Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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LA SERPIENTE ENTRE NOSOTROS
Durante la temporada que viví en occidente, escuché muchas frases y dichos interesantes, ideas que en nuestro Imperio Otomano nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Pero una de ellas caló tan profundo en mi espíritu que a menudo la repetía en silencio, como una verdad que finalmente había comprendido: «A veces las deformaciones son un castigo que obtuviste en tu vida pasada por tus malas acciones». No sé si era verdad, ni si era más que una creencia popular, pero en este momento, observando a mi hermano Cihangir, pensé que se aplicaba con una precisión casi aterradora. Él había nacido jorobado y tullido; su cuerpo lo delataba siempre, caminaba con dificultad, se quejaba de dolores que nunca lo abandonaban, y todos lo veían como el más frágil, el más necesitado de protección. Y sin embargo, de todos mis hermanos, él era el más peligroso de todos. No era el más guerrero, quizás tampoco el más brillante en las artes de la estrategia, pero en manipulación, en saber fingir, en mostrarse débil para obtener lo que deseaba… nadie le ganaba. Se movía como una víbora: lento, silencioso, deslizándose entre las personas sin que nadie notara su presencia hasta que ya era demasiado tarde para apartarse de su mordida.
Ahora que estaba aquí, fingiendo ser Mario Miller, viendo todo desde fuera, con la perspectiva que me dio mi supuesta muerte, por fin lo veía con claridad meridiana. Por primera vez en mi vida, veía su verdadera cara. No la del hermano pequeño y frágil que todos debían cuidar, sino la falsedad detrás de cada sonrisa, los movimientos medidos con precisión, las palabras siempre cuidadosamente elegidas para sembrar dudas donde él no podía crecer. Diablos… ¿cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo permití que mi compasión me cegara por completo? Si no hubiera sido porque durante ese tiempo en que todos creían que yo había desaparecido, pude ver con otros ojos cómo operaba desde las sombras: cómo se acercaba a Mustafa para susurrarle que yo lo traicionaba, cómo hacía creer a mi madre que yo la rechazaba, cómo insinuaba ante mi padre que yo menospreciaba su autoridad, cómo enfrentaba a unos contra otros sin que nadie sospechara jamás de él. ¿Me habría engañado para siempre con esa cara de niño herido y necesitado de amor? Esta vez no. Esta vez lo veía con claridad. Y esta vez no caería en su trampa.
Tú fuiste uno de los causantes de mi desgracia, pensé mientras se acercaba con su paso lento y cuidadoso, arrastrando levemente el pie. ¿Por qué lo hiciste? La respuesta es tan simple que duele. Me tenías envidia. Querías todo lo que yo tenía y que tú nunca podrías tener: la salud, la estatura, un rostro que agradaba a todos sin esfuerzo, la mirada de nuestro padre que siempre se posaba en mí con esperanza, y un futuro que todos daban por sentado que sería mío. No podías soportar que yo fuera lo que tú jamás serías.
Se detuvo ante mí, con esa sonrisa suave y amable que siempre usaba cuando quería ganarse a alguien.
—Hermano… ¿cómo te encuentras hoy? ¿Te sientes mejor?
Le sonreí, pero no con calidez fraternal, sino con una cortesía tan perfecta que deliberadamente nos colocaba a metros de distancia el uno del otro.
—Muchas gracias por preguntar, príncipe Cihangir. Me encuentro razonablemente bien.
Sus ojos entrecerraron apenas, como si esa palabra lo hubiera pinchado.
—¿Príncipe? Somos hermanos, Mehmet. No debemos tratarnos con tanta formalidad. No hay necesidad de barreras entre nosotros.
—Lo de ser hermanos es algo que aún no logro comprender del todo, mi príncipe —respondí con la misma amabilidad imperturbable—. Le agradezco profundamente su preocupación y su amabilidad. Es muy noble de su parte.
Me miró con esa misma mirada escrutadora que tenía nuestro padre: profunda, calculadora, buscando la grieta por donde colarse.
—Bien… Padre ha ordenado que todos nos presentemos en el Gran Salón. Han llegado enviados de tierras lejanas, y como miembros de la familia real, debemos estar presentes. Es importante que estemos allí.
Ah, claro, pensé mientras lo observaba internamente. Esa es tu intención verdadera. Quieres llevarme ante extraños para que diga algo inapropiado, que no conozco los protocolos, que parezca ignorante y fuera de lugar delante de todos. Así podrás susurrarle a padre que no soy el verdadero Mehmet, que soy un impostor que no conoce nuestras costumbres, que no merezco estar entre vosotros. Quieres que todos vean al extranjero y no al príncipe. Quieres ganar terreno a costa de mi equivocación.
—Por supuesto. Lo que el Sultán ordene, así se hará —dije con calma, y lo seguí con paso tranquilo, sin mostrar la menor aprensión.
Cuando llegamos al Gran Salón, efectivamente había representantes de varias naciones reunidos allí. Vestían túnicas y sedas de colores distintos, hablaban idiomas que se entrelazaban en el aire como cintas de colores, y todos se veían serios y atentos a las palabras de los demás. El Sultán Solimán estaba sentado en su trono, observando cada conversación, cada gesto, con esa atención que nada se le escapaba. A su lado estaba mi hermana Mihrimah. Ahí estaba ella: hermosa, inteligente, perspicaz, y tan peligrosa como una espada desenvainada. Si hubiera nacido varón, hace mucho tiempo que todos sus hermanos estaríamos muertos y ella ya estaría sentada en ese trono. Era astuta como pocas personas he conocido en mi vida, y despiadada cuando se trataba de proteger a los suyos o de obtener lo que se proponía.
En cuanto me vio, dejó de hablar con la embajadora que tenía al lado y caminó hacia mí con una sonrisa genuina que iluminó su rostro.
—Mehmet… estás bien. Gracias a Alá. No sabes cuánto he rezado por ti.
La miré y le devolví una sonrisa educada y respetuosa, pero manteniendo mi postura de caballero occidental.
—La Sultana de las estrellas y del sol… me siento profundamente halagado y conmovido por su afecto. Es usted demasiado amable.
Ella se detuvo un instante, sorprendida por el título y la distancia en mi tono. Extendió una mano y me tocó suavemente el rostro, como si quisiera comprobar con sus propios dedos que yo era real y no un sueño.