Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 9
Capítulo 9 — La huida
Amanecí antes que el sol y no volví a cerrar los ojos.
Mientras la casa dormía, hice el turrón. Doña Delia me había dejado usar la cocinita del piso de arriba "para que la señorita se distraiga", y yo me distraje: derretí el azúcar, tosté las almendras, y en la mezcla eché las pastillas machacadas que llevaba días guardando debajo de la lengua a la hora de la medicina —las de dormir, las del estómago, todo lo que pudiera dejar a un guardia clavado en el escusado o roncando en un rincón. Corté el turrón en cuadritos parejos, los acomodé en una bandeja bonita y encima dejé una nota:
"Gracias por todo. No me busquen. — M."
No firmé con mi nombre verdadero. Ni siquiera para irme quise dárselo.
Me vestí con lo más sencillo que encontré: una blusa de una sirvienta que había pedido prestada con un pretexto, unos huaraches planos. Nada de la ropa pesada de "salir". Escondí la ficha de los Bravante en el sostén y la pistola en la cinturilla, contra la espalda, fría como una promesa. Y esperé a que empezaran los tambores.
Empezaron a media mañana.
Primero fue un rumor lejano: tambores de comparsa, agua y gritos, risas subiendo desde el pueblo. Después, la fortaleza entera pareció aflojar los hombros. Hasta los guardias andaban distintos, riéndose entre ellos, y algún balde de agua voló por los patios sin que nadie regañara a nadie. El Carnaval de las Aguas. La única mañana del año en que aquella gente se olvidaba de tener miedo.
Yo fui a buscar a Nico.
Lo encontré aburridísimo en un banco, tirando piedritas.
—Nico. —Me agaché a su altura, con la mejor de mis sonrisas—. ¿Sabes qué día es hoy?
—Día de mojarse —dijo, sin ánimo—. Pero a mí no me dejan salir.
—¿Y si te llevo yo? Somos amigos, ¿no? Los amigos se cuidan. —Le tendí la mano—. Solo a la reja, a ver pasar a la gente. Un ratito.
Le brillaron los ojos. Y yo sentí una punzada de vergüenza tan grande que casi me arrepiento. Casi. Porque me acordé de mi mamá Amparo, de mi papá Teo, de mi casa al otro lado del mundo, y me dije que Dios me perdonaría usar a un niño para volver con los míos. Que después le pediría perdón a Nico de rodillas si hacía falta. Pero primero tenía que salir.
Con la ficha bastó. Al guardia de la reja de servicio le mostré el león de las llamas y le dije que el señor había autorizado que el niño viera la fiesta un momento, conmigo. Dudó. Miró la ficha. Miró a Nico, que ya brincaba. Y abrió.
La calle nos tragó.
Nunca vi tanta gente junta. Un solo cuerpo empapado que empujaba, cantaba, tiraba agua a cubetazos, con música por todos lados y el suelo hecho un río. Nico chillaba de gusto, agarrado de mi mano, mientras nos mojaban de arriba abajo. Lo dejé disfrutar dos cuadras. Necesitaba que confiara, que se soltara, que se metiera en el juego.
Y en la esquina más apretada, donde la multitud era un solo remolino, vi a uno de los sirvientes de la casa que nos había seguido de lejos. Le grité, señalando a Nico:
—¡Cuídemelo un segundo, voy por agua para el niño!
Le puse la manita de Nico en la suya. El niño me miró, confundido.
—¿Adónde vas?
—Ahí nomás, mi amor —mentí—. No te muevas.
Y corrí.
Me metí en lo más espeso de la gente, me agaché, me dejé arrastrar por la corriente humana, cambié de dirección dos, tres veces. El corazón me reventaba. Detrás oí, o creí oír, la voz del sirviente gritando un nombre que ya no era el mío. Corrí más. El agua me chorreaba en los ojos, la ficha me raspaba el pecho, y por primera vez en muchos días la palabra libertad me sabía a algo real en la boca.
Sabía adónde ir. Lo había memorizado de los mapas que colgaban en un pasillo de la casa: al norte de la plaza mayor estaba lo que un letrero llamaba la zona de las delegaciones, oficinas con banderas, consulados. Una bandera. Una oficina. Alguien que hablara español de verdad y me dijera: tranquila, muchacha, ya estás a salvo. Corrí hacia allá con toda el alma.
Y ahí empezó a deshacerse todo.
Corrí, y corrí, y las calles subían. La ciudad que yo había imaginado plana, abierta, con salida al mundo, no dejaba de trepar entre paredones. Cada cuadra terminaba en un muro, en una garita, en un retén de hombres armados que ni el Carnaval alegraba. Llegué por fin, sin aliento, a la famosa zona de las delegaciones.
Eran fachadas. Solo fachadas.
Edificios bonitos con banderas de colores y ni un alma adentro. Puertas de utilería. Un decorado. Detrás de aquellas oficinas de mentira no había un mundo esperándome: había más montaña, más selva, más muros. Me trepé a una barda para ver, jadeando, y lo entendí de golpe, con un frío que me bajó desde la nuca hasta los pies.
Me habían mentido con la geografía entera.
Nunca estuve cerca de ninguna frontera amable, de ningún consulado, de ninguna ciudad de donde se pudiera salir. La Fortaleza del Sol no estaba a las orillas de nada. Estaba enterrada en el corazón de la Sierra del Norte, en lo más hondo de un feudo sin ley donde la palabra del señor era la única ley y el único mapa. La "ciudad" era su ciudad. Las "delegaciones" eran su decorado. Yo no había estado corriendo hacia la salida. Había estado corriendo en círculos dentro de su jaula, una jaula tan grande que me había hecho creer que era el mundo.
Todos mis planes de dos días —el turrón, la nota, la ficha escondida en el sostén, la fecha que había guardado debajo de la lengua como una llave— se me deshicieron ahí arriba, de una sola vez. No había frontera que cruzar. No había oficina donde decir mi nombre. No había, en cientos de kilómetros a la redonda, una sola persona con poder de sacarme de las manos de ese hombre. Y me acordé de Nico, solo entre la multitud, buscándome, y a la vergüenza se le sumó lo peor de todo: que ni siquiera había servido de nada traicionarlo.
Se me doblaron las rodillas encima de la barda.
Y entonces, abajo, en la boca del callejón, se detuvo un coche negro. Largo, silencioso, un Rolls-Royce que no pintaba nada en aquellas calles de fiesta. De él bajaron hombres de negro, tranquilos, sin prisa, abriéndose en abanico. No corrían. No hacía falta. Sabían que no había adónde huir.
Y del coche, sin mojarse, con la calma de quien nunca dudó del final, bajó él.
No estaba en Panamá. Nunca estuvo en Panamá.
Me bajé de la barda de un salto, la espalda contra el muro, y saqué la pistola. Me temblaban las manos, pero apunté. Apunté a los que se acercaban, apunté después a él, a ese hombre que me había dejado un arma y una ficha y una fecha y una esperanza solo para verme correr.
—¡No se acerquen! —grité, con la voz rota—. ¡Los mato! ¡Se los juro que los mato!
Él siguió caminando hacia mí, despacio, sin siquiera levantar una mano para pararme.
Apreté el gatillo.
Clic.
Nada. Apreté otra vez. Clic. Y otra. Clic, clic, clic. El cargador estaba vacío. Había estado vacío desde el principio. Me había dado un arma sin balas y yo la había abrazado contra el pecho como a un tesoro, contando mi fortuna, y él había sabido cada minuto de estos dos días que yo apuntaría y no pasaría nada.
Se me cayó la pistola de las manos.
—¿Ya? —dijo él, sin alzar la voz—. ¿Terminaste?
No corrí. No tenía adónde. Solo lo miré, y sé que en esa mirada iba todo el odio del que era capaz una persona, y sé que a él no le hizo el menor efecto.
Me subieron al coche.
Lo que pasó dentro de ese coche no lo voy a contar bonito, porque no tuvo nada de bonito.
Me ataron las muñecas con algo delgado que se me hundió en la piel. Me taparon la boca cuando grité, con una mano primero y con un trapo después, hasta que dejé de gritar por falta de aire. Yo pataleaba, yo mordía, yo era un animal en una trampa, y ellos me sujetaban con la eficiencia aburrida de quien ha cargado ganado. Eso fui esa noche para ellos: carga. Otra vez carga, como en la jaula del campamento, como en el primer día, solo que ahora la jaula tenía asientos de cuero y olía a él.
Y él, sentado enfrente, me miraba forcejear sin mover un músculo de la cara.
—Te di todo —dijo, en voz baja, terrible—. Un arma. Un nombre. Una salida. Y saliste corriendo. Engañar tiene precio, Mía. —Se inclinó hacia mí en la penumbra, y por un instante creí que se me paraba el corazón—. A partir de hoy vas a entender exactamente de quién eres.
Hubo, esa noche, una línea que un hombre no debe cruzar con nadie. Él la cruzó. No la voy a describir. Basta con que se sepa que la cruzó, y que fue lo que me hizo, para siempre, no poder perdonarlo jamás. Lo demás fue oscuridad: el miedo cerrándome la garganta, mi propio pulso golpeándome en los oídos, y la certeza fría, definitiva, de que aquel hombre no era peligroso como es peligrosa una tormenta, sino como es peligroso alguien que ha decidido que otra persona le pertenece.
En algún momento el terror y la falta de aire me apagaron como se apaga una vela.
Lo último que registré, antes de irme, fue algo que tardé mucho en creer que había visto de verdad: que a él, después, ya sin público, se le crispó la mandíbula y se pasó la mano por la cara con un gesto brusco, como quien espanta un pensamiento. Como si algo, muy adentro y por primera vez, no le hubiera salido bien.
No sé cuánto dormí. Un día entero, me dijeron después. Un día y una noche desmayada mientras la fiesta se apagaba y el agua se secaba en las calles y yo dejaba de ser, del todo, la muchacha que había creído que podía correr.
Desperté en mi cama de la Casa de las Orquídeas, con las muñecas vendadas y el cuerpo entero doliéndome.
Él estaba de pie junto a la cama, mirándome. Tenía la cara pálida, ojerosa, distinta, aunque yo estaba demasiado destrozada para preguntarme por qué. Cuando vio que abría los ojos, su voz cayó sobre mí, fría como el hierro:
—¿Todavía no aprendes? Así solo consigues que te castigue peor.