EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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EL PACTO DE NUESTROS PADRES
Adrián permaneció inmóvil frente a la fotografía.
La sostuvo entre los dedos durante varios segundos, incapaz de apartar la mirada.
Allí estaban dos hombres mucho más jóvenes.
Su padre, Alejandro Montenegro.
Y junto a él, Julián, el padre de Valeria.
Ambos miraban a la cámara con una seriedad que Adrián jamás había visto en ninguna fotografía familiar.
Pero había algo más.
En el fondo de la imagen aparecía una casa.
Una casa que Adrián conocía.
—¿Dónde fue tomada? —preguntó Valeria.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—No lo sé.
—Es tu padre.
—Sí.
—Entonces deberías reconocer el lugar.
Adrián volvió a observar la fotografía.
La casa estaba rodeada de árboles. Una pequeña escalera conducía hasta la entrada y, junto a la puerta, había una vieja lámpara de hierro.
Algo en aquella imagen le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
—Espera...
Se acercó a una mesa y dejó la fotografía bajo la luz.
Valeria lo siguió.
—¿Qué pasa?
Adrián señaló la esquina inferior de la imagen.
Había una fecha escrita a mano.
17 de octubre.
No aparecía el año.
Pero debajo había otras palabras.
El pacto comienza hoy.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Qué pacto?
Adrián no respondió.
Tomó aire y abrió un cajón del escritorio.
Sacó una pequeña caja de madera.
—Esta pertenecía a mi padre.
La abrió.
Dentro había documentos antiguos, una llave oxidada y un sobre amarillento.
Adrián tomó el sobre.
Estaba cerrado.
Y tenía un nombre escrito.
Julián.
Valeria se quedó sin respiración.
—¿Mi padre recibió esto?
—No lo sé.
—Entonces ábrelo.
Adrián dudó.
—Si mi padre lo guardó todos estos años, seguramente tenía una razón.
—Y si esa razón tiene que ver conmigo, tengo derecho a saberla.
Sus palabras hicieron que Adrián levantara la mirada.
Valeria tenía miedo.
Pero no estaba retrocediendo.
Adrián rompió el sello.
Sacó una hoja doblada.
La letra era firme y reconocible.
Valeria la identificó inmediatamente.
—Es la letra de mi padre.
Adrián comenzó a leer.
Su expresión cambió.
—¿Qué dice? —preguntó ella.
Adrián tragó saliva.
—Dice que si alguna vez alguien encuentra esta carta, significa que nosotros fracasamos.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Continúa.
Adrián siguió leyendo.
—“Alejandro, si estás leyendo esto, significa que Gabriel descubrió demasiado.”
Valeria dio un paso atrás.
—Gabriel...
Adrián continuó.
—“No confíes en nadie que pregunte por el libro. No importa cuánto prometa. No importa cuánto diga conocerme. Gabriel no busca el contenido por dinero. Lo busca porque dentro hay algo que podría destruirlo.”
Valeria sintió que las piernas le temblaban.
—¿Qué hay en ese libro?
Adrián dejó de leer.
—Todavía no lo sabemos.
—¿Cómo que no lo sabemos?
—Porque mi padre tampoco lo dice.
Volvió a mirar la carta.
Había una última parte.
—Aquí hay algo sobre ti.
Valeria se acercó.
—Léelo.
Adrián lo hizo.
—“Valeria no debe saber dónde está el libro. Ni siquiera debe saber que alguna vez lo tuvo cerca.”
El silencio cayó sobre la habitación.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
—¿Yo... tuve el libro?
Adrián la miró.
—Eso parece.
—Pero yo era una niña.
—Precisamente.
Valeria llevó una mano a su frente.
De repente, una imagen atravesó su mente.
Un pasillo.
Una puerta.
Una voz.
“No mires atrás, Valeria.”
Cerró los ojos.
—Lo recuerdo...
Adrián se acercó inmediatamente.
—¿Qué recuerdas?
—Una habitación.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Valeria, mírame.
Ella abrió los ojos.
—Había una mesa.
Adrián permaneció atento.
—¿Qué había sobre ella?
Valeria respiró con dificultad.
—Un libro.
Adrián se quedó completamente quieto.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Lo tocaste?
Valeria asintió lentamente.
—Mi padre estaba allí.
La respiración de Adrián se hizo más pesada.
—¿Y quién más?
Valeria cerró los ojos nuevamente.
La memoria llegó como un golpe.
Un hombre.
Una voz.
Un disparo.
Y después...
Gabriel.
Abrió los ojos de repente.
—Él estaba allí.
—¿Gabriel?
—Sí.
Adrián sintió una mezcla de rabia y miedo.
—¿Qué hizo?
Valeria negó con la cabeza.
—No lo sé. No puedo recordarlo.
—No te fuerces.
—Pero necesito hacerlo.
—No.
Adrián tomó sus manos.
—No voy a permitir que vuelvas a pasar por aquello solamente para descubrir una verdad.
Valeria lo miró.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Por qué arriesgas tanto por mí?
Adrián guardó silencio.
Ella dio un paso hacia él.
—Primero dijiste que era una promesa.
—Lo era.
—Después dijiste que querías protegerme.
—También.
—Y ahora sé que nuestros padres hicieron un pacto.
Adrián no respondió.
Valeria se acercó un poco más.
—Pero todavía no me has dicho qué soy para ti.
Aquella pregunta lo desarmó.
Adrián bajó la mirada hacia sus labios.
—Eres la única persona que debería mantener lejos de mí.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque si te digo la verdad...
Se detuvo.
—¿Qué?
Adrián levantó la mirada.
—Voy a dejar de fingir que esto es solamente protección.
El corazón de Valeria comenzó a latir con fuerza.
—Entonces no finjas.
Adrián la tomó suavemente de la cintura.
No hubo prisa.
Solo esa tensión que llevaba días creciendo entre ambos.
—Valeria...
—No digas mi nombre como si fuera una advertencia.
—Es una advertencia.
—¿De qué?
Adrián se inclinó lentamente.
—De que cada vez me cuesta más detenerme.
Sus labios quedaron a pocos centímetros.
Valeria no se apartó.
—Entonces no te detengas.
El beso llegó.
Esta vez no hubo miedo.
Fue más profundo, más decidido.
Adrián la acercó a él mientras Valeria rodeaba su cuello con los brazos.
Durante unos segundos, el peligro, Gabriel, el libro y todos los secretos desaparecieron.
Solo estaban ellos.
Hasta que un ruido en el exterior los obligó a separarse.
Adrián reaccionó inmediatamente.
—Quédate aquí.
—¿Qué pasa?
—No lo sé.
Tomó el arma que había dejado sobre el escritorio y caminó hacia la ventana.
Valeria lo siguió con la mirada.
Afuera no había nadie.
Pero entonces Adrián vio algo.
Un automóvil negro estacionado al otro lado de la calle.
Las luces estaban apagadas.
—No...
Valeria se acercó.
—¿Qué viste?
Adrián tomó la fotografía y la volvió a mirar.
La casa que aparecía en el fondo.
La misma escalera.
La misma lámpara.
Finalmente reconoció el lugar.
—Ya sé dónde fue tomada esta foto.
—¿Dónde?
Adrián se volvió hacia ella.
—En la casa donde murió tu padre.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Eso significa...
—Que alguien guardó esta fotografía porque sabía que algún día necesitaríamos encontrar esa casa.
Adrián tomó la llave oxidada de la caja.
La observó durante unos segundos.
En uno de sus extremos había un pequeño símbolo grabado.
El mismo símbolo que aparecía en el colgante de Valeria.
Ella lo vio.
—Adrián...
—Sí.
—La llave y mi colgante...
Él asintió.
—Forman parte de lo mismo.
Un golpe seco resonó contra la puerta principal.
Ambos se quedaron inmóviles.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
Adrián se colocó delante de Valeria.
—Quédate detrás de mí.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Entonces una voz atravesó la puerta.
—Adrián.
Valeria sintió que la sangre se le helaba.
Conocía aquella voz.
La había escuchado en sus recuerdos.
Adrián apretó la mandíbula.
—Gabriel.
La voz volvió a escucharse.
—Sé que ella está contigo.
Valeria retrocedió.
Gabriel soltó una última frase:
—Y esta vez no he venido por el libro.
Silencio.
—He venido por Valeria.