Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Mi esposa
Nino
El timbre vuelve a sonar mientras termino de subir la cremallera de mi pantalón.
—Voy a matarla.
—No vas a matar a nadie —dice Arianna detrás de mí.
Me giro.
Está sujetando el vestido de novia contra su cuerpo.
Su cabello cae desordenado sobre sus hombros, tiene las mejillas todavía un poco rojas y está descalza en medio de mi salón.
Mi salón.
Nuestra casa durante seis meses.
Y hace aproximadamente dos minutos estaba desnuda de cintura para arriba delante de mí.
Mi cerebro decide recordármelo.
Ahora.
Fantástico.
—No estaba hablando literalmente.
Ary levanta una ceja.
—Disculpa, pero considerando lo que sé de ti, necesito que seas específico.
Sonrío.
—Está bien. No voy a matarla.
—Gracias.
—Hoy.
—Nino.
El timbre vuelve a sonar.
Después tres golpes contra la puerta.
—¡NINO!
Cierro los ojos.
Gia.
Definitivamente Gia.
—¿Siempre hace esto? —pregunta Arianna.
Me pongo los pantalones.
—No.
—Acaba de chocar una camioneta contra tu casa.
—Mi camioneta.
—Eso parece importante para ti.
—Muchísimo.
Arianna se ríe.
Busco la camisa.
No está.
Miro alrededor.
—¿Dónde está mi camisa?
Ary baja la mirada.
La camisa está debajo de su vestido.
Claro.
Perfecto.
—Creo que tendrás que atender sin ella.
La miro.
—¿Eso es venganza?
—Equilibrio.
—Cada vez me preocupa más nuestro matrimonio.
Otro golpe.
—¡Sé que estás ahí!
Voy hacia la puerta.
—Nino.
Me detengo.
Arianna señala mi torso.
—¿No vas a ponerte algo?
—Mi esposa secuestró mi camisa.
—Tu esposa está intentando conservar algo de dignidad.
La palabra me hace sonreír.
Mi esposa.
Arianna lo nota.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—Esa.
—Sigue siendo mi cara.
—Abre la puerta, Farina.
—Sí, esposa.
—Temporal.
—Cruel.
Abro.
Gia está al otro lado.
Cabello rubio perfectamente peinado.
Tacones.
Un vestido negro demasiado elegante para conducir una camioneta directamente contra un pilar.
Tiene los brazos cruzados.
Está furiosa.
—Finalmente.
—Hola, Gia.
Su mirada baja.
Pantalones.
Sin camisa.
Después vuelve a subir.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Viviendo.
—Te he llamado como cincuenta veces.
—Eso explica las cincuenta llamadas.
—¿Por qué no contestaste?
—Porque no quería hacerlo.
Su expresión cambia.
Gia no es una mala persona.
Eso tengo que recordarlo.
Intensa.
Sí.
Agotadora.
Definitivamente.
Pero no hice las cosas demasiado bien después de aquella noche.
Le dije que no buscaba nada.
Pensé que había sido suficiente.
Para mí lo fue.
Para ella aparentemente significó convénceme.
—¿Puedo entrar?
Miro hacia el pilar.
—Ya entraste bastante.
—¿Qué?
—Nada.
Me hago a un lado.
—Cinco minutos.
Gia entra. Da dos pasos, y entonces ve a Arianna.
Se detiene.
Ary sigue junto al sofá.
Vestido blanco.
Cabello suelto.
Descalza.
Con el vestido sujeto a la altura del pecho porque el cierre sigue completamente abierto.
Gia la mira.
Después me mira. Después otra vez a ella, como si no pudiera confiar en sus ojos.
—¿Quién es ella y qué hace ella aquí?
No me gusta la pregunta.
—Vive aquí.
Gia ríe una sola vez.
—¿Qué?
Arianna me mira.
Yo a Gia.
—Arianna vive aquí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hoy.
Los ojos de Gia bajan hacia el vestido.
Finalmente parece registrar qué es.
—¿Por qué estás vestida así?
Ary mira su propio vestido. Después a Gia.
—Porque me casé.
Todos quedamos en silencio.
Gia vuelve la cabeza hacia mí muy despacio.
—¿Qué? —pregunta en un susurro estrangulado.
—Me casé.
Se ríe.
Esta vez de verdad.
Una carcajada.
—Cállate. —No digo nada—. Nino.
—Gia.
—No tiene gracia.
—No era un chiste.
Su sonrisa empieza a desaparecer.
Mira mi mano.
El anillo.
Después la de Arianna.
También el anillo.
Vuelve a mirar el vestido.
—No.
Oh, no.
—Gia…
—No.
—Está bien.
—Esto es una broma.
—No.
—¿Desde cuándo conoces a esta mujer?
Arianna abre la boca.
La detengo con una mirada. No porque no pueda responder. Porque esto es mío.
Yo traje a Gia a mi vida.
Yo tengo que resolverlo.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
—No para ti.
Su cara cambia.
Me arrepiento un poco de cómo sonó.
Bajo el tono.
—Gia, escucha.
—No.
—Necesitas escucharme.
—Dormimos juntos.
Arianna mira hacia otro lado.
Mierda.
—Una vez —le recuerdo.
—¡Exactamente!
No sé cómo eso ayuda a su argumento.
—Gia, nunca tuvimos una relación.
—Porque dijiste que necesitabas tiempo.
—Dije que no quería una relación.
—Es lo mismo.
—No. —Ahora sí soy firme—. No es lo mismo.
Se queda callada.
—Lo que pasó entre nosotros fue una noche —continúo—. Nunca te prometí algo después. Nunca te dije que estaba enamorado de ti.
Su cara se tensa.
No disfruto esto.
Nunca me ha gustado hacer sufrir a alguien por algo que yo hice voluntariamente.
—Pero tú…
—Lo siento si interpretaste otra cosa. De verdad.
Eso parece sorprenderla.
—Entonces ¿esto qué es?
Señala a Arianna.
No me gusta ese gesto tampoco.
—Mi matrimonio.
—¡Ni siquiera la conoces! —grita—. Hace menos de un mes estabas en mi cama.
—La conozco lo suficientemente bien para haber decidido casarme con ella.
No voy a explicarle el contrato.
No le corresponde saberlo.
Y si nuestro matrimonio tiene que parecer real frente a la Sagrada Familia, mucho menos.
Gia niega con la cabeza.
—Esto es ridículo.
—Puede parecértelo.
—Nino, mírame. —La miro—. Tú no eres de los que se casan.
—Evidentemente sí.
—Tú no quieres casarte.
—Hoy sí.
—¿Con ella?
Ahí cambia algo pequeño.
Una palabra.
Una entonación.
Ella.
Miro a Gia.
—Cuidado.
Frunce el ceño.
—¿Qué?
—Puedes estar enojada conmigo. —Mi voz ya no tiene humor—. Puedes gritarme. Puedes decirme que soy un imbécil. Incluso voy a aceptar que chocaste mi camioneta contra un pilar sin hacer demasiadas preguntas.
—Nino…
—Pero no le faltes el respeto a Arianna.
Gia me observa como si acabara de hablar otro idioma.
Arianna también.
—No le estoy faltando el respeto.
—Entonces continúa así.
—¿La estás defendiendo?
La pregunta me parece absurda.
—Es mi esposa.
Siento la mirada de Ary inmediatamente.
Gia suelta una risa sin humor.
—¿Tu esposa?
—Sí.
—Hace unas semanas ni siquiera hablabas de ella.
—No tengo obligación de informarte con quién hablo.
—Después de lo que hubo entre nosotros…
—Hubo una noche.
—¡Para ti!
Cierro la boca.
Eso sí lo entiendo.
Gia respira fuerte.
Sus ojos brillan un poco. Y por primera vez dejo de verla como una molestia.
Esto para ella es real.
Aunque nunca lo haya sido para mí.
—Gia. —Bajo la voz—. No quiero humillarte. —Se queda quieta—. Y siento que esto te haga daño. Pero no puedo inventar sentimientos que no tengo para evitar que te duela.
Su mandíbula tiembla.
—Yo sé que tú sientes algo por mí.
—No. —Lo digo suavemente. No quiero lastimarla, pero tampoco quiero mentirle—. No estoy enamorado de ti. —Arianna permanece completamente callada—. Nunca lo estuve.
Gia parpadea. Después mira a Ary.
Y ahí el dolor se convierte otra vez en rabia.
—¿Y estás enamorado de ella?
Esa pregunta es más complicada.
Porque no.
Por supuesto que no.
Nos casamos esta mañana.
Tenemos veintisiete páginas explicando por qué esto no es un matrimonio normal, pero nadie fuera de nuestras familias puede saberlo.
Miro a Arianna. Ella me está mirando.
—Eso es entre mi esposa y yo.
Los ojos de Gia se estrechan.
—No te creo.
—No necesito que lo hagas.
—Esto es falso.
Mi cuerpo se tensa.
Arianna también lo nota.
—Gia.
—¡Mírala! —dice señalándola—. Ni siquiera parece cómoda contigo.
Suficiente.
Doy un paso hacia delante.
—No vuelvas a hablar de ella de esa manera. —Gia se calla—. No sabes nada de Arianna. —Mi voz se vuelve completamente fría. La misma que utilizo cuando alguien está a punto de tomar una decisión que puede costarle demasiado—. No sabes qué le gusta. Qué quiere. Qué ha vivido. Ni por qué está aquí.
—Yo solo…
—Y no vas a utilizarla para pelear conmigo. —Se queda en silencio—. Si estás enojada, es conmigo. Si quieres insultar a alguien, me insultas a mí. —Señalo la puerta—. Pero si vuelves a faltarle el respeto a mi esposa, esta conversación termina.
La mirada de Gia pasa de mí a Ary.
—No les creo.
Arianna finalmente habla.
—Está bien.
Su voz es tranquila.
Gia frunce el ceño.
—¿Qué?
Ary acomoda mejor el vestido contra su pecho.
—Que no nos creas.
Da un paso. Y mientras la miro da otro.
—Porque esto es absurdo —dice Gia—. No pueden haberse casado.
Arianna llega hasta mí.
—Entonces cree esto.
¿Qué?
Su mano se posa sobre mi pecho.
Justo sobre mi piel.
Mi cerebro se detiene otra vez.
Ary se pone de puntillas.
Mierda.
Sus labios caen sobre los míos, y durante aproximadamente dos segundos dejo de existir.
No es como el beso de la iglesia.
Aquel fue tímido.
Preguntado.
Suave.
Esto sigue siendo suave... pero es Arianna quien vino a buscarme.
Ella.
Por decisión propia.
Mis manos permanecen exactamente donde están.
No pienso asumir absolutamente nada.
Aunque mi cerebro está gritando aproximadamente treinta instrucciones diferentes.
Entonces sus dedos se enganchan suavemente detrás de mi cuello.
Mierda.
Una de mis manos encuentra su cintura por puro instinto.
No la aprieto.
Solo la sostengo.
Sus labios saben otra vez a ese maldito caramelo dulce.
Y ahora tengo una nueva certeza… Necesito descubrir qué demonios usa en los labios.
Por motivos científicos.
Arianna se aparta.
Sus mejillas están ardiendo.
Las mías probablemente también.
No tengo idea.
No siento la cara… ni mis pies.
Ella mira a Gia.
—¿Mejor?
Gia nos observa mientras yo observo a Arianna. Porque aparentemente ya no puedo hacer otra cosa.
Arianna vuelve los ojos hacia mí, y sonríe.
Una sonrisa pequeña.
Traviesa.
Como si no acabara de destruir las últimas tres neuronas que me quedaban funcionando.
Cláusula catorce.
Modificada a petición de Arianna Falcone.
Hasta este momento había considerado que permitirle cambiarla había sido importante.
Necesario.
Una decisión suya.
Ahora tengo otro problema.
Creo que acaba de convertirse en mi cláusula favorita.