Renzo Vittorino no es solo un líder; es la encarnación de la ley dentro de la mafia búlgara. Conocido por su frialdad quirúrgica y un código de honor inquebrantable, gobierna mediante el miedo y la eficiencia. Para Renzo, las mujeres siempre han sido accesorios temporales o herramientas políticas; nunca ha permitido que nadie interfiera en sus decisiones, manteniendo un control absoluto.
Al rastrear a un antiguo rival que le debe una suma astronómica, Renzo se enfrenta a una situación que desafía incluso su visión pragmática del mundo. Sin dinero ni bienes, el deudor ofrece su última “mercancía”: una joven mantenida cautiva en el sótano de una casa oscura.
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Capítulo 3
El viaje hasta la propiedad de caza se hizo bajo un silencio sepulcral. La nieve comenzaba a caer sobre las montañas búlgaras, cubriendo la carretera de blanco.
Cuando llegaron a la cabaña decrépita, el olor a moho y abandono era evidente. Renzo bajó del coche, el abrigo largo de lana balanceándose con el viento helado. Siguió a Mikhail hasta una puerta de hierro pesada en el rincón de la cocina, que llevaba al subsuelo.
Mikhail— Ella está allá abajo
dijo Mikhail, temblando, entregando un manojo de llaves oxidadas.
Mikhail— Yo la mantengo alimentada, pero... no sirve para nada. Nunca aprendió a defenderse.
Renzo tomó las llaves, apartó a Mikhail con un empujón y bajó los escalones de piedra solo. La linterna de su celular cortó la oscuridad del sótano.
El lugar era frío y húmedo. En el rincón, sobre un colchón gastado, vio una figura pequeña. La joven se encogió al oír los pasos pesados y extraños.
Ella no gritó. Apenas giró el rostro en dirección al sonido, sus ojos claros y sin foco parecían mirar a través de Renzo, buscando una luz que nunca llegaría.
Chica— ¿Quién está ahí?
la voz de ella era un susurro ronco, quebradizo por el desuso. Renzo paró. Estaba acostumbrado a ver miedo en los ojos de las personas, pero ella no tenía ojos que pudieran reflejar el monstruo que él era. Para ella, él era apenas un sonido, un perfume de sándalo y el frío que entraba por la puerta abierta.
Renzo— Yo soy su nuevo dueño
dijo Renzo, su voz resonando en las paredes de piedra. La propiedad de caza estaba cubierta por una nieve sucia.
Renzo bajó las escaleras de piedra del sótano, el sonido de sus zapatos de suela de cuero resonando como golpes de un tambor fúnebre.
El lugar era gélido. Cuando él abrió la puerta de hierro, el haz de su linterna barrió el lugar hasta parar en una figura encogida en un rincón. Ella usaba un vestido de algodón fino, los brazos abrazando las rodillas.
Ella estaba sentada en un sillón viejo, las manos reposando sobre el regazo. No había cadenas, pero el miedo que emanaba de ella era una prisión invisible.
Al oír los pasos extraños, el sonido firme y rítmico de alguien que nunca titubea, ella se encogió.
Mikhail— Ella no ve nada, Renzo
Mikhail susurró, como si vendiese un objeto de arte.
Mikhail— Puede gritar, puede disparar un arma al lado de ella, ella nunca sabrá quién usted es. Es la posesión perfecta para un hombre en su posición.
Renzo se aproximó. El perfume de él, una mezcla de tabaco y especias caras, invadió el aire estancado del sótano.
La joven inclinó la cabeza, los ojos azules y nublados moviéndose frenéticamente, intentando capturar cualquier información que no fuese sonora.
Renzo— ¿Cómo se llama ella?
Renzo preguntó, su voz resonando en las paredes de piedra como un trueno bajo.
Mikhail— Ella... yo nunca pregunté
admitió Mikhail, nervioso. Renzo sintió un relámpago de desprecio. No por la chica, pero por el hombre a su lado. Renzo era un monstruo, pero un monstruo con patrones.
Dejar a una mujer pudrirse en la oscuridad sin siquiera un nombre era descuidado. Él se inclinó, quedando a la altura del rostro de la joven.
Por primera vez en la vida, Renzo Vittorino miró a una mujer y no vio el reflejo de su propia importancia en los ojos de ella. Él vio apenas el vacío.
Renzo— ¿Tiene nombre, pequeña?
él preguntó. Ella se estremeció al sentir el aliento de él cerca de su piel.
Aurora— me llamo Aurora
ella susurró, la voz casi desapareciendo en el aire frío. Renzo se levantó, volviendo a su postura impenetrable.
Renzo— Mikhail, su deuda está saldada. Desaparezca de Bulgaria antes del amanecer. Si yo veo su rostro nuevamente, no habrá mercancía en el mundo que compre su vida.
Mikhail salió tropezando, agradecido por estar vivo. Renzo permaneció en el sótano, observando la figura frágil delante de él.
Renzo— Levántese, Aurora
él ordenó.
Renzo— Usted está saliendo de la oscuridad para entrar en mi mundo. Solo no espere que él sea más iluminado que este sótano
Ella levantó el rostro. Sus ojos eran de un azul cristalino, pero había una niebla en ellos. Ellos no enfocaron en la luz fuerte; ellos apenas buscaron el sonido.
Aurora— ¿Mikhail?
la voz de ella era un soplo, asustada, pero extrañamente melodiosa. Renzo no respondió de inmediato. Él caminó hasta ella, parando a centímetros de su cuerpo trémulo.
Él podía sentir el olor a miedo y a jabón barato viniendo de ella. Él extendió la mano enluvidada y tocó la barbilla de la joven, forzándola a levantar el rostro hacia él. Ella se estremeció, pero no desvió. ¿Cómo podría?
Renzo— Mikhail no manda más en usted
dijo Renzo, su voz llenando el sótano con una autoridad sombría.
Renzo— Él la vendió para saldar una deuda.
Aurora— ¿Quién es usted?
ella susurró, la mano de ella subiendo tímidamente, intentando encontrar el brazo de él para situarse en el espacio.
Renzo sujetó el pulso de ella con fuerza, impidiendo el toque.
Renzo— Yo soy Renzo Vittorino. El hombre que ahora es dueño de cada respiración suya. Y la primera regla de mi mundo es: usted no me toca a menos que yo ordene.
Él la observó. Ella era frágil, quebradiza. Un contraste violento con las mujeres glamorosas de su vida de farra.
Ella era el "nada" que Mikhail ofreció, y, por algún motivo que Renzo aún no comprendía, él decidió que la llevaría para su torre de vidrio.
El trayecto de vuelta para Sofía fue silencioso. Renzo mantenía los ojos fijos en la carretera, mientras que la joven permanecía encogida en el banco de cuero del SUV blindado.
Ella tanteaba el cinturón de seguridad con dedos trémulos, intentando entender las dimensiones del espacio a su alrededor.
Cuando el ascensor privativo se abrió directamente en el ático de Renzo, el contraste fue absoluto.
El apartamento era un santuario de minimalismo y riqueza: suelo de mármol pulido, muebles de diseño italiano y ventanas que iban del suelo al techo, revelando las luces de la ciudad.
Renzo la guio por el brazo, sin mucha delicadeza. Al entraren, el sonido de los zapatos de él batiendo en el mármol resonó, un sonido nítido y frío.
Aurora— ¿Dónde... dónde estamos?
ella preguntó, su voz fallando. Ella extendió la mano libre, sintiendo el aire acondicionado helado contra la piel.
Renzo— En mi mundo
respondió Renzo, soltando el brazo de ella en el centro de la sala monumental.
Renzo — Aquí, el suelo es liso y no hay obstáculos. Si usted cae, la culpa es suya.
Él caminó hasta el bar, sirviéndose de un whisky. El sonido del hielo batiendo en el cristal hizo a la joven sobresaltarse.
Renzo— Mikhail dijo que usted no tiene utilidad
él continuó, observándola mientras bebía. Ella parecía una mancha de polvo en un museo impecable.
Renzo— Pero en mi casa, todo tiene una función. Usted será mi sombra. Se quedará donde yo mande, comerá cuando yo permita y no emitirá un sonido mientras yo esté trabajando.
Ella abajó la cabeza, los cabellos claros cayendo sobre el rostro.
Aurora— Mi nombre es Aurora
susurró ella, intentando rescatar una gota de dignidad. Renzo paró el vaso a medio camino de la boca.
Renzo— Nombres son para personas con quien yo pretendo crear lazos, Aurora. Para mí, usted es apenas la prueba física de que Mikhail falló.
Él la dejó parada en el medio de la sala y llamó a una de sus gobernantes de confianza por un intercomunicador.
Renzo— Llévela, dé un baño en ella y queme esas ropas de sótano. Colóquela en el cuarto de huéspedes del ala este. Y asegúrese de que ella entienda: ella no debe salir de allá sin mi permiso.