzante que le recorría las caderas y el abdomen.
—Perdóname, mi amor... perdóname, no te mueras, por favor... —susurraba llorando desconsoladamente, acariciando su vientre con los dedos temblorosos.
Arrastrándose centímetro a centímetro sobre la alfombra, soportando cada punzada que le arrancaba lágrimas de desesperación, logró alcanzar su bolso que descansaba en la silla del comedor. Sacó el teléfono con las manos bañadas en sudor frío y, con la vista nublada, marcó el único número que sabía que respondería sin juzgarla.
Al segundo tono, la voz de Carmen resonó al otro lado de la línea:
—¿Hola? Anastasia, ¿qué pasó?
—Carmen... por favor... ayúdame —logró articular Anastasia con un hilo de voz ahogado en llanto—. Patricio... me empujó... me golpeé la panza... estoy tirada en el piso, no me puedo levantar... me duele demasiado...
—¡¿Qué?! ¡Dios mío, Anastasia! ¡No te muevas, voy para allá volando! ¡Aguanta, por favor, no te muevas! —gritó Carmen presa del pánico.
Carmen no esperó ni un segundo. Salió corriendo de su departamento, abordó un taxi y en menos de diez minutos estaba golpeando la puerta. Al notar que estaba sin seguro, entró de golpe y se encontró a su mejor amiga en el suelo, pálida como la cera, sudando frío y acurrucada en posición fetal.
—¡Anastasia! —gritó Carmen arrodillándose a su lado de inmediato, tomándole la cabeza con delicadeza—. Santo Cielo, estás helada. Tranquila, mi amor, ya estoy aquí, te voy a sacar de esto.
Sin perder el tiempo esperando una ambulancia que tardaría demasiado, Carmen ayudó a Anastasia a levantarse como pudo, sosteniendo casi todo su peso sobre sus hombros. Bajaron en el ascensor despacio, con Anastasia gimando de dolor a cada paso, y Carmen la acomodó en el asiento trasero del taxi.
—¡Al hospital central, rápido, es una emergencia obstétrica! —le ordenó Carmen al conductor con voz firme y angustiada.
El trayecto hacia el hospital fue un calvario de angustia. Carmen le sostenía la mano con fuerza a Anastasia mientras le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo.
—Vas a estar bien, las dos van a estar bien. Respiremos juntas, dale, inhala... exhala... no te me cierres los ojos, Anastasia, mírame —le pedía Carmen sin soltarle los dedos.
—Tengo miedo, Carmen... si le pasa algo a mi bebé no me lo voy a perdonar nunca... Patricio me dejó tirada... me dijo que era un teatro —decía Anastasia entre sollozos, con el rostro desencajado por la traición y el sufrimiento.
—Ese miserable va a pagar por todo lo que te hizo, te lo juro por mi vida. Pero ahora solo importa que tú y el bebé salgan bien de esto —respondió Carmen con la mandíbula apretada por la rabia contenida.
Al llegar a la sala de urgencias del hospital, Carmen gritó por ayuda y de inmediato los enfermeros salieron con una silla de ruedas y una camilla. Ingresaron a Anastasia a la zona de evaluación obstétrica a toda prisa. Carmen se negó rotundamente a separarse de ella hasta que los médicos la obligaron a quedarse en la sala de espera.
Pasaron dos horas agónicas en las que Carmen caminaba de un lado a otro por el pasillo del hospital, mordiéndose las uñas y conteniendo las lágrimas. Finalmente, el médico obstetra salió del área de evaluación revisando unos documentos. Carmen corrió hacia él.
—Doctor, ¿cómo está Anastasia Riquelme? ¿Cómo está el bebé? —preguntó impaciente.
El médico suspiró y la miró con serenidad pero con gravedad en la voz:
—Afortunadamente, la paciente no sufrió un desprendimiento de placenta, que era nuestro mayor temor dado el impacto directo en el abdomen. Sin embargo, tiene un hematoma contuso severo en la pared abdominal y la caída le provocó contracciones prematuras por el trauma físico y el estrés emocional. Tuvimos que administrarle medicamentos para frenar el trabajo de parto y estabilizarla. Se va a quedar internada bajo observación estricta durante al menos cuarenta y ocho horas.
Carmen dejó escapar un largo suspiro de alivio y se llevó las manos a la cara.
—Gracias a Dios... ¿Puedo verla?
—Sí, pero está muy débil y consternada. Necesita estar en absoluto reposo y cero impresiones fuertes —advirtió el doctor antes de darle paso.
Carmen entró silenciosamente a la habitación. Anastasia estaba acostada en la cama, conectada a un monitor fetal que emitía el constante y rítmico latido del corazón de su bebé, un sonido que traía un oasis de paz a la tormenta. Tenía la cara demacrada y una vía intravenosa en la mano.
Al ver ingresar a Carmen, Anastasia estiró la mano débilmente. Carmen corrió a tomarla y se sentó en la silla junto a la cama.
—El bebé está bien, Anastasia. Escucha su corazón, ahí está, es fuerte —le susurró Carmen con dulzura, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas.
Anastasia miró el monitor y una lágrima solitaria rodó por su mejilla pálida.
—Casi me lo quita, Carmen... casi me quita lo único que tengo —murmuró Anastasia con la voz llena de una tristeza profunda, pero con un matiz nuevo de determinación en sus ojos color miel—. No voy a volver con él. No puedo dejar que este monstruo destruya la vida de mi hijo.
—No vas a volver, yo me voy a encargar de eso —respondió Carmen apretándole la mano con firmeza—. Te vas a quedar en mi departamento el tiempo que sea necesario. A partir de hoy, yo soy tu familia aquí.
Durante los dos días de internación, Patricio no apareció ni una sola vez, ni envió un solo mensaje para saber si su esposa o el bebé seguían con vida. Carmen no se separó de la cama de Anastasia ni un solo instante, cuidándola, alimentándola y asegurándose de que tuviera la paz que le habían arrebatado. Aquella estancia en el hospital no solo salvó la vida del pequeño en gestación, sino que terminó de romper el último lazo de sumisión que unía a Anastasia con Patricio Zapata.